Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de diciembre de 2013

Felicidad navideña contra indignación y cabreo

Salgo del cine.
Me acabo de gastar nueve eurazos en una película española con la que me he reído y me he emocionado. Pero no sé si porque me ha pillao un poco así, o si realmente era medio decente. Pero me lo he pasado bien.
Salgo por detrás de los cines de Montera y doy un rodeo raro para llegar hasta Preciados buscando a un grupo de músicos que llevo meses buscando y no encuentro. No hace mucho frío, vengo contenta y pensativa de la película, es sábado, son las diez de la noche, Madrid está lleno de gente, es casi navidad y por primera vez en mucho tiempo no tengo nada que hacer. Así que en vez de seguir dirección metro Sol, me meto por una calle que no sé bien a dónde lleva, pero intuyo que a la zona de Ópera, y de repente aparezco en Cortylandia y me paro un poco a observar. La gente está contenta, han venido a Cortylandia para hacerse la foto. Se escucha un helicóptero y pienso si de verdad hay tanta gente en la calle como para vigilar, o si habrá habido algún evento del que yo no me haya enterado. Sigo hacia abajo, miro el móvil un momento y se ha apagado. Llego a Ópera y miro a izquierda y derecha, me dan ganas de desviarme hacia el Palacio Real y darme una vuelta, siempre me ha fascinado esa zona. Y tengo ganas de escribir, he salido  del cine pensando en muchas cosas y en mucha gente y quiero escribir. Pero no tengo ni libreta, ni móvil con batería, ni un triste boli. Así que decido seguir dirección Calle Mayor, y una vez allí, estoy tentada de pasearme por la Plaza Mayor. Pero miro hacia la izquierda y veo Sol inundado de gente, en ese punto en el que no es agobiante todavía sino bonito. Parejas de la mano, parejas que se hacen fotos con el árbol de Sol de fondo, todos muy felices y contentos. Love is in the air. Y mucha policía. Gente que anda por las carreteras y ni un solo coche, me pregunto qué habrá pasado o si esto de las furgonetas en sol empieza a ser costumbre ya. Sigo andando y esquivo una cola larga delante de un cajero que me llama la atención. Definitivamente ya es navidad. 

A estas alturas ya he decidido que vuelvo a casa andando, así que sólo me queda decidir por dónde, y coger el camino largo no me apetece no sólo porque sea más largo sino porque no habrá tanto ambiente. Así que giro a la derecha y subo por calle Carretas, donde ando unos cuantos metros paralela a una chica que va hablando por el móvil de que pasa de quedarse a la batukada, y que va para casa de una amiga. De repente me dan ganas de llamar a alguien, pero esto ya lo pensé antes de salir de casa, y mi móvil está sin batería.

Así que sigo subiendo y me encuentro en la plaza Jacinto Benavente donde para mi sorpresa hay montado un mercado de navidad. Me pierdo dentro y de repente estoy en el Weihnachten Markt de Bremen, huele a garrapiñada en vez de a Bratwurst y me esfuerzo por escuchar alemán en vez de español. Pero es complicado cuando las dependientas que venden bufandas y gorros parecidos a los de Bremen, son morenas y de ojos oscuros. 

La gente compra, se nos ha olvidado la crisis por un rato, y parece que la navidad, lejos de ser la dictadura del optimismo, a veces puede ser la ilusión que muchos estén esperando. Aunque siendo realistas, tal vez no tantos se ilusionen al pensar en las cenas, la familia y los regalos que a lo mejor no pueden afrontar.
La cuestión es que me paro delante de una de las casetas donde venden pendientes, justo como el que yo buscaba en Barcelona, pero más bonito y más barato del que terminé comprándole a una china en la estación de autobuses porque se me metió entre ceja y ceja el ahora o nunca. Hay una pareja italiana decidiendo si comprar una pulsera u otra, hablan entre ellos y los entiendo perfectamente. Le van a preguntar al dependiente y escucho un tímido “disculpa”, a lo que el dependiente responde con un “parlo italiano” y el cliente deja de ser tímido para soltarle un “ah, ok, benissimo”. Sonrío y vuelvo a pensar que tal vez esto no esté tan lejos de ser Bremen si yo quiero, pero… pero.

Salgo del mercadillo y voy dirección calle Atocha. En la entrada cuento siete furgonetas de policías, a puertas abiertas y llenas de policías poniéndose chalecos que salen un poco deprisa de ellas. Ah, ahora todo cuadra, la manifestación. Y me cabreo un poco pensando que con esas prisas sólo van a cargar. 
Por un momento pienso en coger el metro porque no sé qué pasa ni dónde, y sigo escuchando el helicóptero, pero la gente está tan tranquila, así que no veo por qué yo no. Sigo andando hacia abajo y veo más luces azules un poco más al fondo. Pancartas por los suelos del tipo “el único camino es la lucha”, “democracia” y consignas varias, me dan ganas de coger una pero sigo andando. Llego a un paso de peatones y hay un montón de furgonetas amarillas de medio ambiente, barrenderos que barren estresados un montón de cristales de un contenedor de vidrio volcado en mitad de la calle. Casi me barren los pies y veo el auténtico desastre que había en mitad de la acera, pero termino pasando. Las luces azules que veía al fondo se convierten en furgonetas y veo pasar una, dos, tres, cuatro y hasta otras siete de policía más una del samur.
Llego a Antón Martín y los dueños de los bares están en las puertas fumándose un cigarro y observando el panorama. Furgonetas de RTVE delante de esto que hay de TVE en Antón Martín, que no sé bien qué es, y sigo andando hacia abajo. Me cruzo con una pareja cogida de la mano un poco separados y me aparto. No seré yo quien los haga soltarse por una mala maniobra, recordemos que vengo de ver una peli romántica aunque me haya cruzado con catorce furgonetas de policía. Catorce. Que me pregunto cuántas sacarán cuando realmente pase algo grave, porque creo que pueden pasar cosas mucho más graves que una manifestación. Me pregunto qué harán el día que pase algo chungo de verdad.

Me cabreo porque pienso que, aunque no sé  lo que ha pasado, probablemente no sea tan grave como para montar tal dispositivo. El derecho al pataleo existe. Se me mezcla esta sensación de me encanta Madrid con el qué mal nos tratan y me acuerdo de los mensajes que he visto en La Casa del Libro antes de ir al cine. Se ve que le dan post-its a la gente para que escriban sus deseos para 2014, y, parándome a leerlos, muchos ponían que se acabe la crisis, otros que los políticos dejen de reírse de nosotros, otros salud y trabajo para todos. La gente en la calle está contenta, sí, se hacen fotos en cortilandia, pero también se manifiesta, y mucho. Y cuando tienen que pedir cosas, aunque sea en un post-it de la Casa del Libro, piden trabajo y mejores políticos. 

Sigo bajando y veo lo que no sé si es niebla o humo, y escucho a un niño decir “mamá, huele a quemado”. Y reduzco el ritmo pero no me paro. Supongo que igual hasta tengo un poco de instinto periodístico. Más policía, más policía. Que sube y que baja. Y entre tanta luz azul, un camioncito de bomberos que ya ha apagado hace rato un contenedor. Ah, esto cambia las cosas.
Si me cabreo porque no nos dejan manifestarnos, si me cabreo porque me parece excesiva la policía, también me cabreo porque no podemos pedir menos policía ni menos represión mientras haya cuatro gilipollas que quemen contenedores. Perdemos toda la credibilidad por su culpa. Y lo diré siempre. Y odio la frase tenemos lo que nos merecemos, pero a veces me jode pensar que puede ser verdad.
Llego ya a Atocha y hay más policía y más samur, pero todo tranquilo y probablemente con ganas de recoger el chiringuito ya.

Madrid me encanta y siempre me ha encantado. Venía emocionada, contenta, queriendo la navidad y su poder de evadirnos de los problemas, hasta que me crucé con catorce lecheras. Los dos mundos, la felicidad navideña, el intentar evadirse de los problemas y la indignación seguida de represión, o la represión seguida de la indignación, según se mire. Se están pasando e intentamos que se nos olvide con la navidad pero no siempre funciona.
En un rato había visto los dos mundos: la sonrisa del que se hace la foto con el árbol de Sol e intenta no pensar mucho más y los restos del cabreo, de la reivindicación de los que se niegan a hacerse la foto. 

El resto de camino a mi casa volvi a cruzarme con parejas y gente con planes de sábado noche, con amigos que van y vienen, hablando de cosas importantes o de gilipolleces, y con gente sola y con prisa.
Y volví a pensar en la peli. Que igual no es una obra maestra pero era lo que yo necesitaba hoy. Navidad, y, más que policía y contenedores ardiendo, un final feliz, con un Martiño Rivas sonriente.


15/12/2013

martes, 29 de octubre de 2013

Las castañas se arrugan

19/10/2013

Ayer fui al Retiro. Sola. Me apetecía darme una vuelta, y desde que vivo al lado, no lo he pisado, y me parecía un pecado. Así que cogí música, cogí una libreta y un boli, cámara de fotos y eché a andar. Entré por la puerta del Ángel caído y me di cuenta de que se me había olvidado lo que me encantaba este sitio. Cuánta gente y cuántos rincones para tocar la guitarra, para tumbarse por ahí a filosofar, cuánta gente tan diferente y cuántas historias se ven siempre.

Estuve andando un rato, con Bastille en mis oídos, hasta que llegué a la zona del lago y las barcas. Hice un par de fotos, paré la música y estuve observando a la gente y a uno que había manejando una marioneta que hacía como que tocaba el piano. Y creo que la gente pensaba que la marioneta tocaba el piano de verdad.
Busqué un banco vacío, delante del lago, y me senté. Eran alrededor de las ocho de la tarde pero ya era prácticamente de noche.

Saqué mi libreta y me puse a escribir debajo de una farola, allí sentada, cerca del marionetista. No es ningún secreto que Bremen sigue ocupando muchos de mis pensamientos y la mayoría de mis líneas.
No habían pasado cinco minutos cuando se acercó un señor mayor, con su bastón, y una bolsa de plástico en la otra mano, e hice amago de dejarle espacio en el banco. Me soltó un “hola” y un “no te preocupes, cabemos los dos…” y se me sentó al lado.
Te voy a hacer un regalo, dijo, pero me tienes que hacer caso.
Lejos de estar asustada, me hizo hasta ilusión, cerré mi libreta dejando un dedo en medio para no perder la página –detalle que a él no se le escapó- y miré la bolsa deseando saber qué iba a salir de ella, porque podía esperarme cualquier cosa.
Sacó una castaña y me la puso en la mano. Y después, otra, y después, otra. Tres castañas me regalaba.
Después me miró, con esos ojillos pequeños y un poco arrugados, a través de sus gafas, y apuntando a las tres castañas con el dedo índice, me dijo mirándome, muy serio: esto te va a dar suerte. Tienes que llevarlas siempre contigo en el bolsillo y siempre te irá muy bien. Es muy importante que las guardes. Cada octubre tendrás que renovarlas… se arrugarán, porque con el paso del tiempo las castañas se arrugan como se arruga la vida, porque se arruga, pero eso es señal de que pasa el tiempo, no pasa nada. Si las guardas siempre, triunfarás. Y yo te las regalo porque te deseo todo lo mejor y quiero que te vaya muy bien siempre.

Yo sonreía mucho y le daba las gracias, y él decía de nada. Y continuaba su discurso: pero no te creas que esto te va a solucionar la vida, no. Hay que estudiar mucho. Tienes que estudiar mucho, porque las castañas te darán suerte pero tienes que estudiar, yo siempre se lo decía a mi hija. Y ahora tiene 44 años y cobra tres mil quinientos euros, es economista, trabaja en Hacienda –y aquí ya no me miraba, miraba un poco como al infinito-  está montada, es muy ahorradora pero… todo lo que tiene se lo ha ganado –y volvía a sacar su dedo índice, como advirtiendo- y estudió mucho… bueno que si estudió. Yo se lo decía siempre, que tenía que estudiar. Y opositó, con esas máquinas de escribir enormes que ahora ya ni existen. Y tú pensarás, este viejo qué hace aquí contándome su vida, pero bueno yo te lo cuento porque estas cosas hay que saberlas. Pues opositó y tuvo que hacer muchos exámenes y le estuve pagando muchas academias… y ahí está. Tú lleva las castañas siempre que te examines, en el bolso o donde quieras.

A estas alturas yo ya sólo quería que me contara más cosas. Las personas mayores tienen muchas cosas muy interesantes que contar y a veces me da la sensación de que pocos los escuchan. Así que le di cuerda y le pregunté si él llevaba las castañas y quién se lo había dicho.

¡Hace quince años las llevo! – y me las enseñó- estas están recién cogidas. Y luego cuando las renuevo no las tiro, vaya que dé mala suerte tirarlas, las dejo por ahí en los cajones. Es que yo tengo una vena que me dice que hay que creer en algunas cosas, y yo en esto creo mucho. Porque de verdad que desde que las tengo me ha ido muy bien. Y ojalá a ti también. Es como lo del champán en fin de año, el corcho hay que cogerlo y escribirle el año y guardarlo. Y dará buena suerte. Yo lo hago siempre y ya tengo muchos. Pero ya ni me acuerdo de quién me lo dijo, de esto hace muchos años. Tú guárdalas bien, y si me ves, dime Carlos, que tengo las castañas.

No me miraba, miraba todo el rato a algún punto lejos, a mi izquierda. Le pregunté entonces si venía siempre al Retiro. Y me dijo que venía viernes, sábados y domingos. Que ya estaba jubilado de hacía un año y que no tenía nada más que hacer, además de pintar. Y entonces sacó de su bolsa unos pinceles y una cajita con un bote de ‘esencia de trementina’ que era aquello que utilizaba yo también no me acuerdo bien para qué, cuando pintaba de pequeña. Le pregunté si era óleo y me dijo que sí, que ‘la profe’ le había dicho que eso era como el aguarrás pero mejor. Y que él estaba muy bien estando jubilado. Aunque el otro día se cayó por las escaleras del metro, que a veces tienen muy mala leche porque como no paran de moverse… pero que por suerte no se fracturó nada y todo está bien. Que seguiría viniendo al Retiro hasta los 111 años. ¡Yo siempre digo 111! Y le pregunté por qué. Y me contestó , riéndose, “¡porque sé que no voy a llegar!
Y entonces se levantó del banco, con intención de irse, yo lo miraba contenta por habérmelo encontrado, el lago del Retiro justo detrás de él. A estas alturas ya me sentía en una película. Me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y me dijo, ya de pie, apoyado en su bastón, que qué nombre más musical. Como la cantante. Qué cantante, pensé yo. Y, como si me hubiese escuchado, dijo la cantante Celia Ramos. Mirando siempre al infinito. Y casi antes de que pudiera yo preguntarle nada más, siguió hablando: porque yo también estudié música, estudié solfeo. 


Eso me gustó, y, sonriendo, le dije: ¡yo también! ¡yo toco el piano!
Y algo se le iluminó en la mirada, le hizo ilusión, sonrió, y esta vez sí me miró para decir: ¡el piano, qué bien, pero qué bonito!
Se paró medio segundo a pensar, y después siguió contándome: Yo quería tocar la trompeta pero no tenía pulmones suficientes porque ¡Uy! Hacen falta muchos pulmones. Así que fui baterista. Y ahí que estaba yo tocando… Y empezó a canturrear, apoyado en su bastón “fly me to the moon… “ mientras miraba lejos a yo qué sé qué dónde. "¡Llévame contigo a la luna, fly me to the moon!"

Y yo, asombrada con su inglés, le decía: ¡sí, es verdad! Y él contestaba contento: es que también aprendí inglés, porque tenía unos amigos americanos. Que parece que no… ¡pero he vivido muchas cosas! Qué bien, qué bien… decía ilusionado, recordando viejos tiempos. Yo solté un ‘me alegro’ al verlo tan contento, ahí de pie, que casi parecía que se iba a poner a bailar, y contestó con un yo también me alegro, yo también me alegro.

Dio un par de pasos y dijo que se iba, y a un poco de distancia ya me repitió que tendría mucha suerte y que me había tocado un santo, que triunfaría y que a ver qué estaba haciendo en 15 años. Empecé una frase del tipo “a ver si en quince años me ve…” (en la televisión, o en los créditos de alguna peli, iba a decir) pero me cortó preguntándome qué estudiaba.  Le contesté que periodismo –por no liarlo mucho tampoco- y me puso cara rara. Me parece que no le gustó.  Ay, qué difícil. Los periodistas de ahora… es que está muy mal esto del periodismo. Yo asentía. Y él empezó a hacer gestos con el bastón diciendo que todos esos que salen por las tardes y hablan y gritan… que eso no le gustaba. Yo le dije que eso no eran periodistas, que esos se pelean todo el día y no son periodistas, que yo sería de las buenas. Y entonces me dijo: ¿sabes cuál es el problema? Que todo eso está lleno de ‘omelés’.
Y me quedé callada.
¿Sabes lo que son las ‘omelés’? preguntó. Y le dije que no.
Entonces se volvió a acercar un poco y miró a su alrededor rápidamente, a un lado y a otro, y me dijo en voz un poco más baja: te lo voy a decir como hay que decirlo, las tortilleras.
A mí me hizo gracia y él seguía haciendo gestos con su bastón mientras hablaba un poco indignado: todo lleno de omelés en la tele, todo omelés, a mí eso no me gusta. Tú tienes que ser periodista de las buenas, de las que hace reportajes buenos. Y está difícil, y hay que ser muy valiente. Pero bueno tú estudia mucho, si hace falta pues te vas fuera. Pero estudia mucho.
Bueno, hasta luego, ¡guarda bien las castañas!
Y lo vi alejarse, despacito, poco a poco, con su bastón y su bolsa de castañas, mal iluminado por las pocas farolas que hay en el Retiro.
Lo miraba, alucinada, con las tres castañas en una mano y mi libreta en la otra.
Me quedé un momento parada pensando, y rápidamente me puse a escribir otra vez. El piano del marionetista volvió a sonar. Ni me había dado cuenta de que llevaba un rato sin tocar.


sábado, 17 de marzo de 2012

Andy Warhol, gafapasta hasta ofender.

Tengo una asignatura en mi maravilloso doble grado que se llama Historia de los medios audiovisuales.
Es el mismo profesor -iraní, por cierto, no utiliza artículos hablando, es todo un personaje- para la teórica y para la práctica. En la teórica se dedica a vomitar todo tipo de información sobre el período que estemos dando en ese momento, acompañado de un bonito power point con foticos de las películas de las que va hablando, y en la práctica pues nos pone trocitos de esas películas y nos va ejemplificando con imágenes lo dicho en la teoría el día anterior.

Que por qué os cuento esto, diréis.
Bueno, pues resulta que el miércoles en la teoría dimos el cine vanguardista, con lo cual el jueves tocó profundizar un poquito con imágenes en este cine surrealista.
Buñuel and company, para los entendidos.
Sinceramente todo esto de romper con lo establecido es algo que siempre me ha llamado la atención, porque era gente que estaba, como poco, como una cabra, y se les iba la olla de tal manera que a veces le salían cosas curiosas, o al menos eso es lo que opinaba yo de las vanguardias con lo que sabía de haberlo dado en Historia del arte en el instituto.

Aunque en realidad, no dejan de ser cuatro gafapastas que dijeron 'no, yo es que lo que tú haces no me gusta porque lo hace todo el mundo, voy a coger una rueda y la voy a poner en un museo, y voy a convertir lo cotidiano en arte' (cortesía del señor Duchamp).
Pues bueno, me parece una ida de olla, pero vale, sin más. Luego encima la gente te adorará por coger una rueda y ponerla en un museo.
Aunque yo siempre me pregunté dónde está el límite y quién es el que define lo que vale y lo que no, porque si no esto es un cachondeo y ya puestos, cojo la batería del odenador que la tengo aquí al lado, la pinto de rojo y voilá, ya podéis adoorarme porque soy la vanguardia de la vanguardia.

El caso es que en el cine también hubo cuatro guays que decidieron diferenciarse y hacer cine vanguardista, surrealista y todo eso. Buñuel pues mezclaba cosas medio reales con sueños, eran relatos un poco sin sentido aparente pero bueno, tenía que ver mucho con todo el mundo del subconsciente y blablablá, que oye, pues hay que reconocerle la originalidad, por lo menos. Y me parece muy curioso que alguien alguna vez haya intentado sacar de nuestra cabeza algo que nunca sale y algo tan complejo como son los sueños.

Y bueno, después de este rollo del subconsciente y de algunas gentecillas más además de Buñuel, llegó Warhol, Andy Warhol.




Es importante recordar que este hombre es el mismo que considera arte un plátano y una lata de tomate.
Y tiene una pandilla de hippiecolgaos detrás que se ponen un póster de una lata de tomate en su habitación. Yo ahí no voy a entrar a valorar.

El gafapasta de Warhol hizo muchas más cosas además de su famoso plátano, pero me gustaría destacar una: su película llamada 'Sleep'.
Siendo el que considera que un plátano es un obra de arte, espero que tengáis curiosidad por esta película, pero que nunca, nunca, la veais.
En esta película vemos durante CINCO HORAS un poeta durmiendo. No hace nada más, sólo dormir.
Y ojo, que esto está en los museos.





Y sí, bueno, el Warhol este planifica y no sólo nos enseña la cara del poeta dormido, de repente cambia a una mano durante cinco minutos, luego cambia a un trozo de ropa que no sabes qué es durante media hora, luego sale otro plano del tío frito y así sucesivamente durante 321 minutos.
Esto pues supera a la lata de tomate por goleada.



Y a mí pues me parece hasta una falta de respeto. Cinco horas de un tío durmiendo. ¿Pero de verdad este hombre se creía que alguien iba a ver su mierda de película? A mí me parece tener mucho morro y reírse del público en su cara.
Tal era mi grado de indignación en clase que mis apuntes dicen lo siguiente: 5h de un poeta durmiendo. La estupidez del año. No es un espectáculo cinematográfico, hay que contextualizarlo dentro del cine abstracto. Surrealismo, sueños, literalmente. Una metáfora tan profunda que no la entiende ni dios, ni con contexto ni sin contexto y encima tenemos que estudiarlo.

A todo esto mientras el profesor hablaba teníamos de fondo al colega durmiendo.

Y esto es arte. Claro. Minimalista. Sí. Reducirlo todo a su mínimo. Je.

Yo sólo pude celebrar interiormente que las intervenciones de mis compañeros fuesen para decir que les parecía una gilipollez, porque con tanto indie últimamente, pensaba que en cualquier momento alguien levantaría la mano para decir, sonriendo y con los ojos brillosos, que le parecía una genialidad.

Podéis deleitaros:




A mí personalmente lo que hizo este tío hasta me cabrea, y me ofende que a eso se le llame cine cuando se le debería llamar estupidez. Pero bueno, supongo que ha conseguido lo que quería, que era provocar y cabrear al público y que en eso consistía la bromita.
Yo lo veo una pérdida de tiempo y de dinero. Tan indie, que se ha pasao de moderno.

Pero claro, los expertos no opinarán lo mismo.

No os invito a que veais la película, pero sí a que investiguéis las gilipolleces que hizo Warhol en el cine: Sleep, 5h de poeta durmiendo; Empire, 8h de la imagen de la punta de un rascacielos; 25h de una que se llama Four Stars que ni he mirao de qué va; 1h de imágenes de besos en Kiss; Haircut es un tío cortándole el pelo a otro; Eat un tío comiendo...

Y así sucesivas obras de arte.

Qué queréis que os diga, prefiero la rueda en el museo. Le veo más sentido a buscar el arte en lo cotidiano (que lo traduzco en algo así como disfrutar de cada cosa y de cada momento como únicos que son) que a grabar a un tío frito durante cinco horas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Mitomanía, capítulo 1.

Muchas veces me han dicho que no tengo criterio y que nadie me cae mal, pero yo no creo que eso sea cierto, simplemente hay gente que, por una cosa o por otra, me parecen admirables, o al menos, esa parte que conozco de ellos, ya que los medios casi siempre sólo nos dejan ver un trocito.
Agárrense a sitios de agarrar, como diría Toni Garrido, porque parrafada va, y no puede ser menos.

No es difícil saber - si seguís mi tuiter y mi facebook últimamente- que una de esas personas es Rodrigo Cortés. Director de cine español. Al que probablemente inevitablemente termine pasándole esta entrada por tuiter, que no sé si llegará a leerla o no -más teniendo en cuenta que no pienso resumir, porque os lo quiero contar con todo detalle- pero viendo que está prestándole atención a todas y cada una de sus menciones... pues me haría ilusión. Aunque, todo sea dicho, me da mucho corte hacerlo... al final, tarde o temprano, terminaré haciéndolo 'sin pensar'. Siempre me pasa. Ojalá esto en el directo también fuese así de fácil. Lo de hacer las cosas que me dan corte sin pensarlas.
Pero bueno, que me lío.

Por qué admirar a este hombre.

Punto uno, y el 'cómo lo conocí': Buried. Enterrado. Una película que si no habéis visto, tenéis que ver. Soy la primera persona que pensaba que no aguantaría 90 minutos dentro de un ataúd, y que no era posible hacer una película de esa duración sólo dentro de un ataúd. Pero me rompió todos los esquemas y lo hizo, y además muy bien. Brutal. Increíble. Aunque hace poco me enteré (vaya fan yo) que el guión no era suyo, de igual manera fue él quien fue capaz de hacer una película que nadie se atrevía a hacer. Me acuerdo que la vi tirada en el colchón que hay en el sótano de mi casa, este verano, y sólo hacía agarrarme a un cojín cada vez más fuerte... no sé cómo describir aquellas sensaciones, emocionantes, intrigantes... no lo sé, pero me tuvo hora y media sin pestañear y totalmente metida en ese ataúd con Paul Conroy. Impresionante.

Continúa mi historia sobre este hombrecillo en twitter. Poco que decir, porque no entendía muy bien si es que vivía en un AVE o si estaba obsesionado o si iba a hacer una peli sobre ello o qué estaba pasando. Me acuerdo que llegué a decirle a una amiga que iba en ese supuesto mismo AVE un día algo así como "a ver si te cruzas con Rodrigo Cortés", y ella me contestó que él llevaba tuiteando desde ese AVE muchos días, y que ya no sabía qué era cierto y qué no. Enigmas de la vida.

Y saltamos ya a LUCES ROJAS. Realmente no sé cuándo comenzó mi interés por esta película. Tal vez tuiter, tal vez Toni Garrido entrevistándolo... hasta que una amiga de Salamanca me contó que estuvo en el preestreno allí, que la película le pareció la hostia y que pudo incluso hablar con el permanentemente sonriente Rodrigo, y hacerse una foto con él.

Mientras me decidía o no a ir a ver la película (léase mientras esperaba el día del espectador) me ví Concursante, la primera peli de Rodrigo. No voy a mentir, no me gustó. Demasiada economía para mí. Así que para aquellos que dicen que no tengo criterio y que cuando admiro a alguien dejo de ser objetiva... pues no, Concursante no me gustó. Muchos números. Aunque sólo hago leer buenas críticas, a lo mejor algún día le doy otra oportunidad.

Llego el día, fui a ver sus Luces Rojas. Sola, de repente. Porque si espero a la gente al final no voy. Porque la gente no suele estar muy dispuesta a gastarse dinero en cine 'si me puedo bajar la peli'. Que no, joder, que no. Que no es lo mismo. Que hay que ir al cine. El caso es que fui, no sin antes decirle al señor director por tuiter, que iba a ver su peli. Y sorpresa mía que me contestó. Y me dí cuenta de que se estaba entreteniendo a contestar a absolutamente todas las menciones que le llegaban. Algo que no hace NADIE. Nadie con más de cierto número de seguidores, quiero decir. Y él ya va por los veinte mil y pico, creo. Dice que es lo mínimo que puede hacer para agradecerle a la gente que esté gastando tiempo y dinero en su proyecto. ¿No es genial?

De la peli no quiero hablaros porque tenéis que verla. No es Buried. Es una película muy diferente. Hay gente que me ha dicho que no le han gustado algunas cosas, a mí, sinceramente, me parece una peli redonda. Alucinante. Y ya está, no os digo más porque quiero que la veáis, sólo os digo que no sé qué hacéis que no vais YA. Yo me estoy planteando una segunda vez.
Es una peli que te persigue, que no acaba en los créditos, salí de allí y me retumbaba la última frase en la cabeza. Y salí pensando que estudio lo que estudio porque existen pelis como Luces Rojas. Y me faltaron redes sociales para contarlo.



Y venga entrevistas, Otra Movida, El Mundo, En días como hoy, Onda Cero, El Hormiguero, Vídeo Encuentros de Antena 3 y mil millones de sitios donde aparecía el director y guionista. Además del permanente tuiter en el que no deja de contestarle a todas y cada una de las personitas que le dicen algo. Yo ya llevo tres, y la ilusión que me hace. Y me estoy aguantando las ganas de decirle más cosas.

Me ha conquistao peli a peli y entrevista a entrevista, tuit a tuit. Porque este hombre no sólo es un talento increíble (que, a todo esto, no estudió cine, a saber qué) sino que es un tío guay. Y me explico: no son pocos los 'famosos' que se hartan de retuitear buenas críticas ya sea a modo de publicidad o a modo de 'joder, qué ilusión que me digan esto, ¡¡mirad lo que me dicen!!' (que bueno, visto desde ese lado humilde y desde ese 'me hace ilusión que guste lo que hago y quiero compartirlo', no está mal el retweet tampoco), pues bien, aquí el amigo no ha hecho ni un sólo retweet -o tal vez alguno que a mí se me haya escapao, pero se contarán con los dedos de una mano- de los cientos de comentarios halagadores que le están llegando.
Humildad, se llama. A veces, exagerada. Me he visto y me he leído y me he escuchado toda entrevista suya con la que me he cruzado y creo que puedo decir que el exceso de humildad a veces podemos traducirlo en baja autoestima. Ayer me dió esa sensación por un segundo. Espero haberme equivocado, no sé, fue una sensación extraña.
El caso es que, sea como sea, lo importante es que un flipao de la vida no es. Y eso es lo que lo hace cada día un poquito más grande.
Eso, y que escucharlo hablar es quedarte embobado. Por lo que dice y por cómo lo dice. Creo que sería un magnífico profesor. La manera de explicar las cosas, de expresarse, de hablar, de responder a las preguntas, de elegir y ordenar las palabras y de utilizar metáforas mediante las que todo queda clarísimamente claro. Y, además, bonito.
Y siempre sonriendo y agradeciendo y feliz. Y con ese toque de cachondeo que no puede evitar y que, reconozcamos, me encanta. Ese punto de 'está como una cabra' (en el mejor sentido) que tienen (y deben tener) todos los creadores. Sin ir más lejos, anoche tuiteaba desde un VIPS con un amigo una foto del mantel. Y después una foto de la foto del mantel. Y después una foto de la foto de la foto... en fin, making of sobre making of. Y decía "Making of TOTAL, sin ángulos muertos"... como una cabra, lo que os diga, y menos mal.
Pero se le ve tan natural, tan auténtico.
Alguien que se ve que le apasiona lo que hace, y cada vez veo menos gente así.
Que tenga las cosas tan claras, que las exprese tan bien y que no sólo no termine de creerse su éxito, sino que sea totalmente consciente de que en cualquier momento puede llegar el fracaso, ese 'Robert de Niro me había dado el sí, pero no pensábamos contárselo a nadie, quedaban 100 escalones y nos podíamos caer en cualquiera, y eso incluía el 99'.
Y que cuente la misma historia por quinta vez, que yo ya me la sepa, y que quiera escucharla otra vez.

Luces Rojas. Notas discordantes. Cosas que no deberían estar ahí.

Tantas y tan grandes reflexiones y frases en esas entrevistas... es que si de verdad es lo que sale por la tele, es guay.
Y ayer me vi unos cuantos cortos que encontré suyos por youtube. Unos mejores que otros, (genial verlo actuar) pero muy suyos. Experto en construir personajes.

Ya hace un tiempo decidí que quiero ser guionista, pero en mi maravilloso doble grado no piensan enseñarme, así que un día me puse a mirar másters y fiché el de Globomedia en la Rey Juan Carlos.
Cierta amiga de Salamanca me dijo que este que os cuento que 'sería un magnífico profesor por cómo lo expresa todo' da clases en el máster de guión de la Universidad de Salamanca.

Yo sólo sé que por estas cosas, por pelis como esta y por gente como él, me entran más y más ganas de meterme en ese mundo, de hacer cosas, ya.


Tienes que ser muy consciente de que decepcionas a alguien desde el mmomento en el que te levantas por la mañana. Si tú tratas de poner tus decisiones en manos de las expectativas de unos y otros estás perdido, entre otras cosas porque cada uno tiene expectativas diferentes y si complaces a unos, decepcionas a otros, y si complaces a otros, decepcionas a unos, y si complaces a todos te decepcionans a ti.
Solamente puedes pensar en una historia que te resulte potencialmente apasionante.

Rodrigo Cortés.