jueves, 14 de noviembre de 2013

Todos deberían tener derecho a vivir una ERASMUS

Cuando lo leí la primera vez me pareció una burrada pero no me causó nada más allá de la indignación con los políticos españoles. Nada nuevo, por otra parte. Luego todo empezó a saberse porque Laura (mi cabecita te sigue diciendo Layu, lo siento) empezó a moverse más y más, hizo la petición en change.org, y dos días después tenía 100.000 firmas y estaba en El País, El Mundo, Público, Huffington Post, RTVE, La Vanguardia, La Sexta, El Diario, La Ser y mil medios más. Porque el BOE salió el 29 de octubre y hasta entonces parece ser que nadie –a excepción de mis paisanos de La Taberna Global, que fueron ellos los que soltaron la noticia, y de donde lo leyó Laura- se lo había leído. Difusión CERO. 
Y hoy gracias a Laura y a La Taberna Global, está por todas partes. Y cuando decimos todas partes, es que a Laura la ha nombrado la BBC y The Guardian, que La Sexta estuvo en su casa, que salió en Cuatro, La 1, La 2, Antena 3 y miles de medios digitales, además de visitar el Ministerio, llevar las más de 200.000 firmas que se consiguieron y hablar con Federico Morán (segundo después de Wert) sobre el asunto. Bruselas le dio un toquecito a Wert, el PP otro, y aquí el amigo terminó rectificando, al menos para este año. Porque es cuestión de información, como nos explican en Periodismo Internacional: si una guerra no se cubre, no existe para el resto del mundo, y es más complicado que acabe, porque no hay información, ni hay opinión pública, ni hay presión social que intente pararla. Esto pasó de la Taberna Global a un bum en las redes sociales, gracias, en parte, a Laura, y de ahí a las teles y los medios y de ahí a frenarlo. Al menos para este año.  Y esto demuestra la importancia del periodismo y lo importante que fue que Laura hiciera la petición.



Yo me fui con 200 euros al mes y ya era poco. 100 que nos daba la UE y 100 que nos daba el Ministerio a todos. La Comunidad de Madrid, sobre esos 200, no da nada, pero otras comunidades como Cataluña o Andalucía sí que dan más sobre esos 200, así que hay gente que se planta hasta en 500 al mes. Ahora resulta que de esos 200, sólo tienen seguros 100 euros al mes, los de Europa. Los otros 100 del Ministerio desaparecen para los que no eran becarios del ministerio (los que no hayan recibido la beca general el año anterior) y para los que sí lo son, se convierten en 200. Así que hay gente que se irá con 300 al mes (más lo que le dé su comunidad autónoma, si le da algo) y hay gente que se irá con 100 (más lo que le dé su comunidad, si le da algo)

Y bueno, creo que a muchos medios se les ha ido la mano con los titulares, y que el RIP Erasmus de Twitter estuvo bien porque está bien la indignación, siempre, y más si es por esto, pero RIP me parece demasiado cuando todavía puede haber gente que se vaya con 300 (o más) y cuando a pesar de esto, a las Erasmus les queda mucha vida por delante.

Pero lo que me toca las narices es la desigualdad. ES QUE NO HAN RECORTADO. Es que han redistribuido para mal. Porque les han aumentado a unos y les han reducido a otros, no les han reducido a todos, no sé si me explico.

A lo que iba, no me había parado a pensar mucho más allá de esta indignación, rabia, cabreo, enfadamiento y ganas de hostiar al señor Wert, y, es más, me molestaba el RIP Erasmus de Twitter porque aunque es un buen bajonazo, esto no significa el fin de las Erasmus. Para acabar con algo así hay que ponerle mucho interés y lo suyo les va a costar porque detrás hay miles y miles de personas que ya lo han vivido o que lo están viviendo, y que saben que significa demasiado como para que se acabe de hoy para mañana. Me niego al fin de esto. 

Pero para hacerme ver todo un poquito más claro, y hacerme pararme a pensar de verdad, me tuve que cruzar con este párrafo de Juanlu Sánchez en Facebook:

¿Qué habría sido de mí sin el Erasmus? No habría abierto mi primer blog, no habría estudiado en 2004 "technologies and data driven journalism", no habría desarrollado un buen montón de ideas en ambiente de libertad, no habría conocido a gente maravillosa y no habría aprendido que lo mismo mi idea del mundo y del periodismo era un pelín convencional. Mi Erasmus, sin ser épico ni mitológico, fue mi "pensar fuera de la caja". Quiero que eso lo viva todo el mundo.

Me quedé con las ganas de saber dónde estuvo. Pero es que describió TAN BIEN lo que puede significar una Erasmus. Que hombre, que para muchos no es solo fiesta. E incluso para los que es sólo fiesta, también es crecer, de una manera o de otra.



Me emociona, me emociona ver imágenes de Erasmus españoles unidos para luchar por esto, porque no todo es fiesta. Y ver a Laura como representante en todas las televisiones con más de un micro delante. Porque yo lo viví y quiero que más gente lo viva.

Han pasado ya más de tres meses desde que volví y todavía no me veo capaz de expresar lo que ha significado para mí, pero sin duda es una experiencia que te cambia. Que te hace ser consciente de cosas, que te hace ver otras cosas más claras, las buenas, las malas… no te digo que te haga la persona más sabia del mundo, pero es algo que, como dice Juanlu, te hace ver que no todo es tan convencional. Y esa última frase de querer que lo viva todo el mundo, es lo que me ha abierto un poco los ojos.
Tengo la suerte de poder estudiar fuera de mi casa y, aun siendo la ayuda económica una mierda,  he tenido la suerte de poder estudiar un año entero fuera de mi país, y conocer gente increíble, otras culturas, otros idiomas, otros sitios y otras maneras de ver el mundo y la vida, yo qué sé, he pasado un año en un mundo totalmente diferente y es algo que no cambio por NADA.

Sigo manteniendo que esto no significa el fin de las Erasmus, pero es una pequeña y significante hostia a algo que, pienso yo desde mi super subjetiva opinión, debería ser intocable. Hay gente que se planteó el volverse, cuando esto saltó, después de dos meses empezando a vivir una realidad paralela que no va a volver nunca, una experiencia única que se debe disfrutar del primer minuto al último.
Habrá quien diga que hay cosas más importantes que pagar que las Erasmus de los estudiantes, y la fiesta de los españoles en el extranjero, pero desde mi experiencia creo que el enriquecimiento personal también es muy importante. Es verdad que hay muchas cosas más importantes que pagar, pero esto no hay que infravalorarlo tampoco.

“Quiero que eso lo viva todo el mundo”, dice Juanlu. Y a mí me parece que tiene mucha razón, porque he tenido la suerte de disfrutarlo y me parece que todo el mundo debería poder tenerla. Porque es algo que recomiendo a TODOS, que no sé bien cómo contar, y que, por pedante cursi y ñoño que suene, sólo se entiende si se vive. Y todos deberían poder vivirlo.
Y quitar cien euros tal vez es poco, pero es quitar de más a una cosa que, señor ministro, no tiene usted ni puta idea de lo que es.
No es sólo cortar ilusiones y sueños, es cortar alas, es cortar formación, crecimiento personal y académico ¡¡¡¡Cortar ganas de conocer mundo!!!! 

Es que se equivocan, se equivocan. Porque si no sabemos inglés, si nos critican por ignorantes,  y vosotros mientras encima nos hacéis esto, es que no hay manera de avanzar.

La palabra ERASMUS, con todo lo grande que es, no se extingue porque recorten un poco, pero se debilita, porque hay gente que no está dispuesta a irse con tan poco dinero, y es lógico. Pero todavía no he escuchado a nadie hablar mal de su Erasmus. El espíritu Erasmus es algo que no puede morir, porque nos ha enseñado muchísimas cosas a tantas y tantas generaciones. Mucha gente, como Juanlu, cree que hoy no estaría donde está si no fuera por aquel año. Y vivir algo así, es un derecho que todo estudiante debería tener. Y el que lo haya vivido, sabe de qué estoy hablando.

Una Erasmus te enseña a  aprender a vivir el día a día porque sabes que un día se acabará y todo volverá  a ser normal, como antes; te hace conocer mundo, gente, culturas, idiomas, te obliga a convivir y a buscarte la vida, te cambia, te crece

Todo eso y muchas cosas más que no sé explicar bien.


Porque TODOS deberían tener derecho a vivir una Erasmus.  

martes, 29 de octubre de 2013

Las castañas se arrugan

19/10/2013

Ayer fui al Retiro. Sola. Me apetecía darme una vuelta, y desde que vivo al lado, no lo he pisado, y me parecía un pecado. Así que cogí música, cogí una libreta y un boli, cámara de fotos y eché a andar. Entré por la puerta del Ángel caído y me di cuenta de que se me había olvidado lo que me encantaba este sitio. Cuánta gente y cuántos rincones para tocar la guitarra, para tumbarse por ahí a filosofar, cuánta gente tan diferente y cuántas historias se ven siempre.

Estuve andando un rato, con Bastille en mis oídos, hasta que llegué a la zona del lago y las barcas. Hice un par de fotos, paré la música y estuve observando a la gente y a uno que había manejando una marioneta que hacía como que tocaba el piano. Y creo que la gente pensaba que la marioneta tocaba el piano de verdad.
Busqué un banco vacío, delante del lago, y me senté. Eran alrededor de las ocho de la tarde pero ya era prácticamente de noche.

Saqué mi libreta y me puse a escribir debajo de una farola, allí sentada, cerca del marionetista. No es ningún secreto que Bremen sigue ocupando muchos de mis pensamientos y la mayoría de mis líneas.
No habían pasado cinco minutos cuando se acercó un señor mayor, con su bastón, y una bolsa de plástico en la otra mano, e hice amago de dejarle espacio en el banco. Me soltó un “hola” y un “no te preocupes, cabemos los dos…” y se me sentó al lado.
Te voy a hacer un regalo, dijo, pero me tienes que hacer caso.
Lejos de estar asustada, me hizo hasta ilusión, cerré mi libreta dejando un dedo en medio para no perder la página –detalle que a él no se le escapó- y miré la bolsa deseando saber qué iba a salir de ella, porque podía esperarme cualquier cosa.
Sacó una castaña y me la puso en la mano. Y después, otra, y después, otra. Tres castañas me regalaba.
Después me miró, con esos ojillos pequeños y un poco arrugados, a través de sus gafas, y apuntando a las tres castañas con el dedo índice, me dijo mirándome, muy serio: esto te va a dar suerte. Tienes que llevarlas siempre contigo en el bolsillo y siempre te irá muy bien. Es muy importante que las guardes. Cada octubre tendrás que renovarlas… se arrugarán, porque con el paso del tiempo las castañas se arrugan como se arruga la vida, porque se arruga, pero eso es señal de que pasa el tiempo, no pasa nada. Si las guardas siempre, triunfarás. Y yo te las regalo porque te deseo todo lo mejor y quiero que te vaya muy bien siempre.

Yo sonreía mucho y le daba las gracias, y él decía de nada. Y continuaba su discurso: pero no te creas que esto te va a solucionar la vida, no. Hay que estudiar mucho. Tienes que estudiar mucho, porque las castañas te darán suerte pero tienes que estudiar, yo siempre se lo decía a mi hija. Y ahora tiene 44 años y cobra tres mil quinientos euros, es economista, trabaja en Hacienda –y aquí ya no me miraba, miraba un poco como al infinito-  está montada, es muy ahorradora pero… todo lo que tiene se lo ha ganado –y volvía a sacar su dedo índice, como advirtiendo- y estudió mucho… bueno que si estudió. Yo se lo decía siempre, que tenía que estudiar. Y opositó, con esas máquinas de escribir enormes que ahora ya ni existen. Y tú pensarás, este viejo qué hace aquí contándome su vida, pero bueno yo te lo cuento porque estas cosas hay que saberlas. Pues opositó y tuvo que hacer muchos exámenes y le estuve pagando muchas academias… y ahí está. Tú lleva las castañas siempre que te examines, en el bolso o donde quieras.

A estas alturas yo ya sólo quería que me contara más cosas. Las personas mayores tienen muchas cosas muy interesantes que contar y a veces me da la sensación de que pocos los escuchan. Así que le di cuerda y le pregunté si él llevaba las castañas y quién se lo había dicho.

¡Hace quince años las llevo! – y me las enseñó- estas están recién cogidas. Y luego cuando las renuevo no las tiro, vaya que dé mala suerte tirarlas, las dejo por ahí en los cajones. Es que yo tengo una vena que me dice que hay que creer en algunas cosas, y yo en esto creo mucho. Porque de verdad que desde que las tengo me ha ido muy bien. Y ojalá a ti también. Es como lo del champán en fin de año, el corcho hay que cogerlo y escribirle el año y guardarlo. Y dará buena suerte. Yo lo hago siempre y ya tengo muchos. Pero ya ni me acuerdo de quién me lo dijo, de esto hace muchos años. Tú guárdalas bien, y si me ves, dime Carlos, que tengo las castañas.

No me miraba, miraba todo el rato a algún punto lejos, a mi izquierda. Le pregunté entonces si venía siempre al Retiro. Y me dijo que venía viernes, sábados y domingos. Que ya estaba jubilado de hacía un año y que no tenía nada más que hacer, además de pintar. Y entonces sacó de su bolsa unos pinceles y una cajita con un bote de ‘esencia de trementina’ que era aquello que utilizaba yo también no me acuerdo bien para qué, cuando pintaba de pequeña. Le pregunté si era óleo y me dijo que sí, que ‘la profe’ le había dicho que eso era como el aguarrás pero mejor. Y que él estaba muy bien estando jubilado. Aunque el otro día se cayó por las escaleras del metro, que a veces tienen muy mala leche porque como no paran de moverse… pero que por suerte no se fracturó nada y todo está bien. Que seguiría viniendo al Retiro hasta los 111 años. ¡Yo siempre digo 111! Y le pregunté por qué. Y me contestó , riéndose, “¡porque sé que no voy a llegar!
Y entonces se levantó del banco, con intención de irse, yo lo miraba contenta por habérmelo encontrado, el lago del Retiro justo detrás de él. A estas alturas ya me sentía en una película. Me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y me dijo, ya de pie, apoyado en su bastón, que qué nombre más musical. Como la cantante. Qué cantante, pensé yo. Y, como si me hubiese escuchado, dijo la cantante Celia Ramos. Mirando siempre al infinito. Y casi antes de que pudiera yo preguntarle nada más, siguió hablando: porque yo también estudié música, estudié solfeo. 


Eso me gustó, y, sonriendo, le dije: ¡yo también! ¡yo toco el piano!
Y algo se le iluminó en la mirada, le hizo ilusión, sonrió, y esta vez sí me miró para decir: ¡el piano, qué bien, pero qué bonito!
Se paró medio segundo a pensar, y después siguió contándome: Yo quería tocar la trompeta pero no tenía pulmones suficientes porque ¡Uy! Hacen falta muchos pulmones. Así que fui baterista. Y ahí que estaba yo tocando… Y empezó a canturrear, apoyado en su bastón “fly me to the moon… “ mientras miraba lejos a yo qué sé qué dónde. "¡Llévame contigo a la luna, fly me to the moon!"

Y yo, asombrada con su inglés, le decía: ¡sí, es verdad! Y él contestaba contento: es que también aprendí inglés, porque tenía unos amigos americanos. Que parece que no… ¡pero he vivido muchas cosas! Qué bien, qué bien… decía ilusionado, recordando viejos tiempos. Yo solté un ‘me alegro’ al verlo tan contento, ahí de pie, que casi parecía que se iba a poner a bailar, y contestó con un yo también me alegro, yo también me alegro.

Dio un par de pasos y dijo que se iba, y a un poco de distancia ya me repitió que tendría mucha suerte y que me había tocado un santo, que triunfaría y que a ver qué estaba haciendo en 15 años. Empecé una frase del tipo “a ver si en quince años me ve…” (en la televisión, o en los créditos de alguna peli, iba a decir) pero me cortó preguntándome qué estudiaba.  Le contesté que periodismo –por no liarlo mucho tampoco- y me puso cara rara. Me parece que no le gustó.  Ay, qué difícil. Los periodistas de ahora… es que está muy mal esto del periodismo. Yo asentía. Y él empezó a hacer gestos con el bastón diciendo que todos esos que salen por las tardes y hablan y gritan… que eso no le gustaba. Yo le dije que eso no eran periodistas, que esos se pelean todo el día y no son periodistas, que yo sería de las buenas. Y entonces me dijo: ¿sabes cuál es el problema? Que todo eso está lleno de ‘omelés’.
Y me quedé callada.
¿Sabes lo que son las ‘omelés’? preguntó. Y le dije que no.
Entonces se volvió a acercar un poco y miró a su alrededor rápidamente, a un lado y a otro, y me dijo en voz un poco más baja: te lo voy a decir como hay que decirlo, las tortilleras.
A mí me hizo gracia y él seguía haciendo gestos con su bastón mientras hablaba un poco indignado: todo lleno de omelés en la tele, todo omelés, a mí eso no me gusta. Tú tienes que ser periodista de las buenas, de las que hace reportajes buenos. Y está difícil, y hay que ser muy valiente. Pero bueno tú estudia mucho, si hace falta pues te vas fuera. Pero estudia mucho.
Bueno, hasta luego, ¡guarda bien las castañas!
Y lo vi alejarse, despacito, poco a poco, con su bastón y su bolsa de castañas, mal iluminado por las pocas farolas que hay en el Retiro.
Lo miraba, alucinada, con las tres castañas en una mano y mi libreta en la otra.
Me quedé un momento parada pensando, y rápidamente me puse a escribir otra vez. El piano del marionetista volvió a sonar. Ni me había dado cuenta de que llevaba un rato sin tocar.


sábado, 26 de octubre de 2013

Pablo López en A solas de Sol Música.

Eso de quitar las manos del piano y callarte, y que un montón de gente en una sala de conciertos te cante una canción que has compuesto tú solo en tu casa con tu boli y tu guitarra, debe ser la hostia.


Ayer estuve en el concierto de Pablo López, “ex triunfito”. Y bueno, digo lo de ex triunfito para que os situéis, porque la etiqueta supongo que va sobrando. Hace cuatro años me parecía el mejor concursante de su edición, digo públicamente que con esa edición fui por primera vez al concierto de Operación Triunfo, y que después lo seguí con su grupo, Niño Raro. Sacaron un disquillo sin discográfica y allá que fui yo a verlos a la FNAC de Málaga. Era yo fan absoluta por aquellos tiempos. Y luego se me pasó, porque digamos que desapareció un poco de la escena.

Pero supongo que nunca se deja de ser fan, sólo se olvida un poquillo. Y me gustaría puntualizar esto de ser fan. Porque suena muy a belieber. Llámalo ser admiradora, llámalo como te dé la gana. Es que creo que hay cierta vergüenza o cierto “yo no lo digo que quedo muy hooligan y no tengo quince años” a esto de admirar a otras personas medio conocidas. Porque puedes admirar a un amigo o familiar, a alguien que lleve treinta años en la música o a alguien que lleve cuarenta en el cine, pero por razones que no alcanzo a comprender, no puedes admirar públicamente a alguien que acaba de llegar (y que encima es español!).
Porque queda demasiado fanático. Lejos de darnos vergüenza deberíamos estar orgullosos de admirar a la gente que admiramos, opino yo. A mí me parece que admirar a otros nos hace un poquito más felices y no entiendo por qué a la gente a veces le da corte admitirlo.

A lo que iba. Que terminé en un A Solas de Sol Música en la Sala Shoko en Madrid. A Solas, un concierto grabado y emitido, ese programa que llevo viendo en la tele desde que el mundo es mundo, como dijo él también.

Y qué ilusión encontrarme al mismo Pablo de hacía unos años. Esa naturalidad y esas sonrisas, esa manera de disfrutar y ese acentillo tan casa.
El entusiasmo y las ganas en cada tecla. Hay pocos que se agarren de esa manera a un piano de cola para salir a cantar. Y pocos que se les vea disfrutar así. Algo tiene que me hace pensar que no es uno más. Aunque sus letras no sean súper originales, aunque tal vez lo quieran catalogar como más pachangueo del sur, yo veo que tiene algo, tiene un componente emocional, una naturalidad y unos ojillos brillosos –en el sentido más metafórico- que al menos a mí, me transmiten un montón de cosas.
Dedicó una canción a la importancia de una casa. “Esta la estoy sintiendo mucho más de lo que me imaginé”, dijo. La presentó como algo que tenía que ver con los desahucios, y le ha debido tocar alguno cerca, porque ya, además de la putada económica y de lo que es quedarte sin casa, me hizo pensar en la putada sentimental de perder una casa. “Como dice el tango: qué son veinte años para una pared”, empieza diciendo. Cuántas cosas se pueden haber llegado a vivir entre unas mismas paredes, como para que de repente te las quiten. 

Lo bien que suena un piano con una buena voz.

Y bueno, hubo más. Yo no me sabía ninguna, pero además de Mi casa, cantó Vi, Donde, La mejor noche de mi vida y algunas más. Y con unas ganas y una ilusión en la cara que daban ganas de subirse al escenario. Y muchas ya no tan voz y piano, sino bajo, guitarra y batería, y gente saltando.  

Lo vi tan feliz, después de luchar tanto para estar ahí, que me alegré como si lo conociese de siempre. Porque lo disfrutó un montón. Y los músicos –entre ellos el productor- también. Gente que se lo pasa muy bien, que le encanta lo que hace y encima les pagan.
  
Después le dio unas gracias sinceras a cada persona que estaba haciendo posible que estuviese allí. Y de repente me dieron todos mucha envidia y me dieron ganas de  formar yo parte de eso. Encima o debajo del escenario. Pero vi que aquello era juntar eso que tanto me gusta de las cámaras, con eso que tanto me gusta de la música. No deja de ser captar emociones creadas por otros, como en el cine.

Y luego, dentro de toda esa felicidad que se le veía y se le escuchaba, está aquello de oír en voz de otros tus propias canciones. Siempre he pensado que debe ser indescriptible. Que un montón de personas –por pocas que sean, y ya no digamos cuando son miles- canten algo que tú has compuesto. Algo tan personal. Que hiciste tú en tu casa contigo mismo. Que elegiste tú cada palabra y cada nota. Y te callas un momento, encima de un escenario, y muchísima gente se sabe cada palabra y cada nota que tú escribiste. Debe ser brutal.
Y creo que lo intentó agradecer pero le costó explicarlo.
Once historias y un piano, echadle un vistazo porque, puede gustar o no, pero de verdad, que canta de dentro.

Y fue entonces cuando pensé, que tal vez no puedo estar dentro de un equipo así, pero puedo contarlo. Y siempre me emociono de alguna forma cuando voy a cosas de estas. Y siempre me apetece contarlo a mi manera y en caliente, sin pensar mucho más allá. 

Así que, así fue como decidí lavarle la cara a este blog y empezar otra vez.
Y seré exageradamente subjetiva, parcial y fan.



viernes, 24 de mayo de 2013


Esa forma de andar.
Yo qué sé, es esa manera de moverse, de girar las esquinas.
Un paso con decisión, un aquí estoy yo, un transmitir seguridad aunque en realidad no la tengan.
Porque es que así funcionamos.
Las cosas salen adelante porque hay gente que finge estar segura de lo que está diciendo, cuando muchas veces no.
Nadie sabe. Todos fingimos saber y a veces ni siquiera nos sale. Todos pretendemos estar seguros de saber, intentamos hacer como que sabemos, y así vamos apañándonos.
Transmitiendo una seguridad que no tenemos.
Queriendo creernos lo que estamos haciendo, cuando muchas veces no.
Y a base de creernos, terminamos sabiendo.
Y de eso se trata, de convencerte.
Y cuando te convences, terminas convenciendo.

Porque esto funciona así, se empieza mintiendo.
Se empieza intentando transmitir
una seguridad
que no
se tiene.

Y se termina sabiendo.

Muy poco.


Pero más que al principio. 

lunes, 25 de marzo de 2013

Y se recorrió toda la ciudad.
Durmiendo de metro en metro, de tren en tren.
Parada a parada.
Línea a línea.
Soñando lo que nunca tuvo.
Recordando entre desconocidos.
Buscando lo que nunca perdió.

sábado, 9 de marzo de 2013

Dejad de decir que no tenemos tiempo.


Deja de decir que no tienes tiempo.
Dejad de decir que no tenemos tiempo. 
Tenemos tiempo para lo que queramos tenerlo.
Tenemos tiempo, la mayoría de las veces, cuando realmente queremos tenerlo.
No tenemos tiempo para leer tal libro, porque preferimos estar en facebook, y para eso sí que tenemos tiempo.
NO tenemos las 24 horas del día llenas de 'deberes' los 365 días al año.

Dejad de decir que no tenemos tiempo.
Porque es mentira.

Porque tenemos todo el tiempo del mundo y la mayoría de las veces lo gastamos en tonterías o priorizamos mal.
Y no nos damos cuenta de lo grave que es malgastar algo tan valioso como el tiempo. Que vuela. Que nunca vas a ser más joven que en este momento.


Dejad de decir que no tenemos tiempo,

porque tenemos todo el tiempo del mundo.


Y, como decía la peli de anoche,
somos infinitos.


Dejad de decir que no tenemos tiempo,

dejad de esperar,

y empezad a hacer algo. 

martes, 12 de febrero de 2013


Que amistades raras, tenemos todos.
Pero de lo raro, lo mejor.

Conocemos a gente por casualidad constantemente. Dijo alguien algún día que así es como se tienen que conocer a las personas, por casualidad. La mayoría de las veces que buscas algo no lo encuentras. Y las personas, como los objetos perdidos, aparecen cuando dejas de buscarlas.
La única diferencia es que nunca los perdiste.
O sí.
Porque me gusta pensar que estamos predestinados a cruzarnos con según qué gente. Nunca los perdimos, pero de alguna manera, nos hacen falta. Algunas personas son cruciales para que hagamos algo concreto, decidamos o pensemos según qué cosas. Te ayudan a hacerte camino al andar, como decía aquel poeta.
No necesariamente un amigo o un Amigo.
Una persona suficientemente carismática, importante, a veces anónima y a veces no, pero con suficiente poder como para influenciarte y hacerte pensar cosas que antes no habías pensado. Descubrir lo que tú solo no habrías descubierto. Contarte lo que nadie te había contado.  
Presentarte un mundo nuevo, decirte de qué hilo tirar, casi sin darse cuenta.
Y de repente miro para atrás y me doy cuenta de lo diferente que habría sido todo si no me hubiera cruzado con vosotros. Por separado. Cada uno a su manera. Y justo así y en ese momento. Creo que la mitad de las cosas que hago o que he hecho se las debo a gente que me ha influenciado para bien. y eso da para muchos párrafos.
Que nunca sabremos dónde estaríamos ahora, con quién estaríamos hablando y de qué, si no hubiéramos coincidido en el sitio adecuado en el momento adecuado. En mitad de una casualidad.

La mayoría de las veces la gente aparece de la nada y porque sí.
A veces los conoces y a veces no.
Pero si es que sí, luego te preguntarán. Cómo os conocisteis. Por qué. Dónde.
Y tú no sabrás explicar bien. No sabrás explicar cómo para contar lo raro y al mismo tiempo especial.
Y entonces responderás,
que amistades raras,
tenemos todos.

Pero de lo raro,
lo mejor.