miércoles, 4 de febrero de 2015

Creo que a veces nos preocupamos demasiado por la calidad de lo que hacemos. Desde siempre he pensado que las cosas se hacen bien o no se hacen, pero es que no hacer nada te estanca. Hay millones de personas que han conseguido llegar a sitios y al principio lo hacían fatal. Algunos incluso han triunfado haciéndolo mal. Porque siempre hay alguien a quien le parece bien. Hay películas de mierda haciendo buena taquilla. No tenemos que aspirar a triunfar haciendo mierda ni a subestimar la calidad ni a pensar que la gente se conformará con cualquier cosa hecha sin esfuerzo, porque es absolutamente erróneo y falso. Sólo tenemos que perder el miedo a no estar a la altura. ¿A la altura según quién?
Perder el miedo a hacerlo mal o regular, a equivocarnos. Hacerlo regular antes que no hacerlo, porque si no haces nada, vendrá alguien haciéndolo regular y te pasará por encima.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Tenemos potencial

Me pregunto cuánto más vamos a tardar en creernos a nosotros mismos.

Cuánto tiempo más nos va a costar comprender que valemos aunque no podamos decir lo orgullosos que estamos de algunas cosas que hacemos por miedo a que nos tachen de pedantes y de sobraos.

Cuánto más nos va a costar comprender que hacer equipo es más rentable que vivir a codazos.

Cuánto tiempo más vamos a invertir en intentar ser mejor que el de al lado mientras ignoramos nuestro potencial. Que tenemos potencial.

Tenemos

potencial.

Que no sabemos cuál o no sabemos para qué.
Pero que tenemos potencial.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en descubrirlo.

Y sobre todo en convencernos.

Cuánto tiempo más vamos a esperar a que alguien de arriba, con un cargo importante, nos diga: te quiero en mi equipo.

Y entonces creernos.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en ver que uno de nuestros mayores problemas es
que no
creemos
en nosotros.

Que no queremos demostrar lo que sabemos porque siempre habrá alguien que sepa más. Que tenga más másters y más idiomas.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en aprender a vendernos.

Cuánto nos costará llegar a enumerar todos nuestros logros, con orgullo y con ilusión, sin que nadie te mire mal y piense que llegaste a todo eso por enchufes y por vías que no son el esfuerzo. Cuando lo conseguimos a base de perserverancia incansable.

Cuánto nos queda para no hablar desde la envidia. Desde el sé que pude hacer lo que tú has conseguido, pero me pareció complicado.

Cuánto nos queda para aprender a valorarnos. A nosotros y a los que se lo curran a nuestro alrededor.

Cuánto nos queda para aprender a creernos.
Cuánto nos queda para aprender a querernos.

domingo, 19 de octubre de 2014

Arriba las patatas

De cómo casi gano un concurso de Patatabrava en el que exigían empezar así, y terminar así.

- ¡Qué buenas estas bravas!
- Vamos a dejarlo en patatas, que estos alemanes de bravas no entienden…
- Se les da mejor la cerveza.
Ella miró cómo él pinchaba una patata y después le cambió de tema.
- Yo no quería venir de Erasmus a Bremen.
- Ni yo –contestó él sin dudar.
- Ninguno. Pero ahora me alegro de haber terminado aquí. Mucho.
- ¿sabes? No echo tanto de menos España.
- ¿cómo que no? Yo sí.
- Yo no. Echo de menos el clima, el sol, sí, mis amigos, vale. Pero no tengo unas ganas enormes de volver. No me quedaría más de un año o un año y medio, eso seguro, pero no me apetece volver por el momento…  aquí estoy muy bien.
- Lo a gusto que estás en un sitio se mide en cuánto echas de menos otros sitios.
Él sonrió pero no dijo nada, y ella siguió hablando.
- ¿y después qué?
- ¿después? –contestó él mientras seguía comiendo- ¿de la Erasmus?
Ella asintió antes de beber un trago de cerveza.
Él se encogió de hombros y siguió hablando.
- Después nada. O después todo, yo qué sé. Esto es todo mentira, Clara, cuando esto acabe todo será mentira. Nada une esta vida con la vida que tenemos en España. No hay nada ni nadie en común. Podríamos pensar que todo ha sido un sueño si no tuviéramos ni fotos ni Facebook. Un día nos despertaremos. Y no sé si va a doler o si va a ser la hostia. O las dos cosas.
- De nosotros depende.
- Sí. Y la cuenta atrás empieza pronto.
- No digas eso, nos quedan cuatro meses todavía.
- Mira cómo ya los puedes contar con los dedos de una mano – sonrió él cogiendo la jarra de cerveza.
Se quedaron callados un momento. Hasta que ella volvió a hablar.
- Pero no digas que es mentira. Nos llevamos mil cosas de aquí. Y mil personas, y volvemos diferentes, volvemos siendo totalmente otros. Volvemos un poco más mayores y un poco más sabios.
- Sí, eso es verdad.
- Y en España no hay esta puta mierda de patatas –dijo ella, y pinchó otra patata.
- Y más pronto que tarde las estarás echando de menos.
- Odio la sensación de saber que echaré de menos algo que ahora odio.
- Pues deja de odiar.
Ella lo miró  y medio rio moviendo la cabeza y quitándole importancia a lo que él había dicho.
Se volvieron a callar.
Hasta que ella volvió a hablar.
- Y no tengo ni idea cómo va a ser vivir con los kilómetros de por medio. Pero creo que las cosas se mantienen cuando realmente hay cosas que mantener.
Silencio.
- Que las hay.
- Pero cualquier día estamos comiendo bravas de verdad otra vez –dijo él.
Ella rio y pinchó otra patata.
- Ya veremos luego. Pero mientras tanto… ¡arriba las patatas!
Abril 2013

lunes, 23 de junio de 2014

Estoy cansada de la soledad de las pantallas que no son más que un puñado de píxeles que nos hacen sentir acompañados cuando no lo estamos.
Porque un puñado de píxeles a veces pueden darte lo que necesitas pero nunca serán una persona en directo. Nunca serán un gesto, un detalle, un mirar, ni un silencio, sino un en línea y un par de ticks.
Estoy cansada de la soledad de las pantallas porque nos hacen creer que estamos, cuando no estamos. Cuando sólo hay kilómetros y distancia, cuando termina agotando este querer hablar, este querer estar, este querer compartir y solo
encontrar
botoncitos y muñequitos
que aunque provoquen más de una sonrisa y de una risa, lejos de unir, separan.
Estar rodilla con rodilla o codo con codo es estar.
Estar pantalla a pantalla, tú en tu cama y yo en la mía no es estar. Es una sensación incómoda y al mismo tiempo violenta porque es como si estuviéramos acompañándonos en ese mismo lugar y tampoco quería eso.
Estoy cansada de las pantallas que en invierno se enfrían y en verano se calientan y que obedecen órdenes a base de paréntesis, puntitos y demás caracteres y símbolos que si los piensas fuerte nunca fueron expresivos, fueron siempre la burocracia del lenguaje, se usaron siempre por necesidad y no por sentimientos.
Y mira dónde hemos llegado.
Que me cansan los píxeles porque yo lo que quiero es que nos juntemos y seamos tan felices hablando en directo que se nos olvide que tenemos móviles y ordenadores, que se preocupen porque llevamos tres horas sin conectarnos.

Pero claro, para eso, primero, tenemos que tener claro quiénes. 

jueves, 19 de junio de 2014

Un día leí que la vida son objetivos, un constante querer ser y querer hacer, una sucesión permanente de metas. Y que si no, nada tiene sentido. 

Igual la envidia es un poco eso, inconscientemente. 





viernes, 9 de mayo de 2014

El hoy es el ayer nostálgico de mañana


Saber que lo que hoy te sobra, un día te faltará, es una sensación muy extraña.
Tirando un poco a pena.

Porque no se puede hacer nada.

Cuando de repente te das cuenta de que un día estarás echando de menos algo o alguien, entonces decides aprovechar al máximo, disfrutarlo y ser feliz el tiempo que dure, porque sabes que se acabará. Una erasmus. Una de las enseñanzas más grandes y más importantes que me traje de Alemania: vivir cada momento, porque se acaba, porque sabes que se acaba, que hay una fecha y ya no vuelve más este estar aquí, y así. Pero cualquier cosa se puede acabar, sin que exista una fecha de caducidad ni un día de despedida marcado en el calendario por un vuelo ya comprado. Cualquier cosa puede cambiar sin necesidad de una catástrofe, sino simplemente porque hay giros inesperados, casualidades buenas o malas, destino o llámalo como quieras.
Etapas. Saltar de una a otra sin darte cuenta de lo que vas dejando atrás.
Por eso, cuando de repente eres consciente de que estás en una etapa y puedes pasar a otra en cualquier momento, entonces decides –entonces decido- aprovechar y disfrutarlo como si se acabara mañana. Es la moraleja más vieja: un carpe diem como una casa. 
Y estar así probablemente más preparado para los finales. Un final no se puede asumir bien si llega de repente y sin haber pensado en él previamente. Y ya lo dice el publicista, crecer es aprender a despedirse.

Pero saber que lo que hoy te sobra, un día te va a faltar, es una sensación muy extraña.
Porque no se puede hacer nada.

Porque no puedes tomar esa decisión de aprovechar al máximo lo que tienes ahora, porque te parece una mierda. Y lo peor es saber que, con el tiempo y mirando para atrás de lejos, dejará de parecerte una mierda. Porque el recuerdo consiste, más veces de las que debería, en idealizar el pasado.
Eliminamos las partes malas y nos quedamos con las suficientes buenas como para poder mirar atrás y decir qué tiempos aquellos. Cuando a lo mejor no lo fueron tanto. O sí, y no fuimos capaces, por aquel entonces, de ver que había mucho más bueno de lo que pensábamos. Que lo malo nos cegaba, hacía mucho ruido, y realmente no era para tanto. Que no le dimos la importancia que debían tener a algunas cosas y le dimos demasiada a otras que no se la merecían.

Supongo que hay que relativizar. Que ni lo malo es tan malo, ni lo bueno fue tan bueno.

Pero Alemania me enseñó a mirar más para adelante que para atrás. No a echar de menos el ayer, sino a pensar que mañana estaremos echando de menos el hoy. Que el hoy es el ayer nostálgico de mañana. Lo cual sólo nos conduce a una conclusión: disfrutar hoy, siempre, para mañana poder decir, y esta vez con razón, qué tiempos aquellos. Y qué bien los aproveché. 

jueves, 27 de marzo de 2014

"Bueno, algunas canciones"

Estoy en el Corte Inglés en la sección de discos y escucho a un chico y a una chica, de unos 18 ó 19 años que miran unos discos y hablan de nombres raros de cantantes que no conozco… no sé por qué me da que no tienen mucha confianza porque es como uno de esos primeros temas que hablas cuando conoces a alguien, y no parece que sepan mucho el uno del otro. Hasta que se quedan callados delante de la sección de exitazos del momento y él le pregunta ella: ¿Y Laura Pausini te gusta? … y ella se queda callada medio segundo y contesta “bueno, algunas canciones”.
Y me pregunto en qué momento hemos llegado a esto de que nos dé vergüenza admitir que nos gusta tal o cual cantante, película o serie, porque esté mejor o peor visto según no sé bien quién. Vayan a pensar que, vayan a decir que, o vayan a dejar de ser mi amigo porque escuche a Raulito en secreto. Como Spotify cuando te dice “Si te da corte que sepan lo que escuchas… escúchalo en sesión privada”.
Claro, escuchémoslo en sesión privada, y vayamos al concierto solos y al cine solos no vaya a ser que nos descubran siendo nosotros mismos. Vamos a seguir escondiéndonos para que no se rían de nosotros y vamos a esforzarnos para que nos guste lo que nos tiene que gustar, que es lo de calidad indiscutible que nadie se atreve a criticar, y no cualquier mierda que “escuche todo el mundo”. 

Vamos a seguir señalando a los gilipollas que admiten que les gusta Laura Pausini y Pablo Alborán, porque eso es muy mainstream y es música hecha con dos acordes y medio y es una mierda (comparada con las sinfonías de Beethoven que escuchamos todos en casa, claro) y no debería existir. Vamos a seguir señalando a los que escuchan Los 40 y vamos a seguir escondiéndonos de los que señalan, no vaya a ser que perdamos followers por admitir que nos sabemos las canciones de Malú.


Yo qué sé, tío, que es cuestión de gustos, que no te tengo que convencer ni me tienes que convencer, es simplemente ser capaces de respetarnos y de convivir sin hostiarnos. Que es más sano.