miércoles, 12 de diciembre de 2012

Comunicación sin idiomas


Y entonces más de sesenta voces, cada una diferente y divididas en cuatro, llenan la habitación.
Ninguna habla mi idioma, al menos hasta donde yo sé.
Ni yo el suyo.
Pero eso, a estas alturas, qué más da.

Él no es nadie especialmente carismático ni permanentemente sonriente. No es alguien alucinante. Pero tiene algo que me fascina. Y no sé bien qué es. Aunque tal vez sea simplemente el hecho de que es el responsable de que vuelva a tener una partitura en la mano.

Notas que suben y bajan, gente concentrada mirando un papel, ejercicios vocales que hacen que algunos rían y sonrían mirando al del piano.

El piano.

Acompañando cada palabra que sale de nuestras cuerdas vocales con notas que no están en los papeles. Con ritmos que aparecen casi sobre la marcha en esos dedos que hacen que algo se me mueva dentro y que no pueda evitar mover el pie.
A veces parecen sonar muchas más notas que dedos tiene.
No dejo de oír unos bajos en la mano izquierda que encajan mejor que perfectamente con esos agudos. Y parece que lleve toda la vida escuchándolos.
Paramos, seguimos, callamos, cantamos.
Suena solo el piano.
Se detiene en acordes concretos.
Acordes que me suenan a un pasado muy cercano. Acordes de armonías perfectas que llevarán su séptima, su dominante, su quinta y todos esos elementos que hacen que me suenen tan increíbles aunque ya no los recuerde bien.
Sus bajos y sus agudos, la perfección sonora. El ‘qué bien suena’.
Un acorde, simplemente.
De dos manos, de seis o siete notas. 
De esos con los que convivía a diario y que de repente me parecen magia.  
Y de repente mis dedos en un teclado blanco y negro.
Aunque este con letras.

La ilusión en su cara, en sus ojos, en sus manos.
Su cabeza medio calva.


No hablamos el mismo idioma,
pero nos entendemos.

Porque lo veo mover la cabeza mientras mira el teclado, lo veo mover las manos mientras explica, lo veo sonreír cuando terminamos de cantar. Le veo el pie medio de lado en el pedal, lo escucho cantar como si estuviera solo en casa y parece feliz durante hora y media viendo los resultados de ejercicios o de partituras enteras. Y ya me he dado cuenta de su perfeccionismo al vernos capaces. 
Sólo quiero  verlo tocar.
Sólo tengo ganas de vivirlo al revés, desde la ventana en vez de frente a ella.
Observar sus partituras, sus manos, sus pedales, su piano. Aunque me pierda su expresión. Sólo un rato. Que me subtitulen por un rato para poder fijarme en cada detalle y en cada palabra.
Pero sólo un rato, porque me está gustando tanto la sensación de no entender y entendernos.

Son tantas voces y tan diferentes a lo que estoy acostumbrada, que cada nota es grande.
Es un millón de cosas. 
Y es él divirtiéndose tanto que me dan ganas de llegar yo ahí.

Y lo mejor es que no entiendo nada. Que alucino sin comprender una palabra.

Sólo esos bajos, esos acordes tan potentes. Esas tantas voces a veces al unísono y a veces a cuatro inundándolo todo, o a veces comentando la jugada con el de al lado, tan felices aunque no sepa qué se dicen. Esas cuatro melodías totalmente encajadas formando armonías a veces increíblemente perfectas.

Y él, que por lo que dice y no distingo, sabe muchísimo. Y sabe cómo divertirse y divertirnos.

Comunicación sin idiomas.
Y de la que remueve cosas por dentro.

Magia.

Música. 


sábado, 27 de octubre de 2012

Para algunos es tan fácil
que ni se dan cuenta de que lo consiguen.

Y lo difícil que es llegar a algo.
Llegar a alguien.

Hacer algo.
Que te guste.

Que merezca la pena. 
Que te apasione.
Que te ilusione.

Hacerlo bien.
Sentirte mejor. 

Llegar a algo.
Llegar a alguien.

Triunfar. 


sábado, 13 de octubre de 2012


Y entonces, entre tantos mensajes, tantos tweets y tantos comentarios en todas las redes sociales existentes del mundo, me crucé con uno de una tal Diana746 en el que sólo había una palabra, que probablemente podía decir nada o podía decir todo, un mensaje que me llegó más que ningún otro: gracias.

Gracias, decía.

Gracias por qué, me pregunté en un principio. Y estuve dándole vueltas.

Pero si no había nada más, es que quería decírmelo todo con eso. 

Entonces me di cuenta de la influencia que estaba empezando a tener, de la influencia que podía llegar a tener en la gente. De repente me dio vértigo. No me lo creía. No sabía quién era esa tal Diana, ni sé qué edad tendría. Ni quién era yo para removerle cosas a la gente. Pero me hizo ilusión leerlo, me encantó recibir algo así por la simple razón de que… con un gracias, creen que es suficiente. 

Me agradecen lo que estoy haciendo. 
Y estoy empezando a pensar que estoy causando en toda esta gente algo grande. Algo que quieren transmitirme de alguna manera pero que creen que nunca llegan a conseguir, porque no les hago caso o porque no me lo creo y es que, a veces, con poco se dice mucho. Y lo consiguen. Y lo consiguió: gracias.


Interprétese al gusto, pero pienso yo que gracias por lo que hago, por lo que provoco en ellos y por lo que les estoy haciendo vivir. Igual es un poco ego pensar todo esto de mí mismo, pero es lo que percibo de todo este fenómeno fan, que tampoco sé si es adecuado llamarlo fenómeno fan porque no es tanta gente. No soy Justin Bieber ni siquiera a la española, y me alegro, también. Porque no sólo no soy Justin Bieber, sino que tengo un público… muy reducido, muy seleccionado, diría yo, vamos, una pandilla de frikis – en el mejor sentido de la palabra, sigo sin entender por qué hay gente que se ofende con esta palabra- que les gusta lo que hago. Pero en fin. Que lo siento así porque así es como me sentía yo cuando era público. Y por eso creo entenderlos. Soy muy feliz, viendo que le llego a la gente y que me lo transmiten, y con mensajes tan simples como ese, me hacen sentir que hago algo útil en el mundo, de hecho, pienso que una de las cosas más útiles y gratificantes que se pueden hacer: hacer feliz a la gente. Y es que vuelvo a repetir, que puede sonar ego, pero es que es lo que creo, es lo que recibo, es lo que veo en esas sonrisas y en esos ojillos cada vez que firmo un disco, es lo que veo en esas fotos en las que me etiquetan, es lo que veo en cada mirada y en cada comentario. Ilusión. Felicidad. Y eso es impagable, es increíble, es genial, es algo que no se puede contar en un comentario, es algo que no se puede expresar en 140 caracteres, es algo que sólo lo podrán decir las imágenes o los vídeos, y tampoco llegarán nunca a reflejarlo del todo bien. Aunque esto esté sonando a tuit de famoso.


No sé, es que también me da rabia, que la gente piense que detrás de esto sólo hay dinero, y que todo se mueve por dinero, y que todo es comercial y mentira, y que somos actores y que detrás de las cámaras y de los conciertos somos unos bordes. Pues puede haber gente que sí, claro que la habrá. Hay de todo como en todo. Pero yo creo que soy la misma persona delante y detrás,  con los seguidores y con mi familia. No sé ser de otra manera. Y detrás de la música puede haber dinero, sí, ¡claro! ¡vivo de ella! pero hay mucho más. Como decía Picasso: no pinto para vender sino que vendo lo que pinto. La música es mucho más que dinero, de hecho, la música no debería ser dinero. Lo que mueve el mundo, lo que mueve a la gente en todo este rollo, y lo que hace feliz de verdad a toda esta gente de la que hablo, no es el dinero, es la música en sí, lo que transmite y lo que nos remueve por dentro, la gente que la vive y lo que une y... yo qué sé, es un todo difícilmente expresable, ya lo he dicho.

Y gracias, dicen.
Gracias a vosotros, por estar ahí siempre, por hacerme sentir mejor que bien cada vez que tengo una guitarra encima, por hacerme feliz, porque sin vosotros yo seguiría tocando en mi casa encerrado, porque sin vosotros no habría llegado hasta aquí, y lo más importante, porque sin vosotros no disfrutaría tantísimo. Escuchar cómo alrededor de 10.000 personas cantan juntas una letra y una música que yo he compuesto en mi casa solo con mi guitarra es lo más grande que le puede ocurrir a un músico. Y eso sí que es indescriptible. Gracias, os las doy yo. Por estar, por ser como sois y por darme la oportunidad de entrar en este mundo, que compartido con 10.000 personas es mucho mejor. Y el dinero, al menos para mí, al final, es secundario. Aunque no puedo negar que me dá de comer. Y eso es ser muy muy afortunado. 

El disfrute personal va por delante, y como ya os digo, lo que se siente encima de un escenario es algo que no se puede contar, igual que siempre fui incapaz de contar lo que se siente de público. Esto es otra cosa, muchísimo más y muy diferente, recibiendo de la gente el triple de lo que damos.

La música tiene poderes...
la música... y la ilusión. 
Mueven el mundo.  

(15.4.2011)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Marionetas

Esta reflexión que voy a hacer probablemente sea aplaudida por cuatro frikis como yo, qué digo cuatro, uno o dos como mucho, pero creo que la grandísima mayoría de la gente va a pensar raro, van a decirme radical, friki, y cosas del estilo (Total tampoco tengo mil visitas al mes así que igual me estoy yendo de guay) Pero la voy a hacer igualmente. Y no va en contra de nadie, lo prometo, va en contra de algo que a mí no me gusta, y como no puedo cambiarlo, lo escribo aquí, que es lo único que puedo hacer.

No me gustan las discotecas. No-me gustan-las discotecas. No sé por qué siempre me da un no sé qué-qué se yo decirlo alto y claro. No me gustan las discotecas. Lo he intentado, bastantes veces, y por más interés que le pongo... no me gustan las discotecas. No lo puedo evitar.
Venga, ven, que luego te lo pasas bien. No, a ver, no me lo paso bien. Eso es porque vas con poco entusiasmo. Voy con poco entusiasmo porque ya llevo muchas noches aburridas encima y sé que desde el minuto uno voy a estar esperando que llegue la hora de irnos, porque es así siempre, pero las primeras iba dispuesta a pasármelo bien, de verdad. Anda, eso depende del sitio al que vayas. Sí, probablemente sí, pero sólo recuerdo dos o tres, cuatro noches a lo sumo, dentro de una discoteca, que me lo haya pasado bien. Y eran circunstancias especiales que no se volverán a repetir. Con esto hablo de despedida del instituto y demás.
Venga, haz el esfuerzo. Mmm... eso hacía antes, esfuerzos, pero he empezado a preguntarme hasta qué punto tengo que 'esforzarme' para pasármelo bien. Pasárselo bien no debería implicar esfuerzos, ¿no? opino.
Tía que es sábado, toca salir. ¿Toca? ¿A quién le toca? ¿Es una obligación? Es que salir puede tener muchos significados, o al menos a mí, me gustaría que los tuviera.

Bien, pues me parece que sí, que probablemente yo soy la rara y la única a la que no le gustan las discotecas, pero tengo una teoría. La gente sale de fiesta porque el resto de gente sale de fiesta. Porque no hay otra cosa que hacer, y como parece ser que funciona el plan (porque no hay otro, recordemos) pues a los jóvenes sólo nos ofertan eso. Y como sólo nos ofertan eso, pues no hay otras cosas que hacer, y ni nos lo planteamos porque, además, es lo que todo el mundo hace. No sé si me explico, es una especie de círculo vicioso, de pescadilla que se muerde la cola.
Ahora, supongamos que hay mil cosas que hacer en una ciudad. Y pensaréis, ¡las hay! ¡y más en Madrid! ... vale, sí, pero tienes que buscar y buscar y dar con un par de frikis que estén leyendo poesía en un bar o algo, y eso tampoco es común. Y menos encontrar gente que quiera acompañarte.

Supongamos que hay mil cosas que hacer, pero de verdad. Que las conversaciones entre jóvenes de 20 años en vez de ser ¿A qué discoteca vamos esta noche? fueran ¿QUÉ hacemos esta noche?
Refundemos las noches juveniles. Empecemos de cero. No sé, supongamos que hay discotecas, sí, pero que también hay... echémosle imaginación, que también hay partidos de fútbol en directo y baratos, incluso torneos, que también puedes incluso jugar partidos, ya sea fútbol o cualquier deporte, supongamos que hay boleras, conciertos y jams sessions, clases de música en grupo (por decir...) que hay torneos de juegos de cartas, que hay, yo qué sé, catas de comida a ciegas, que hay muchas salas de microteatro, que hay karaokes por todas partes, o incluso bares con jueguecitos del tipo concursos de televisión. O incluso carreras de cars, o incluso conciertos interactivos, yo qué sé. Además de cine y pubs que también existirían. Y, por supuesto, todo esto se haría en grupo y con el factor alcohol a gusto del consumidor.
Supongamos, también, que nadie ha probado ninguno de estos planes (y muchos otros que no se me han ocurrido a mí pero que se le podrían ocurrir a cualquier mente un poco creativa y con ganas de hacer dinero) y que ninguno es mayoritario y que no conocemos ninguno en primera persona.
Elijamos ahora lo que queremos, entre todo eso. ¿Que probablemente mucha gente seguiría eligiendo la discoteca? Sí, probablemente. Pero otra mucha gente se dividiría entre el resto de planes.

Quiero decir que nos (os) están imponiendo lo que hacer. Que ni nos (os) lo planteamos, porque no nos ofertan otras cosas, y han conseguido que nos (os) guste salir de fiesta porque han visto que al principio funcionaba, y han hecho desaparecer el resto de planes, si es que antes los había. Que lo hacemos porque lo hacen otros y porque no nos dejan hacer más cosas, porque no las hay. Y probablemente pensaréis: no, a mí es que sí me gusta salir de fiesta. Sí, no digo que no te guste, digo que probablemente también te gustan otras cosas pero ahí fuera se han empeñado en que sólo te gusta eso. Piénsalo un momento.

Igual esto está quedando muy prepotente y parece que te estoy diciendo lo que te gusta y lo que no.
Pero es lo que pienso. Que nos manejan. Como hacen con todo.
Y que, una vez más, nos da igual, o lo que es peor, ni nos damos cuenta. Porque han conseguido que nos (os) guste algo que a lo mejor en un principio no nos gustaría tanto si no lo hiciera todo el mundo ni fuera el único plan posible.

Es que estoy un poco harta.

Y soy un poco rara, ya.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Comparta un mensaje rápido.


Comparta un mensaje rápido.

Resuma su día en ciento cuarenta caracteres.

¿Qué está pensando?

¿Qué está haciendo?

Enséñeme las fotos de su último viaje.

Dígame quiénes son sus amigos.

Qué hacen.

Dígame dónde vive.

Dónde nació.

Qué edad tiene y cuándo los cumple.

Si es feliz.

Y
por
qué.



Comparte un mensaje rápido.
Corto, pero potente.

Intenta expresar la ilusión en ciento cuarenta caracteres.
La felicidad.

Dime qué te indigna. Qué te hace sonreír.
Que opinamos parecido.

Cuéntame qué has hecho hoy. Si volverías a hacerlo.
Que igual me animo.

Déjame ver en imágenes lo que viviste lejos.
Que me darás envidia.

Cuéntame con quién te mueves.
Cómo son, por qué ellos, y no otros.

De dónde eres, de dónde sales, qué te hizo llegar hasta aquí.
A dónde vas. 
Y cómo.

Déjame que te felicite en tu cumpleaños, que quizás no sea la última vez.
Quién sabe qué estaremos haciendo mañana.

Cuéntame si eres feliz.
Y por qué.


Y admíteme de una vez, que, 
compartida, 
la vida es más.





Y dime, después de todo, si te atreves, que las relaciones online son mucho más superficiales que las offline. Reconoce, después de todo, que es una mierda que sea más fácil contarle las cosas a una pantalla, pero que muchas veces nos facilita la vida.
Admíteme, como yo te admito, que vamos patrás, pero que a ratos, nos viene bien.
Porque a veces, lo que nace en una pantalla, después se rueda en directo.




miércoles, 25 de julio de 2012

Coches y coches pasando por la autopista. Muy rápido. En ambos sentidos. 
Ellos los miran desde un puente.
De repente él sonríe, sin apartar la vista de la carretera.
- ¿Lo has sentido?
- ¿Qué?
- La unión. Entre todos. Tantos y tan diferentes. De repente, iguales. Movidos por lo mismo. La amistad, el amor, la música, el deporte. Sintiendo lo mismo, latiendo al mismo tiempo. Mirando igual, respirando igual, conduciendo igual. Riendo y llorando. Sólo personas, gente. Tan diferentes... y tan iguales. 


domingo, 15 de julio de 2012

Dicen que cuando una persona te llega "al corazón" (expresión que siempre me pareció muy cursi) pase lo que pase después, ya nunca saldrá de ahí.

Soy especialista en mirar para atrás y mirar con nostalgia todo lo que fue y ya no es.
No sé si es sano, pero no puedo evitarlo.

Nunca las cosas volverán a ser como antes, y nos entretenemos demasiado mirando para atrás sin darnos cuenta de lo que hay delante.
Estoy aprendiendo a conducir y mi profesor dice que lo más importante, antes de cambiar de marcha o de cualquier otra cosa, es buscarte un sitio, ver en qué carril tienes que estar para que no molestes ni te molesten.

Mirar palante y no patrás, que el camino recorrido fue bonito pero ya no es. Y mirar palante porque lo que queda por recorrer probablemente sea mucho más. Y quién sabe si mejor.
Y buscar tu sitio... para que no molestes ni te molesten. Antes de cambiar de marcha.