sábado, 21 de diciembre de 2013

Felicidad navideña contra indignación y cabreo

Salgo del cine.
Me acabo de gastar nueve eurazos en una película española con la que me he reído y me he emocionado. Pero no sé si porque me ha pillao un poco así, o si realmente era medio decente. Pero me lo he pasado bien.
Salgo por detrás de los cines de Montera y doy un rodeo raro para llegar hasta Preciados buscando a un grupo de músicos que llevo meses buscando y no encuentro. No hace mucho frío, vengo contenta y pensativa de la película, es sábado, son las diez de la noche, Madrid está lleno de gente, es casi navidad y por primera vez en mucho tiempo no tengo nada que hacer. Así que en vez de seguir dirección metro Sol, me meto por una calle que no sé bien a dónde lleva, pero intuyo que a la zona de Ópera, y de repente aparezco en Cortylandia y me paro un poco a observar. La gente está contenta, han venido a Cortylandia para hacerse la foto. Se escucha un helicóptero y pienso si de verdad hay tanta gente en la calle como para vigilar, o si habrá habido algún evento del que yo no me haya enterado. Sigo hacia abajo, miro el móvil un momento y se ha apagado. Llego a Ópera y miro a izquierda y derecha, me dan ganas de desviarme hacia el Palacio Real y darme una vuelta, siempre me ha fascinado esa zona. Y tengo ganas de escribir, he salido  del cine pensando en muchas cosas y en mucha gente y quiero escribir. Pero no tengo ni libreta, ni móvil con batería, ni un triste boli. Así que decido seguir dirección Calle Mayor, y una vez allí, estoy tentada de pasearme por la Plaza Mayor. Pero miro hacia la izquierda y veo Sol inundado de gente, en ese punto en el que no es agobiante todavía sino bonito. Parejas de la mano, parejas que se hacen fotos con el árbol de Sol de fondo, todos muy felices y contentos. Love is in the air. Y mucha policía. Gente que anda por las carreteras y ni un solo coche, me pregunto qué habrá pasado o si esto de las furgonetas en sol empieza a ser costumbre ya. Sigo andando y esquivo una cola larga delante de un cajero que me llama la atención. Definitivamente ya es navidad. 

A estas alturas ya he decidido que vuelvo a casa andando, así que sólo me queda decidir por dónde, y coger el camino largo no me apetece no sólo porque sea más largo sino porque no habrá tanto ambiente. Así que giro a la derecha y subo por calle Carretas, donde ando unos cuantos metros paralela a una chica que va hablando por el móvil de que pasa de quedarse a la batukada, y que va para casa de una amiga. De repente me dan ganas de llamar a alguien, pero esto ya lo pensé antes de salir de casa, y mi móvil está sin batería.

Así que sigo subiendo y me encuentro en la plaza Jacinto Benavente donde para mi sorpresa hay montado un mercado de navidad. Me pierdo dentro y de repente estoy en el Weihnachten Markt de Bremen, huele a garrapiñada en vez de a Bratwurst y me esfuerzo por escuchar alemán en vez de español. Pero es complicado cuando las dependientas que venden bufandas y gorros parecidos a los de Bremen, son morenas y de ojos oscuros. 

La gente compra, se nos ha olvidado la crisis por un rato, y parece que la navidad, lejos de ser la dictadura del optimismo, a veces puede ser la ilusión que muchos estén esperando. Aunque siendo realistas, tal vez no tantos se ilusionen al pensar en las cenas, la familia y los regalos que a lo mejor no pueden afrontar.
La cuestión es que me paro delante de una de las casetas donde venden pendientes, justo como el que yo buscaba en Barcelona, pero más bonito y más barato del que terminé comprándole a una china en la estación de autobuses porque se me metió entre ceja y ceja el ahora o nunca. Hay una pareja italiana decidiendo si comprar una pulsera u otra, hablan entre ellos y los entiendo perfectamente. Le van a preguntar al dependiente y escucho un tímido “disculpa”, a lo que el dependiente responde con un “parlo italiano” y el cliente deja de ser tímido para soltarle un “ah, ok, benissimo”. Sonrío y vuelvo a pensar que tal vez esto no esté tan lejos de ser Bremen si yo quiero, pero… pero.

Salgo del mercadillo y voy dirección calle Atocha. En la entrada cuento siete furgonetas de policías, a puertas abiertas y llenas de policías poniéndose chalecos que salen un poco deprisa de ellas. Ah, ahora todo cuadra, la manifestación. Y me cabreo un poco pensando que con esas prisas sólo van a cargar. 
Por un momento pienso en coger el metro porque no sé qué pasa ni dónde, y sigo escuchando el helicóptero, pero la gente está tan tranquila, así que no veo por qué yo no. Sigo andando hacia abajo y veo más luces azules un poco más al fondo. Pancartas por los suelos del tipo “el único camino es la lucha”, “democracia” y consignas varias, me dan ganas de coger una pero sigo andando. Llego a un paso de peatones y hay un montón de furgonetas amarillas de medio ambiente, barrenderos que barren estresados un montón de cristales de un contenedor de vidrio volcado en mitad de la calle. Casi me barren los pies y veo el auténtico desastre que había en mitad de la acera, pero termino pasando. Las luces azules que veía al fondo se convierten en furgonetas y veo pasar una, dos, tres, cuatro y hasta otras siete de policía más una del samur.
Llego a Antón Martín y los dueños de los bares están en las puertas fumándose un cigarro y observando el panorama. Furgonetas de RTVE delante de esto que hay de TVE en Antón Martín, que no sé bien qué es, y sigo andando hacia abajo. Me cruzo con una pareja cogida de la mano un poco separados y me aparto. No seré yo quien los haga soltarse por una mala maniobra, recordemos que vengo de ver una peli romántica aunque me haya cruzado con catorce furgonetas de policía. Catorce. Que me pregunto cuántas sacarán cuando realmente pase algo grave, porque creo que pueden pasar cosas mucho más graves que una manifestación. Me pregunto qué harán el día que pase algo chungo de verdad.

Me cabreo porque pienso que, aunque no sé  lo que ha pasado, probablemente no sea tan grave como para montar tal dispositivo. El derecho al pataleo existe. Se me mezcla esta sensación de me encanta Madrid con el qué mal nos tratan y me acuerdo de los mensajes que he visto en La Casa del Libro antes de ir al cine. Se ve que le dan post-its a la gente para que escriban sus deseos para 2014, y, parándome a leerlos, muchos ponían que se acabe la crisis, otros que los políticos dejen de reírse de nosotros, otros salud y trabajo para todos. La gente en la calle está contenta, sí, se hacen fotos en cortilandia, pero también se manifiesta, y mucho. Y cuando tienen que pedir cosas, aunque sea en un post-it de la Casa del Libro, piden trabajo y mejores políticos. 

Sigo bajando y veo lo que no sé si es niebla o humo, y escucho a un niño decir “mamá, huele a quemado”. Y reduzco el ritmo pero no me paro. Supongo que igual hasta tengo un poco de instinto periodístico. Más policía, más policía. Que sube y que baja. Y entre tanta luz azul, un camioncito de bomberos que ya ha apagado hace rato un contenedor. Ah, esto cambia las cosas.
Si me cabreo porque no nos dejan manifestarnos, si me cabreo porque me parece excesiva la policía, también me cabreo porque no podemos pedir menos policía ni menos represión mientras haya cuatro gilipollas que quemen contenedores. Perdemos toda la credibilidad por su culpa. Y lo diré siempre. Y odio la frase tenemos lo que nos merecemos, pero a veces me jode pensar que puede ser verdad.
Llego ya a Atocha y hay más policía y más samur, pero todo tranquilo y probablemente con ganas de recoger el chiringuito ya.

Madrid me encanta y siempre me ha encantado. Venía emocionada, contenta, queriendo la navidad y su poder de evadirnos de los problemas, hasta que me crucé con catorce lecheras. Los dos mundos, la felicidad navideña, el intentar evadirse de los problemas y la indignación seguida de represión, o la represión seguida de la indignación, según se mire. Se están pasando e intentamos que se nos olvide con la navidad pero no siempre funciona.
En un rato había visto los dos mundos: la sonrisa del que se hace la foto con el árbol de Sol e intenta no pensar mucho más y los restos del cabreo, de la reivindicación de los que se niegan a hacerse la foto. 

El resto de camino a mi casa volvi a cruzarme con parejas y gente con planes de sábado noche, con amigos que van y vienen, hablando de cosas importantes o de gilipolleces, y con gente sola y con prisa.
Y volví a pensar en la peli. Que igual no es una obra maestra pero era lo que yo necesitaba hoy. Navidad, y, más que policía y contenedores ardiendo, un final feliz, con un Martiño Rivas sonriente.


15/12/2013

viernes, 13 de diciembre de 2013

Jamie Cullum, la noche que cumplí un sueño

Llevaba todo el día eufórica, el 27 de noviembre había llegado, después de años persiguiéndolo y después de meses con la entrada. 
Kat Edmonson, artista invitada, tenía una voz increíble (muy recomendable) y un español muy gracioso, pero nos hizo sufrir un poco la espera.  Yo todavía no era consciente de que en unos pocos minutos estaría a unos pocos metros de ese que llevo escuchando desde los trece o catorce años.



Salió. Salió a las nueve, puntualidad británica, y lo primero que cantó fue The same things, no es una de mis favoritas pero fue suficiente para empezar a saltar y a creerme lo que estaba pasando. Una de las primeras cosas que hizo fue cargarse una baqueta y soltar un HOLA MADRID en mitad de la canción. 

Lo tengo todo un poco borroso, me parece como un sueño que todavía no he terminado de asimilar. Pensé que no grabaría mucho durante el concierto para disfrutarlo bien, para fijarme en cada detalle y luego visualizarlo cuando volviese a escuchar las canciones. Pero como siempre, fue inevitable… yo le daba al rec y dejaba de preocuparme por la cámara, lo que saliese salió. Y lo que salió, es suficiente para revivirlo. Y suficiente para que me fijase también en los detalles.

La primera vez que escuché Momentum pensé que no era un discazo, al principio, hasta que escuché Who would save your soul. Y es que todo, o casi todo, lo que ha hecho este hombre en su carrera musical, me alucina por LAS GANAS y LA MOTIVACIÓN, por lo feliz que es haciéndolo, porque le gusta y porque lo vive, y porque, hostia, además de eso, y siendo objetivos, tiene un talento que flipas. Es un genio.  Y eso es así. Y que alguien se atreva a discutírmelo.
No sé cómo contarlo. A este hombrecillo lo conocí en 2005 o por ahí y llevo desde 2008 persiguiéndolo. Cuando hace menos de una semana cantó a unos pocos metros de mí canciones de los primeros discos rodeado de unos pedazos de músicos que se marcaban unos solos increíbles… yo pensaba “cuántas veces habré cantado esto en mi cuarto con mi equipo de música” y en Torre, no en Madrid. Cuántas veces me inventaba el inglés, y qué ilusión cuando me aprendí aquello de twentysomething y empecé a entenderlo todo. Porque está el inglés americano, el inglés británico, y luego el inglés de Jamie Cullum. Un acento maravilloso, dicho desde el fanatismo más absoluto.

La de veces que me he visto el DVD del Blenheim Palace y todavía no me he cansado. El único del que tengo todos los discos originales. La persona más entusiasta y apasionada que he visto nunca delante de un piano. 


El ejemplo de que se le puede dar la vuelta a todo lo que me decían en el conservatorio, que se puede hacer absolutamente todo lo contrario y los resultados pueden ser geniales.

Yo no podía dejar de cantar, aunque no me supiera muy bien las nuevas. No podía dejar de saltar. Qué euforia, qué adrenalina, qué energía, qué no parar, escenario parriba escenario pabajo, subirse al piano, saltar desde el piano al suelo y seguir cantando, correr, saltar, cantar entre el público, cantar encima de la barra, utilizar el piano de percusión, beatbox, pedales, cuerdas, tirar el taburete del piano lejos y seguir tocando mientras baila, porque no-se-puede-estar-quieto. Y menos mal.


Sólo cuatro músicos pero un montón de instrumentos. La Ser es de las pocas que ha hecho crónica y dice que dio una clase de excelencia musical, que “Cullum igual clava ocho escalas cromáticas seguidas al piano que se sube a la barra de las bebidas para guiar a sus compañeros saxo y trompeta”. 


En pitillos y camiseta, aparentando sus twentysomething que pasó no hace tanto tiempo, la gente le gritaba desde ‘eres grande, pequeño’, hasta i love you jamie. Y a esa última contestó con un I love you too en mitad de una canción.

Se metió a la gente en el bolsillo en la primera canción. Y cuando ya creíamos que lo ha hecho todo, se pone a cantar trocitos de canciones que suenan en las radios, un wake me up when it’s all over, un royals o un get luckyY es que, desde la más absoluta subjetividad, con esas manos, ese piano, y esa voz, puede hacer y hace lo que le da la gana. Por muy flipao que suene, es complicado de explicar. 

Presentó a los músicos y le cantamos cumpleaños feliz al saxo, le cantamos cumpleaños feliz a otra del público, luego estuvo piropeándonos, adorando Madrid un rato y contando en su perfecto inglés que había pasado algunas de las mejores noches de su vida aquí, porque la fiesta nunca acaba, porque la última nunca es la última y siempre hay otro sitio donde ir. ¿Y trabajáis al día siguiente? Gente: síiiii. Jamie: ¿Pero y no tenéis resaca? Gente: Síiii. Jamie: I love Spain! 


Le sacaron una pancarta, que él cogió, que decía You are not a musician, you are a magician. Ahora escucho las canciones desde el disco y me parece que canta un poco sin ganas. Y eso que siempre pensé que era la persona que más alma le ponía a todo en grabaciones de estudio. 

Pues qué manera de dejarse la piel en cada nota, en el escenario todavía mucho más. Twentysomething fue una pasada con unos solos impresionantes, All at sea nos dejó cantarla a nosotros, cada vez tocaba más flojito hasta que dejó de tocar y nos miraba y nos escuchaba medio emocionado. Porque España también sabe cantar en inglés! When I get famous la explicó y luego la vivió de una manera flipante, ahora me gusta el triple, Pure Imagination fue muy emocionante, pero no más que Gran Torino, que fue la última y yo ya quería llorar. 2500 personas en silencio absoluto. 

Save your soul, Take me out, Everything you didn’t do, I’m all over it, Don’t stop the music, cómo no… I’m all over it, These are the daysY lo que pasó con Mixtape ya no hay manera de contarlo. Ahí ya La Riviera entera saltó como no había saltao en todo el concierto.  

Y él decía cuento a cuatro y saltáis muchísimo ¿vale? Y la gente ya no podía aguantar y todos saltábamos eufóricos. Y él... NOT YET! NOT YET! ¿¡Pero cómo not yet!? 




(Grabé más, lo iré subiendo poco a poco) 

Yo qué sé, lo feliz que fui no se puede contar. Lo mejor de esto es que ahora cuando Jamie está en mis cascos, yo vuelvo a estar en La Riviera, escucho a la gente emocionada, lo veo a él y veo a los músicos, saxo en mano, y casi vuelvo a saltar.

Terminó. Los minutos y los segundos no pasaron más lentos. A las once estaba tocando, y a las once y diez ya no. Y hasta la próxima.
Yo estaba casi sin voz. Afónica pero feliz. 

Compré el póster de la gira que vendían firmado pero yo lo quise sin firmar, porque quién sabe. Y nunca lo habría esperado salir, esta gente salen por la puerta de atrás y no te enteras y has esperado para nada, nunca se sabe. Pero fue fácil convencerme para hacerlo. De un aforo de 2500, había 20 personas contadas –casi ninguna de Madrid- que a las 23.30 estaban en la puerta esperándolo. Y a las 12, y a las 12 y media, y a la 1, seguíamos siendo los mismos 20.


Salieron los músicos, nos hicimos fotos con los músicos, nos daban las gracias y sonreían mucho, volvimos a cantarle cumpleaños feliz al saxofonista, esta vez en español, y se metieron al autobús enorme donde llevaban, supongo, medio escenario a cuestas. Just 15 minutes more, please, dijo un tío que entraba y salía.

Pasaron 15 minutos –llevábamos dos horas como a un grado esperándolo- y salió. 

Lo primero que dijo, con una sonrisa de oreja a oreja, fue un thank you for waiting. 

Y yo en dos horas no había planeado qué quería decirle porque creo que nunca pensé que fuese de verdad a tenerlo tan cerca. Fuimos todos muy fans pero todos muy controlados: la gente le pedía fotos, firmas, abrazos, besos,  pero todo muy moderado y educado. Él no se dejó a absolutamente a nadie, y hasta mordió entradas a petición de fans. Le hacían fotos mientras firmaba y él decía hang on hang on, i look up i look up. Y se ponía para las fotos.

Dijo un who’s next? Y a mí se me había olvidado todo el inglés que sé cuando me tocó pedirle una foto y que me firmase el póster. Dijo of course! a lo de la foto, y mientras firmaba yo le decía amazing concert, amazing, thank you so much. Y él respondía con un it’s been a pleasure, thank you, you’ve been a great audience. El que podemos decir que es mi mayor ídolo musical, me lo estaba diciendo a mí, y lo tenía a menos de un metro. Nos hicimos la foto, que quien la quiera ver está en facebook, y super agradecido se fue, y super felices nos dejó. 

Luego mientras entraba al autobús decía adiós con la mano, seguía diciendo thank you guys, thank you, good night, mientras nosotros medio gritábamos come back soon y el se reía.




I remember you and I start to smile, que dice la canción. 

Y habrá quien me llame exagerada y habrá quien me llame flipada. Pero ilusionarse tanto por algo y llegar a conseguirlo... es cumplir un sueño ¿Sabéis lo que se siente cuando se cumple un sueño? ¿Sabéis lo que se siente al ver en directo, después de años, a alguien a quien admiras tantísimo? Yo ya sí :) 

(4/12/2013)

jueves, 14 de noviembre de 2013

Todos deberían tener derecho a vivir una ERASMUS

Cuando lo leí la primera vez me pareció una burrada pero no me causó nada más allá de la indignación con los políticos españoles. Nada nuevo, por otra parte. Luego todo empezó a saberse porque Laura (mi cabecita te sigue diciendo Layu, lo siento) empezó a moverse más y más, hizo la petición en change.org, y dos días después tenía 100.000 firmas y estaba en El País, El Mundo, Público, Huffington Post, RTVE, La Vanguardia, La Sexta, El Diario, La Ser y mil medios más. Porque el BOE salió el 29 de octubre y hasta entonces parece ser que nadie –a excepción de mis paisanos de La Taberna Global, que fueron ellos los que soltaron la noticia, y de donde lo leyó Laura- se lo había leído. Difusión CERO. 
Y hoy gracias a Laura y a La Taberna Global, está por todas partes. Y cuando decimos todas partes, es que a Laura la ha nombrado la BBC y The Guardian, que La Sexta estuvo en su casa, que salió en Cuatro, La 1, La 2, Antena 3 y miles de medios digitales, además de visitar el Ministerio, llevar las más de 200.000 firmas que se consiguieron y hablar con Federico Morán (segundo después de Wert) sobre el asunto. Bruselas le dio un toquecito a Wert, el PP otro, y aquí el amigo terminó rectificando, al menos para este año. Porque es cuestión de información, como nos explican en Periodismo Internacional: si una guerra no se cubre, no existe para el resto del mundo, y es más complicado que acabe, porque no hay información, ni hay opinión pública, ni hay presión social que intente pararla. Esto pasó de la Taberna Global a un bum en las redes sociales, gracias, en parte, a Laura, y de ahí a las teles y los medios y de ahí a frenarlo. Al menos para este año.  Y esto demuestra la importancia del periodismo y lo importante que fue que Laura hiciera la petición.



Yo me fui con 200 euros al mes y ya era poco. 100 que nos daba la UE y 100 que nos daba el Ministerio a todos. La Comunidad de Madrid, sobre esos 200, no da nada, pero otras comunidades como Cataluña o Andalucía sí que dan más sobre esos 200, así que hay gente que se planta hasta en 500 al mes. Ahora resulta que de esos 200, sólo tienen seguros 100 euros al mes, los de Europa. Los otros 100 del Ministerio desaparecen para los que no eran becarios del ministerio (los que no hayan recibido la beca general el año anterior) y para los que sí lo son, se convierten en 200. Así que hay gente que se irá con 300 al mes (más lo que le dé su comunidad autónoma, si le da algo) y hay gente que se irá con 100 (más lo que le dé su comunidad, si le da algo)

Y bueno, creo que a muchos medios se les ha ido la mano con los titulares, y que el RIP Erasmus de Twitter estuvo bien porque está bien la indignación, siempre, y más si es por esto, pero RIP me parece demasiado cuando todavía puede haber gente que se vaya con 300 (o más) y cuando a pesar de esto, a las Erasmus les queda mucha vida por delante.

Pero lo que me toca las narices es la desigualdad. ES QUE NO HAN RECORTADO. Es que han redistribuido para mal. Porque les han aumentado a unos y les han reducido a otros, no les han reducido a todos, no sé si me explico.

A lo que iba, no me había parado a pensar mucho más allá de esta indignación, rabia, cabreo, enfadamiento y ganas de hostiar al señor Wert, y, es más, me molestaba el RIP Erasmus de Twitter porque aunque es un buen bajonazo, esto no significa el fin de las Erasmus. Para acabar con algo así hay que ponerle mucho interés y lo suyo les va a costar porque detrás hay miles y miles de personas que ya lo han vivido o que lo están viviendo, y que saben que significa demasiado como para que se acabe de hoy para mañana. Me niego al fin de esto. 

Pero para hacerme ver todo un poquito más claro, y hacerme pararme a pensar de verdad, me tuve que cruzar con este párrafo de Juanlu Sánchez en Facebook:

¿Qué habría sido de mí sin el Erasmus? No habría abierto mi primer blog, no habría estudiado en 2004 "technologies and data driven journalism", no habría desarrollado un buen montón de ideas en ambiente de libertad, no habría conocido a gente maravillosa y no habría aprendido que lo mismo mi idea del mundo y del periodismo era un pelín convencional. Mi Erasmus, sin ser épico ni mitológico, fue mi "pensar fuera de la caja". Quiero que eso lo viva todo el mundo.

Me quedé con las ganas de saber dónde estuvo. Pero es que describió TAN BIEN lo que puede significar una Erasmus. Que hombre, que para muchos no es solo fiesta. E incluso para los que es sólo fiesta, también es crecer, de una manera o de otra.



Me emociona, me emociona ver imágenes de Erasmus españoles unidos para luchar por esto, porque no todo es fiesta. Y ver a Laura como representante en todas las televisiones con más de un micro delante. Porque yo lo viví y quiero que más gente lo viva.

Han pasado ya más de tres meses desde que volví y todavía no me veo capaz de expresar lo que ha significado para mí, pero sin duda es una experiencia que te cambia. Que te hace ser consciente de cosas, que te hace ver otras cosas más claras, las buenas, las malas… no te digo que te haga la persona más sabia del mundo, pero es algo que, como dice Juanlu, te hace ver que no todo es tan convencional. Y esa última frase de querer que lo viva todo el mundo, es lo que me ha abierto un poco los ojos.
Tengo la suerte de poder estudiar fuera de mi casa y, aun siendo la ayuda económica una mierda,  he tenido la suerte de poder estudiar un año entero fuera de mi país, y conocer gente increíble, otras culturas, otros idiomas, otros sitios y otras maneras de ver el mundo y la vida, yo qué sé, he pasado un año en un mundo totalmente diferente y es algo que no cambio por NADA.

Sigo manteniendo que esto no significa el fin de las Erasmus, pero es una pequeña y significante hostia a algo que, pienso yo desde mi super subjetiva opinión, debería ser intocable. Hay gente que se planteó el volverse, cuando esto saltó, después de dos meses empezando a vivir una realidad paralela que no va a volver nunca, una experiencia única que se debe disfrutar del primer minuto al último.
Habrá quien diga que hay cosas más importantes que pagar que las Erasmus de los estudiantes, y la fiesta de los españoles en el extranjero, pero desde mi experiencia creo que el enriquecimiento personal también es muy importante. Es verdad que hay muchas cosas más importantes que pagar, pero esto no hay que infravalorarlo tampoco.

“Quiero que eso lo viva todo el mundo”, dice Juanlu. Y a mí me parece que tiene mucha razón, porque he tenido la suerte de disfrutarlo y me parece que todo el mundo debería poder tenerla. Porque es algo que recomiendo a TODOS, que no sé bien cómo contar, y que, por pedante cursi y ñoño que suene, sólo se entiende si se vive. Y todos deberían poder vivirlo.
Y quitar cien euros tal vez es poco, pero es quitar de más a una cosa que, señor ministro, no tiene usted ni puta idea de lo que es.
No es sólo cortar ilusiones y sueños, es cortar alas, es cortar formación, crecimiento personal y académico ¡¡¡¡Cortar ganas de conocer mundo!!!! 

Es que se equivocan, se equivocan. Porque si no sabemos inglés, si nos critican por ignorantes,  y vosotros mientras encima nos hacéis esto, es que no hay manera de avanzar.

La palabra ERASMUS, con todo lo grande que es, no se extingue porque recorten un poco, pero se debilita, porque hay gente que no está dispuesta a irse con tan poco dinero, y es lógico. Pero todavía no he escuchado a nadie hablar mal de su Erasmus. El espíritu Erasmus es algo que no puede morir, porque nos ha enseñado muchísimas cosas a tantas y tantas generaciones. Mucha gente, como Juanlu, cree que hoy no estaría donde está si no fuera por aquel año. Y vivir algo así, es un derecho que todo estudiante debería tener. Y el que lo haya vivido, sabe de qué estoy hablando.

Una Erasmus te enseña a  aprender a vivir el día a día porque sabes que un día se acabará y todo volverá  a ser normal, como antes; te hace conocer mundo, gente, culturas, idiomas, te obliga a convivir y a buscarte la vida, te cambia, te crece

Todo eso y muchas cosas más que no sé explicar bien.


Porque TODOS deberían tener derecho a vivir una Erasmus.  

martes, 29 de octubre de 2013

Las castañas se arrugan

19/10/2013

Ayer fui al Retiro. Sola. Me apetecía darme una vuelta, y desde que vivo al lado, no lo he pisado, y me parecía un pecado. Así que cogí música, cogí una libreta y un boli, cámara de fotos y eché a andar. Entré por la puerta del Ángel caído y me di cuenta de que se me había olvidado lo que me encantaba este sitio. Cuánta gente y cuántos rincones para tocar la guitarra, para tumbarse por ahí a filosofar, cuánta gente tan diferente y cuántas historias se ven siempre.

Estuve andando un rato, con Bastille en mis oídos, hasta que llegué a la zona del lago y las barcas. Hice un par de fotos, paré la música y estuve observando a la gente y a uno que había manejando una marioneta que hacía como que tocaba el piano. Y creo que la gente pensaba que la marioneta tocaba el piano de verdad.
Busqué un banco vacío, delante del lago, y me senté. Eran alrededor de las ocho de la tarde pero ya era prácticamente de noche.

Saqué mi libreta y me puse a escribir debajo de una farola, allí sentada, cerca del marionetista. No es ningún secreto que Bremen sigue ocupando muchos de mis pensamientos y la mayoría de mis líneas.
No habían pasado cinco minutos cuando se acercó un señor mayor, con su bastón, y una bolsa de plástico en la otra mano, e hice amago de dejarle espacio en el banco. Me soltó un “hola” y un “no te preocupes, cabemos los dos…” y se me sentó al lado.
Te voy a hacer un regalo, dijo, pero me tienes que hacer caso.
Lejos de estar asustada, me hizo hasta ilusión, cerré mi libreta dejando un dedo en medio para no perder la página –detalle que a él no se le escapó- y miré la bolsa deseando saber qué iba a salir de ella, porque podía esperarme cualquier cosa.
Sacó una castaña y me la puso en la mano. Y después, otra, y después, otra. Tres castañas me regalaba.
Después me miró, con esos ojillos pequeños y un poco arrugados, a través de sus gafas, y apuntando a las tres castañas con el dedo índice, me dijo mirándome, muy serio: esto te va a dar suerte. Tienes que llevarlas siempre contigo en el bolsillo y siempre te irá muy bien. Es muy importante que las guardes. Cada octubre tendrás que renovarlas… se arrugarán, porque con el paso del tiempo las castañas se arrugan como se arruga la vida, porque se arruga, pero eso es señal de que pasa el tiempo, no pasa nada. Si las guardas siempre, triunfarás. Y yo te las regalo porque te deseo todo lo mejor y quiero que te vaya muy bien siempre.

Yo sonreía mucho y le daba las gracias, y él decía de nada. Y continuaba su discurso: pero no te creas que esto te va a solucionar la vida, no. Hay que estudiar mucho. Tienes que estudiar mucho, porque las castañas te darán suerte pero tienes que estudiar, yo siempre se lo decía a mi hija. Y ahora tiene 44 años y cobra tres mil quinientos euros, es economista, trabaja en Hacienda –y aquí ya no me miraba, miraba un poco como al infinito-  está montada, es muy ahorradora pero… todo lo que tiene se lo ha ganado –y volvía a sacar su dedo índice, como advirtiendo- y estudió mucho… bueno que si estudió. Yo se lo decía siempre, que tenía que estudiar. Y opositó, con esas máquinas de escribir enormes que ahora ya ni existen. Y tú pensarás, este viejo qué hace aquí contándome su vida, pero bueno yo te lo cuento porque estas cosas hay que saberlas. Pues opositó y tuvo que hacer muchos exámenes y le estuve pagando muchas academias… y ahí está. Tú lleva las castañas siempre que te examines, en el bolso o donde quieras.

A estas alturas yo ya sólo quería que me contara más cosas. Las personas mayores tienen muchas cosas muy interesantes que contar y a veces me da la sensación de que pocos los escuchan. Así que le di cuerda y le pregunté si él llevaba las castañas y quién se lo había dicho.

¡Hace quince años las llevo! – y me las enseñó- estas están recién cogidas. Y luego cuando las renuevo no las tiro, vaya que dé mala suerte tirarlas, las dejo por ahí en los cajones. Es que yo tengo una vena que me dice que hay que creer en algunas cosas, y yo en esto creo mucho. Porque de verdad que desde que las tengo me ha ido muy bien. Y ojalá a ti también. Es como lo del champán en fin de año, el corcho hay que cogerlo y escribirle el año y guardarlo. Y dará buena suerte. Yo lo hago siempre y ya tengo muchos. Pero ya ni me acuerdo de quién me lo dijo, de esto hace muchos años. Tú guárdalas bien, y si me ves, dime Carlos, que tengo las castañas.

No me miraba, miraba todo el rato a algún punto lejos, a mi izquierda. Le pregunté entonces si venía siempre al Retiro. Y me dijo que venía viernes, sábados y domingos. Que ya estaba jubilado de hacía un año y que no tenía nada más que hacer, además de pintar. Y entonces sacó de su bolsa unos pinceles y una cajita con un bote de ‘esencia de trementina’ que era aquello que utilizaba yo también no me acuerdo bien para qué, cuando pintaba de pequeña. Le pregunté si era óleo y me dijo que sí, que ‘la profe’ le había dicho que eso era como el aguarrás pero mejor. Y que él estaba muy bien estando jubilado. Aunque el otro día se cayó por las escaleras del metro, que a veces tienen muy mala leche porque como no paran de moverse… pero que por suerte no se fracturó nada y todo está bien. Que seguiría viniendo al Retiro hasta los 111 años. ¡Yo siempre digo 111! Y le pregunté por qué. Y me contestó , riéndose, “¡porque sé que no voy a llegar!
Y entonces se levantó del banco, con intención de irse, yo lo miraba contenta por habérmelo encontrado, el lago del Retiro justo detrás de él. A estas alturas ya me sentía en una película. Me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y me dijo, ya de pie, apoyado en su bastón, que qué nombre más musical. Como la cantante. Qué cantante, pensé yo. Y, como si me hubiese escuchado, dijo la cantante Celia Ramos. Mirando siempre al infinito. Y casi antes de que pudiera yo preguntarle nada más, siguió hablando: porque yo también estudié música, estudié solfeo. 


Eso me gustó, y, sonriendo, le dije: ¡yo también! ¡yo toco el piano!
Y algo se le iluminó en la mirada, le hizo ilusión, sonrió, y esta vez sí me miró para decir: ¡el piano, qué bien, pero qué bonito!
Se paró medio segundo a pensar, y después siguió contándome: Yo quería tocar la trompeta pero no tenía pulmones suficientes porque ¡Uy! Hacen falta muchos pulmones. Así que fui baterista. Y ahí que estaba yo tocando… Y empezó a canturrear, apoyado en su bastón “fly me to the moon… “ mientras miraba lejos a yo qué sé qué dónde. "¡Llévame contigo a la luna, fly me to the moon!"

Y yo, asombrada con su inglés, le decía: ¡sí, es verdad! Y él contestaba contento: es que también aprendí inglés, porque tenía unos amigos americanos. Que parece que no… ¡pero he vivido muchas cosas! Qué bien, qué bien… decía ilusionado, recordando viejos tiempos. Yo solté un ‘me alegro’ al verlo tan contento, ahí de pie, que casi parecía que se iba a poner a bailar, y contestó con un yo también me alegro, yo también me alegro.

Dio un par de pasos y dijo que se iba, y a un poco de distancia ya me repitió que tendría mucha suerte y que me había tocado un santo, que triunfaría y que a ver qué estaba haciendo en 15 años. Empecé una frase del tipo “a ver si en quince años me ve…” (en la televisión, o en los créditos de alguna peli, iba a decir) pero me cortó preguntándome qué estudiaba.  Le contesté que periodismo –por no liarlo mucho tampoco- y me puso cara rara. Me parece que no le gustó.  Ay, qué difícil. Los periodistas de ahora… es que está muy mal esto del periodismo. Yo asentía. Y él empezó a hacer gestos con el bastón diciendo que todos esos que salen por las tardes y hablan y gritan… que eso no le gustaba. Yo le dije que eso no eran periodistas, que esos se pelean todo el día y no son periodistas, que yo sería de las buenas. Y entonces me dijo: ¿sabes cuál es el problema? Que todo eso está lleno de ‘omelés’.
Y me quedé callada.
¿Sabes lo que son las ‘omelés’? preguntó. Y le dije que no.
Entonces se volvió a acercar un poco y miró a su alrededor rápidamente, a un lado y a otro, y me dijo en voz un poco más baja: te lo voy a decir como hay que decirlo, las tortilleras.
A mí me hizo gracia y él seguía haciendo gestos con su bastón mientras hablaba un poco indignado: todo lleno de omelés en la tele, todo omelés, a mí eso no me gusta. Tú tienes que ser periodista de las buenas, de las que hace reportajes buenos. Y está difícil, y hay que ser muy valiente. Pero bueno tú estudia mucho, si hace falta pues te vas fuera. Pero estudia mucho.
Bueno, hasta luego, ¡guarda bien las castañas!
Y lo vi alejarse, despacito, poco a poco, con su bastón y su bolsa de castañas, mal iluminado por las pocas farolas que hay en el Retiro.
Lo miraba, alucinada, con las tres castañas en una mano y mi libreta en la otra.
Me quedé un momento parada pensando, y rápidamente me puse a escribir otra vez. El piano del marionetista volvió a sonar. Ni me había dado cuenta de que llevaba un rato sin tocar.


sábado, 26 de octubre de 2013

Pablo López en A solas de Sol Música.

Eso de quitar las manos del piano y callarte, y que un montón de gente en una sala de conciertos te cante una canción que has compuesto tú solo en tu casa con tu boli y tu guitarra, debe ser la hostia.


Ayer estuve en el concierto de Pablo López, “ex triunfito”. Y bueno, digo lo de ex triunfito para que os situéis, porque la etiqueta supongo que va sobrando. Hace cuatro años me parecía el mejor concursante de su edición, digo públicamente que con esa edición fui por primera vez al concierto de Operación Triunfo, y que después lo seguí con su grupo, Niño Raro. Sacaron un disquillo sin discográfica y allá que fui yo a verlos a la FNAC de Málaga. Era yo fan absoluta por aquellos tiempos. Y luego se me pasó, porque digamos que desapareció un poco de la escena.

Pero supongo que nunca se deja de ser fan, sólo se olvida un poquillo. Y me gustaría puntualizar esto de ser fan. Porque suena muy a belieber. Llámalo ser admiradora, llámalo como te dé la gana. Es que creo que hay cierta vergüenza o cierto “yo no lo digo que quedo muy hooligan y no tengo quince años” a esto de admirar a otras personas medio conocidas. Porque puedes admirar a un amigo o familiar, a alguien que lleve treinta años en la música o a alguien que lleve cuarenta en el cine, pero por razones que no alcanzo a comprender, no puedes admirar públicamente a alguien que acaba de llegar (y que encima es español!).
Porque queda demasiado fanático. Lejos de darnos vergüenza deberíamos estar orgullosos de admirar a la gente que admiramos, opino yo. A mí me parece que admirar a otros nos hace un poquito más felices y no entiendo por qué a la gente a veces le da corte admitirlo.

A lo que iba. Que terminé en un A Solas de Sol Música en la Sala Shoko en Madrid. A Solas, un concierto grabado y emitido, ese programa que llevo viendo en la tele desde que el mundo es mundo, como dijo él también.

Y qué ilusión encontrarme al mismo Pablo de hacía unos años. Esa naturalidad y esas sonrisas, esa manera de disfrutar y ese acentillo tan casa.
El entusiasmo y las ganas en cada tecla. Hay pocos que se agarren de esa manera a un piano de cola para salir a cantar. Y pocos que se les vea disfrutar así. Algo tiene que me hace pensar que no es uno más. Aunque sus letras no sean súper originales, aunque tal vez lo quieran catalogar como más pachangueo del sur, yo veo que tiene algo, tiene un componente emocional, una naturalidad y unos ojillos brillosos –en el sentido más metafórico- que al menos a mí, me transmiten un montón de cosas.
Dedicó una canción a la importancia de una casa. “Esta la estoy sintiendo mucho más de lo que me imaginé”, dijo. La presentó como algo que tenía que ver con los desahucios, y le ha debido tocar alguno cerca, porque ya, además de la putada económica y de lo que es quedarte sin casa, me hizo pensar en la putada sentimental de perder una casa. “Como dice el tango: qué son veinte años para una pared”, empieza diciendo. Cuántas cosas se pueden haber llegado a vivir entre unas mismas paredes, como para que de repente te las quiten. 

Lo bien que suena un piano con una buena voz.

Y bueno, hubo más. Yo no me sabía ninguna, pero además de Mi casa, cantó Vi, Donde, La mejor noche de mi vida y algunas más. Y con unas ganas y una ilusión en la cara que daban ganas de subirse al escenario. Y muchas ya no tan voz y piano, sino bajo, guitarra y batería, y gente saltando.  

Lo vi tan feliz, después de luchar tanto para estar ahí, que me alegré como si lo conociese de siempre. Porque lo disfrutó un montón. Y los músicos –entre ellos el productor- también. Gente que se lo pasa muy bien, que le encanta lo que hace y encima les pagan.
  
Después le dio unas gracias sinceras a cada persona que estaba haciendo posible que estuviese allí. Y de repente me dieron todos mucha envidia y me dieron ganas de  formar yo parte de eso. Encima o debajo del escenario. Pero vi que aquello era juntar eso que tanto me gusta de las cámaras, con eso que tanto me gusta de la música. No deja de ser captar emociones creadas por otros, como en el cine.

Y luego, dentro de toda esa felicidad que se le veía y se le escuchaba, está aquello de oír en voz de otros tus propias canciones. Siempre he pensado que debe ser indescriptible. Que un montón de personas –por pocas que sean, y ya no digamos cuando son miles- canten algo que tú has compuesto. Algo tan personal. Que hiciste tú en tu casa contigo mismo. Que elegiste tú cada palabra y cada nota. Y te callas un momento, encima de un escenario, y muchísima gente se sabe cada palabra y cada nota que tú escribiste. Debe ser brutal.
Y creo que lo intentó agradecer pero le costó explicarlo.
Once historias y un piano, echadle un vistazo porque, puede gustar o no, pero de verdad, que canta de dentro.

Y fue entonces cuando pensé, que tal vez no puedo estar dentro de un equipo así, pero puedo contarlo. Y siempre me emociono de alguna forma cuando voy a cosas de estas. Y siempre me apetece contarlo a mi manera y en caliente, sin pensar mucho más allá. 

Así que, así fue como decidí lavarle la cara a este blog y empezar otra vez.
Y seré exageradamente subjetiva, parcial y fan.



viernes, 24 de mayo de 2013


Esa forma de andar.
Yo qué sé, es esa manera de moverse, de girar las esquinas.
Un paso con decisión, un aquí estoy yo, un transmitir seguridad aunque en realidad no la tengan.
Porque es que así funcionamos.
Las cosas salen adelante porque hay gente que finge estar segura de lo que está diciendo, cuando muchas veces no.
Nadie sabe. Todos fingimos saber y a veces ni siquiera nos sale. Todos pretendemos estar seguros de saber, intentamos hacer como que sabemos, y así vamos apañándonos.
Transmitiendo una seguridad que no tenemos.
Queriendo creernos lo que estamos haciendo, cuando muchas veces no.
Y a base de creernos, terminamos sabiendo.
Y de eso se trata, de convencerte.
Y cuando te convences, terminas convenciendo.

Porque esto funciona así, se empieza mintiendo.
Se empieza intentando transmitir
una seguridad
que no
se tiene.

Y se termina sabiendo.

Muy poco.


Pero más que al principio. 

lunes, 25 de marzo de 2013

Y se recorrió toda la ciudad.
Durmiendo de metro en metro, de tren en tren.
Parada a parada.
Línea a línea.
Soñando lo que nunca tuvo.
Recordando entre desconocidos.
Buscando lo que nunca perdió.

sábado, 9 de marzo de 2013

Dejad de decir que no tenemos tiempo.


Deja de decir que no tienes tiempo.
Dejad de decir que no tenemos tiempo. 
Tenemos tiempo para lo que queramos tenerlo.
Tenemos tiempo, la mayoría de las veces, cuando realmente queremos tenerlo.
No tenemos tiempo para leer tal libro, porque preferimos estar en facebook, y para eso sí que tenemos tiempo.
NO tenemos las 24 horas del día llenas de 'deberes' los 365 días al año.

Dejad de decir que no tenemos tiempo.
Porque es mentira.

Porque tenemos todo el tiempo del mundo y la mayoría de las veces lo gastamos en tonterías o priorizamos mal.
Y no nos damos cuenta de lo grave que es malgastar algo tan valioso como el tiempo. Que vuela. Que nunca vas a ser más joven que en este momento.


Dejad de decir que no tenemos tiempo,

porque tenemos todo el tiempo del mundo.


Y, como decía la peli de anoche,
somos infinitos.


Dejad de decir que no tenemos tiempo,

dejad de esperar,

y empezad a hacer algo. 

martes, 12 de febrero de 2013


Que amistades raras, tenemos todos.
Pero de lo raro, lo mejor.

Conocemos a gente por casualidad constantemente. Dijo alguien algún día que así es como se tienen que conocer a las personas, por casualidad. La mayoría de las veces que buscas algo no lo encuentras. Y las personas, como los objetos perdidos, aparecen cuando dejas de buscarlas.
La única diferencia es que nunca los perdiste.
O sí.
Porque me gusta pensar que estamos predestinados a cruzarnos con según qué gente. Nunca los perdimos, pero de alguna manera, nos hacen falta. Algunas personas son cruciales para que hagamos algo concreto, decidamos o pensemos según qué cosas. Te ayudan a hacerte camino al andar, como decía aquel poeta.
No necesariamente un amigo o un Amigo.
Una persona suficientemente carismática, importante, a veces anónima y a veces no, pero con suficiente poder como para influenciarte y hacerte pensar cosas que antes no habías pensado. Descubrir lo que tú solo no habrías descubierto. Contarte lo que nadie te había contado.  
Presentarte un mundo nuevo, decirte de qué hilo tirar, casi sin darse cuenta.
Y de repente miro para atrás y me doy cuenta de lo diferente que habría sido todo si no me hubiera cruzado con vosotros. Por separado. Cada uno a su manera. Y justo así y en ese momento. Creo que la mitad de las cosas que hago o que he hecho se las debo a gente que me ha influenciado para bien. y eso da para muchos párrafos.
Que nunca sabremos dónde estaríamos ahora, con quién estaríamos hablando y de qué, si no hubiéramos coincidido en el sitio adecuado en el momento adecuado. En mitad de una casualidad.

La mayoría de las veces la gente aparece de la nada y porque sí.
A veces los conoces y a veces no.
Pero si es que sí, luego te preguntarán. Cómo os conocisteis. Por qué. Dónde.
Y tú no sabrás explicar bien. No sabrás explicar cómo para contar lo raro y al mismo tiempo especial.
Y entonces responderás,
que amistades raras,
tenemos todos.

Pero de lo raro,
lo mejor.

viernes, 8 de febrero de 2013

Sonrisas erasmus.

Pienso a menudo que esto no se va a repetir.
Nunca.
No así.

Que deberíamos ponerle banda sonora.
Que deberíamos fijarnos en cada pequeñísimo detalle. Mirarlo todo, disfrutarlo todo. Absolutamente todo. Las calles tan blancas llenas de nieve. Las nevadas. Los semáforos apagados por la noche. La lluvia, el no sol. Los paseos por el centro. El frío y la increíble catedral. Por dentro y por fuera. Los amigos ajenos que van y vienen y con los que conectas rápidamente. Los alemanes a los que no entendemos. Los cumpleaños y las cenas. Los autobuses haciendo los mismos recorridos cada mañana a la misma hora. Los trams volviendo cada noche y esa calle oscura. La porquería de comida. Las risas y los estreses. Conocer gente nueva todo el rato, y de cualquier parte del mundo. La maldita maravillosa rutina.
Pienso a menudo que más pronto que tarde lo estaremos echando de menos.

Que deberíamos escribirlo.

Que el tiempo vuela y que estaremos mirando para atrás en unos cuantos días y que me faltará hasta este colchón de mierda.
Que me faltará escuchar italiano, inglés, alemán, o incluso catalán, según quién hable y con quién. Que me faltarán los cero grados y que se me habrá olvidado, como todo lo malo se olvida, los detallitos que tanto odio ahora y que tanto me hacen cabrearme.

Pienso a menudo en el y después qué, y a veces nos imagino pasando fotos con música de fondo y recordando aquellos tiempos.
Que, de verdad, no quiero que dejemos de vernos.
Aunque tenga que ser a través de pantallas.
Que esta realidad paralela se acabará y volver al mundo real será raro.
Que echo mucho de menos a mucha gente pero también sé que echaré mucho de menos a mucha gente.

Pienso a menudo que este es nuestro año. Que siempre lo recordaremos como el año. El año que viví en Alemania. Que me suena bien y que me siento orgullosa de haber sido capaz de hacer esto que tanto miedo me daba.
Y con el tiempo sonará mejor. Aunque nostálgico.

Que somos unos auténticos privilegiados y muchos no se dan cuenta. Yo lo valoro, cada día. Creo. O eso intento. Cada vez que me bajo del tranvía y ando por estas calles tan diferentes a las españolas pienso que esto es impagable. Que esto es una vez. Y que si es más veces, no lo podemos saber.
Que todo intento de describirlo no sale todo lo bien que me gustaría.

Pienso a menudo que algún día volveremos. Y que si es por separado, dolerá. Porque no me imagino Bremen sin vosotros.
Pienso, de verdad, que la vida está en valorar los pequeños detalles. Sólo así se aprovecha al máximo.
Un tranvía vacío a la una de la mañana. Alejándose cual fantasma en la oscuridad y la niebla. Una terminal de aeropuerto vacía y en silencio.  Escuchar alemán concienzudamente y pillar sólo dos palabras. Oír música y no saber de dónde viene. Ver beber cervezas en tazas de café. Ir pisando nieve al ritmo del emepetrés. Pisar hielo y que cruja. Ver nevar. Escuchar a un tío tocando la marimba. La música callejera. Mirar a través de las ventanas sin cortinas. Escribir. Crear. Motivar. Ilusionar. Largas conversaciones sobre todo y nada.

Calles vacías.
Y casas llenas de gente.

Sonrisas erasmus.

jueves, 31 de enero de 2013

Desde el más absoluto cabreo, gentuza.

Yo en realidad no entiendo de política. Me cabreo y no tengo ni idea. Nunca la tuve. Sólo empezó a interesarme un poquillo cuando ví que se liaban a hostias con unos pocos que acampaban en la plaza de Sol reivindicando cosas. Y entonces dije... ¿pero tan mal estamos?
Y peor estamos.
No entiendo de política ni puedo tener una opinión mía propia sobre la mitad de las leyes y reformas que hacen, siempre tengo que leer mil cosas y ver las dos partes y pensarlo un rato y luego intentar llegar a una opinión más o menos coherente desde la ignorancia. Porque no se bien los pros y los contras y no quiero simplemente decir oye, que los del PP son gilipollas, mira lo que han hecho. No, quiero decirlo sabiendo lo que estoy diciendo.
No entiendo de política pero lo básico lo pillo. Lo de los 22 millones de euros en Suiza lo pillo. La de nombres que han salido hoy en El País lo pillo también. Y lo que ha dicho Cospedal en la rueda de prensa también lo pillo -aunque El País no haya 'podido' preguntar nada-.
También pillé la reforma de la justicia y también estoy pillando las reformas en educación perfectamente, sé que estoy recibiendo 200 euros al mes estando de erasmus en Alemania, y 100 vienen de Bruselas. Sé que las Séneca no es que las reduzcan, es que DESAPARECEN. Sé que están recortando por todas partes en educación, dejando con el culo al aire a la gente con menos recursos, sé que se están cargando la sanidad como si de un lujo se tratara.
Sé lo de los deshaucios, sé que está habiendo SUICIDIOS por esto, sé lo del paro y sé lo de la manipulación periódistica que bueno, dentro de todo lo demás, es lo menos malo. Pero es entrar en el fango, porque que aparezca la palabra censura en nuestras cabecitas es muy feo. (Sin periodismo no hay democracia, recuerden)
Que no entiendo de economía y siempre dije que supongo que el país no se arregla subiendo sueldos. PERO COMO DE VERDAD NO SE ARREGLA ES CON LA CORRUPCIÓN.
Es que pase que hagan todo lo que están haciendo, pero mientras nos dicen que estamos hundidísimos y mientras la gente se  suicida porque les quitan la casa, mientras cierran urgencias y echan a profesores a la calle y dejan a gente sin poder estudiar, mientras hay millones de personas que no ingresan un duro al mes... mientras pasa todo esto... de repente toda la cúpula del partido, TODOS, salen hasta el cuello de unos pagos que encima NIEGAN haber recibido. ¿¡¿Pero cómo se puede tener tanto morro?!? ¿¡¿Pero cómo se puede decir que no reconocen esos papeles?!? ¿¡¿¡¿Pero cómo se puede decir eso de... "Si España creyera que esto es cierto, se indignaría" ?!?!?
Llevo un rato con la manifestación puesta de fondo como si fuera la radio, y te juro, Cospedal, que España está indignada. Cabreada. Hasta las narices. Hasta los huevos. Hasta los cojones. Llámalo como te dé la gana llamarlo. Pero cuando absolutamente todo el partido que gobierna no sabe ni siquiera mentirnos... ¿¡¿En qué país vivimos?!? Sí, sí, sí, sé que estas reflexiones están más que vistas y más que trilladas y que no estoy diciendo nada nuevo, ¿¡¿Pero cómo se puede tener tan poca vergüenza?!? ¿¡¿Y ni siquiera dar la cara?!? ¿Y medio darla, y decir... "yo no he sido, yo no he sido" mientras por otro lado hay gente admitiendo que sí recibieron esos pagos.. ? Que si esto es una campaña contra ellos para perjudicar al partido y a la marca España.
PERO QUÉ DICES. PERO QUÉ ESTAFA ES ESTA.

Así se escribe la historia. Así aparecerá, espero, en los libros de texto. Y así, de escándlao en escándalo, en algún momento, espero, esto hará BUUUUUUUUUM y habrá que empezar de nuevo, ¿no? Vamos, digo yo.
Que desde que han llegao no sólo no han hecho nada bien sino que encima han hecho cosas mal. Repito que no quiero hacer afirmaciones muy generales porque no entiendo. Pero sé que esto está mal. Aunque no haya ocurrido ahora, aunque sean cosa del dos mil y poco y hayan salido ahora. Esto es de poca vergüenza. De reírse en nuestra cara. Todo se ha dicho ya en twitter hoy. Y todo se está diciendo ahora mismo en la puerta de la sede del PP en Génova. Y la cantidad de policía que hay empieza a ser normal. Al final acabarán a hostias. Ni las calles nos van a dejar.
Y demasiado pacíficos estamos siendo para lo HASTA LAS NARICES que está la gente ya.
Lo que no sé es cómo no han perdido los papeles ya hace un rato.

Un poquito de vergüenza tendríais que tener, un poquito sólo, y a la puta calle ya.

lunes, 28 de enero de 2013

Explícame cómo hemos llegado a esto.


-Explícame cómo hemos llegado a esto.
-¿Cómo hemos llegado a qué?
-Son las tres de la mañana y estamos en una biblioteca los dos solos y a oscuras, tirados en el suelo… ¿Te parece normal?
-¿Hacemos tú y yo algo normal?
-No, gracias.
Se quedaron callados un rato.
-Es divertido.
-¿El qué?
-Esto.
-¿Tumbarse y mirar a oscuras el techo de una biblioteca enorme?
-No, darte cuenta de cómo aquella cámara de seguridad se está moviendo hacia nosotros –contestó él mientras sonreía.
Ella se levantó rápidamente y miró a todas partes buscando la cámara.
-¿Dónde?
Silencio.
-¿Dónde? –repitió.
-Tranquila –dijo él- ¿Qué nos van a hacer? ¿Realmente crees que hay alguien vigilando esas cámaras ahora mismo?
-No, claro, se mueve sola.
-Probablemente sí.
Silencio.
-Echo de menos el mar.
-Vuelve –le soltó él.
-No.
- ¿Por qué?
- ¿Nunca sentiste eso de… estar allí y echar de menos estar aquí, y estar aquí y echar de menos estar allí?
- Más veces de las que me gustaría. Míralo por el otro lado. Tienes dos casas.
- Lo que tengo son dos vidas. Y no sé si eso es bueno.
- Eso es genial, aunque todavía no lo veas.

 (13/1/2011)