miércoles, 25 de julio de 2012

Coches y coches pasando por la autopista. Muy rápido. En ambos sentidos. 
Ellos los miran desde un puente.
De repente él sonríe, sin apartar la vista de la carretera.
- ¿Lo has sentido?
- ¿Qué?
- La unión. Entre todos. Tantos y tan diferentes. De repente, iguales. Movidos por lo mismo. La amistad, el amor, la música, el deporte. Sintiendo lo mismo, latiendo al mismo tiempo. Mirando igual, respirando igual, conduciendo igual. Riendo y llorando. Sólo personas, gente. Tan diferentes... y tan iguales. 


domingo, 15 de julio de 2012

Dicen que cuando una persona te llega "al corazón" (expresión que siempre me pareció muy cursi) pase lo que pase después, ya nunca saldrá de ahí.

Soy especialista en mirar para atrás y mirar con nostalgia todo lo que fue y ya no es.
No sé si es sano, pero no puedo evitarlo.

Nunca las cosas volverán a ser como antes, y nos entretenemos demasiado mirando para atrás sin darnos cuenta de lo que hay delante.
Estoy aprendiendo a conducir y mi profesor dice que lo más importante, antes de cambiar de marcha o de cualquier otra cosa, es buscarte un sitio, ver en qué carril tienes que estar para que no molestes ni te molesten.

Mirar palante y no patrás, que el camino recorrido fue bonito pero ya no es. Y mirar palante porque lo que queda por recorrer probablemente sea mucho más. Y quién sabe si mejor.
Y buscar tu sitio... para que no molestes ni te molesten. Antes de cambiar de marcha.

domingo, 10 de junio de 2012

Sin gafas

Nunca entendí por qué te quitabas las gafas.

Empezaba la clase, o más bien empezabas la clase, y te quitabas las gafas.

Y todos sabíamos que veías una mierda sin ellas. Porque más de uno en alguno de esos momentos cachondeo alumnos-profesor nos las habíamos probado, y tú las nuestras. Y yo no sé cuántas dioptrías había ahí, pero muchas.

Pues empezabas la clase, empezabas a hablar, y te quitabas las gafas.

Y nunca lo entendí.

Y pensaba salir del instituto con esa duda resuelta, pero no te lo llegué a preguntar nunca, y no sé ni por qué. Tal vez en realidad prefería seguir manteniendo el misterio. Porque a mí siempre me pareció un misterio. Tenía que haber alguna razón, eso no se hace porque sí, eso se hace por alguna razón. A veces creía que le daba vergüenza hablar en público y a lo mejor sin gafas le costaba menos, porque no nos veía.
Pero luego pensaba que a estas alturas... no, no creo que le diese corte hablar en público.
O sí, y entonces... era totalmente diferente a como yo pensaba.

No sé, pero, poniéndonos cursis, a mí esos ojos no se me olvidan. Y estamos hablando de un profesor... mayor, bueno, no mayor, vale, pero no joven. Calvo, vamos. Es decir, que no es que estuviera yo enamorada. Le tenía mucho cariño, eso sí. Y todavía hoy creo que es el mejor profesor que he tenido.
Y aunque llegue alguien algún día y le quite el título, me costará admitirlo.
Pero tío, vaya ojos. Que me recuerdan a cierto personaje de cierto libro.
Y no se me olvidan.
Porque se quitaba las gafas y los veíamos mejor.
Él en nosotros probablemente sólo veía manchas. Pero nosotros a él lo veíamos mejor.
Qué cosas, porque sabemos que no veía una mierda, pero era como si nos traspasara al mirarnos. Sin gafas.

Un dato tonto pero que a mí se me quedó grabado, porque fue una duda eternamente sin resolver. Porque era otra de esas cosas que lo hacían único. Y otra de esas cosas que hace que lo recuerde tan así.

Terminé el instituto, terminó filosofía de primero, terminaron aquellas diapositivas que se nos caían encima, y yo me fui del instituto
sin saber
por qué
te quitabas
las gafas.




Y qué coño, ya no quiero saberlo.
Me gusta más así.

viernes, 8 de junio de 2012


Un rapero.
Sí, sí, un rapero de esos que tienen las cosas claras en su cabeza, las ideas y la poesía listas para soltarlas por un micrófono.
Poesía de esa rápida y extraña, pero que no creo que deje de ser poesía.
Poesía, llamemos, a todas esas palabras bien dichas y ordenadas, bien elegidas y bien puestas.
Potentes, de esas de puñetazo en la mesa.
Cosas que gritarle al mundo.
Un rapero.
Un rapero, pero no de esos que dicen tonterías cursis con una base de fondo que te da dolor de cabeza.
Un rapero, un raperillo de esos de vaqueros que se le caen a posta y de camisetas lisas pero bonitas. De los de gorra, palante y no patrás.
Un rapero bajito, no me preguntéis por qué.
Un rapero cuya mejor arma no es otra que un micrófono, como tiene que ser.
De esos que si hay algo que decir saben qué y cómo.
De esos que valen pero no se lo creen. Ni lo piensan.
Un rapero, un rapero de los de tenis anchos.
Sin cadenas ni colgantes raros.
Un raperillo, sencillo y listo.
Y me lo imagino con el micro del Libertad 8 en la mano, los focos en la cara y sin papel que leer.
Y no sé quién es ni por qué está en mi cabeza.
Un rapero, un rapero de esos que fuera del escenario hablan por los codos de todo y de nada.
De mi edad, quizás.
Con el que tengo la sensación de haberme cruzao alguna vez, pero que creo que en realidad nunca existió.

jueves, 7 de junio de 2012

me interesa

Un blog público.
(se me ocurrió)
Un blog donde no cuente mi vida porque lo puede leer absolutamente cualquier persona y tengo que empezar a ser consciente de eso.
(pensé)
Qué manera de autocensurarme.
(pienso ahora)

¿Público? ¿Para cualquiera? ¿Cosas 'que me interesen'?

Me interesa la gente que ama lo que hace. Me interesa la gente que transmite buen rollo, que sonríe y sin hablarte te dice que le gusta estar donde y como está. Me interesa la gente con ganas de hacer cosas, de vivir y disfrutar. Me interesa la gente que tiene ilusiones, que lucha por lo que quiere por complicado que sea. Me interesa la gente con inquietudes. Musicales. Y tantas otras. Me interesa la gente que se interesa cuando se tiene que interesar y que le da igual cuando le tiene que dar igual. Me interesa la gente auténtica.

Hay días que esa gente no existe y te cabreas.

Pero hay otros días
que los veo por todas partes
y este mundo
es la hostia.

martes, 22 de mayo de 2012

No es gente, son miles de personas.


Los apuntes de publi pueden ser realmente geniales si pones atención donde hay que ponerla. Cómo tratar al público. Y público ya parece una palabra muy fría para nombrar a la gente que te admira, pero de verdad, a la gente a la que le llegas. Siempre me pareció algo muy importante para un artista/ídolo/loquesea/porloquesea. Supongo que es difícil asumir, sin que se te suba demasiado, que le remueves algo por dentro a tanta gente. Pero si hay algo que hace aún más grande a alguien es eso: tratar como uno más a aquel que sabes que te admira, y mucho. Por la ilusión de la que tanto hablo, porque si ya haces a alguien feliz con tu música, con tu cine, con tu lo que sea, más feliz lo haces intercambiando cuatro palabras con él. Y al decir 'la audiencia', decir 'el público' parece que hablamos de simples consumidores. Y no, hablamos de miles y miles de almas que sienten cosas por dentro y que van a esos conciertos movidos por esas cosas.
La cercanía, la naturalidad, el eliminar en cinco segundos el escalón que separa el escenario del público, es algo que se agradece, mucho. 
Y esto viene a esto. Bruce Springsteen se ve que es de esos.




Reflexiones creativas: Pósters

Carlos Holemans

10 de diciembre 2009 - Revista Anuncios. 

Ya hace casi veinte años de la primera vez que me asomé, con la exaltación primeriza de un fan, a la trastienda de los conciertos de rock. A esa industria de ejecutivos con pendientes y botas puntiagudas, pieles de cordero de habilísimos negociantes. Y de anunciantes de extraordinario instinto natural.

Descubrí que cuando alguien arriesga su propio dinero, además de su reputación presente y futura, para llenar un estadio, cuando sabe que puede perder hasta la camisa por una mala noche, llega a desarrollar una sobrenatural habilidad para detectar los resortes emocionales que arrastrarán a la gente a las taquillas. Habilidad que las escuelas de negocios no pueden transmitir. Porque el talento ni se enseña ni se aprende. Sólo se practica.

No podía saber entonces cuánto transformaría mi vida ese primer encuentro con los intestinos de la música en directo. Grandes y perennes amistades. Amores de backstage demasiado turbulentos para mi propio bien. Incluso mi relación sentimental actual, que los dioses del rock’n’roll guarden muchos años.


Sí, la vida me hizo regalos impagables. Como convertir algunos pósters de mi habitación de adolescente en seres de carne y hueso. En 1997, los Rolling Stones llevaban su gira Bridges to Babylon al Orange Bowl de Miami. Al colgarme del cuello la acreditación AAA no sabía lo generoso que el promotor estaba siendo conmigo. Cruzamos control tras control y nadie nos detuvo hasta que llegamos a una puerta que decía Dressing rooms. Sólo los camerinos de los Stones nos estaban vetados. 

Cenamos el catering de la banda, ansiosos e incrédulos como niños. Los hijos de los músicos y técnicos que viajan con el circo Stone jugaban en las maquinas de marcianitos. Delilah, el terrier blanco de Keith Richards, llevaba su propia acreditación colgando del cuello. Charlie Watts, con su elegancia de esfinge, salió brevemente a cenar spaghetti y se sentó a nuestra mesa (que realmente era suya).


Por fin, el gran visir de esa jaima fin de milenio apareció. Con ligereza de gacela, seguido por el guardaespaldas más enorme y más negro que he visto nunca, Mick Jagger cruzó la sala como una brisa. Era quizá consciente de que algún microorganismo oportunista como nosotros podía ser capaz de penetrar en la atmósfera esterilizada del backstage. En efecto, una chica que también debía de conocer a alguien desenfundó una cámara. Con la delicada despreocupación de quien saca un gato al jardín, dos gigantes la tomaron por los codos y, en un suspiro, dejó de estar allí. No creo que el cerebro de MJ llegara a procesar su presencia. Yo tampoco volví a verle tan cerca.

Ahora la otra cara de la moneda.


En 2002, Bruce Springsteen cerró en Barcelona su gira mundial y decidió celebrarlo ofreciendo una copa a su gente en el Hotel Arts. Tras el concierto, con ojos y oídos aún despatarrados, nos invitaron a sumarnos a su fiesta. Fuimos recibidos con esa amabilidad con la que los norteamericanos te abren la puerta de su casa. Una chica de su equipo, con una sonrisa más grande que América, nos señaló un lugar en la barra. Desde allí, un tipo recién duchado, vestido con una camisa negra desabrochada y unas cadenas de plata al cuello, nos hacía señas para que nos acercáramos. Estaba comiendo croquetas y, con la boca llena, nos preguntó qué queríamos tomar. Vino tinto, gracias. Nuestro anfitrión tomaba bourbon a palo seco. 

Nos presentamos. Él, naturalmente, no lo hizo.


¿De dónde sois? ¿Os ha gustado el concierto?
Sí, claro. (¿Cómo no sonar idiota diciendo eso?).
Deberíais haberlo visto desde donde yo estaba. Toda esa gente saltando frente a nosotros y pasándolo bien. Qué energía. Qué gran espectáculo nos han dado.
Después de quince minutos de charla cordialísima, dijo que debía de atender a otros invitados, que nos sintiéramos en nuestra casa y que lo pasáramos bien. Y allá se fue, zalamero, a dejarse sobar y fotografiar.
Qué gran espectáculo le dio el público, había dicho Bruce Springsteen.
He reflexionado muchas veces sobre las diferencias entre esas dos noches. Entre esos dos iconos. Entre esas dos marcas. 
Son dos formas de relacionarse con la gente. Dos formas radicalmente distintas de demostrar respeto por quienes te admiran, por quienes te compran.

Llamar a la gente masa, audiencia o target ya es deshumanizarla un poco. Es tratarla como una sopa de microorganismos, seres amorfos, sin cara ni voz ni cerebro.
Ignorar que la gente, aunque sea mucha, no es horda sino personas reunidas, es ignorar su individualidad, su capacidad para opinar y decidir. Cuando alguien en su libre albedrío decide valorarte, gastarse el dinero en lo que tú vendes o simplemente prestarte atención, lo menos que merece es algo de aprecio. Aunque sólo sea porque muy bien podía haber decidido preferir a otro.
Por muy bueno que tú puedas ser, siempre hay algo de arcano misterioso en el hecho de gustarle a alguien. Y ante el misterio, un respeto. Apreciar a quien te elige o menospreciarle. Ésa es la cuestión.
He conocido anunciantes del tipo Jagger y anunciantes del tipo Springsteen.
Creo que no hace falta aclarar de cuál colgaría un póster en mi despacho.

jueves, 12 de abril de 2012

Di continuidad.

Tenía ganas de actualizar esto pero poco tiempo para escribir nada. Así que os dejo por aquí una de las mejores cosas que le he leído a un tío que suele caer mal, aunque a mi me cae muy bien, y me encanta como escribe.
La clara demostración de que no es sólo lo que sale por la tele, es mucho más. Y a mí me alucina.


El artículo iba en uno de sus libros, publicado en 2008, y el tema de la educación, que yo recuerde, no estaba tan de moda todavía.


La continuidad está sobrevalorada. Cuarenta años de matrimonio, doce meses en China, diez años de contable jefe, seis estudiando francés. Pero no te engañes. Durar mucho haciendo algo no siempre es bueno. Y si no, mira la dictadura de Franco, cualquier monopolio, Ana Obregón o el Grand Prix de Ramón García.
Yo creo que todo empieza en la educación. Siendo todos tan diferentes, no entiendo cómo se nos ha educado para tratar de conseguir el mismo objetivo – en teoría, ser feliz- actuando todos siempre de la misma manera.
La educación que estamos viviendo en muchos países de cultura occidental dista mucho de lo que en mi opinión debería ser, un proceso de autodescubrimiento, autoconocimiento y autogestión. La educación que yo veo, y la que he sufrido en mis propias carnes, es más un proceso de autoanulación, autoaburrimiento y autohomogeneización, tanto a nivel de contenidos como de formas de no pensar.
No interesa el estudiante que más inventa, sino el que más conoce sobre lo ya inventado. No triunfa el estudiante que más aprende, sino el que más recuerda. No interesa el que más pregunta, sino el que más responde. Siempre hechos conocidos, jamás intuiciones por descubrir. ¿Te imaginas que en la vida pasase igual? Los historiadores dirigirían los destinos de la humanidad, bueno, bien pensado, igual nos iba mejor.
En fin, una vez leí que el tutor de Leonardo da Vinci, que no lo debió pasar fácil, lo que jamás hizo fue darle respuestas al joven Leo. Ante cualquier pregunta de su aprendiz, antes de dar la respuesta «correcta», siempre antepuso la misma pregunta: « ¿Y tú qué crees?»
Nadie se preocupa por enseñarnos a aprender, y ése es nuestro primer drama. Y la vida, crecer, es un proceso de aprendizaje. El que antes aprende, antes llega a donde quiera.
Crecer es aprender a despedirse. Ése, como digo, fue mi primer drama, y creo que nos pasa a todos. El día que te das cuenta de que crecer va a significar despedirse de personas, situaciones, emociones, memorias, ilusiones e incluso amigos que se supone iban a ser para toda la vida. El día que ves que crecer significa conocer cada día más a gente que ya murió. El día que te das cuenta de que hoy te despides mejor que hace un año. Que ya no te sorprende que la gente desaparezca de tu vida. Ese día estás aprendiendo a decir adiós, ese día estás creciendo.
El segundo drama es que nadie se ocupa de enseñarnos a manejar nuestras emociones, nuestras intuiciones y nuestros sentimientos, y si acaso prefieren que gestionemos esa parte tan burda y patéticamente fungible que es la memoria, un disco duro bastante limitadito del que, con los años, poco o nada podremos rescatar para la vida real. Se supone que la memoria nos va a ayudar a tomar decisiones y así no repetir los errores históricos.
Señores y señoras profesores, en un mundo como en el que vivimos, en el mundo post-Internet, en el mundo de Youtube, el mundo de los canales temáticos, de las videoconsolas, del cibersexo, de las guerras preventivas, del cambio climático, de la biotecnología, de la clonación, de la telerrealidad, en este mundo en el que lo único constante es el cambio, díganme a la cara qué decisiones de hace un año nos pueden dar pistas sobre decisiones que debemos tomar hoy.
Cómo es posible que todo el entorno empresarial esté obsesionado con lo que llaman gestión del cambio, mientras en los entornos docentes se siga enseñando a la manera de nuestros abuelos. Cómo es posible que nadie nos enseñe a gestionar nuestra vida personal.
Un día te despiertas y tienes 40 años, dos hipotecas que no te puedes permitir, una ex mujer que hace tiempo que chilla en vez de hablar, unos hijos que te odian tanto como aman a tu cartera, y un trabajo del que pronto te van a prejubilar para que dejes de tocar los cojones y puedan poner a un chaval recién salido del nido, pero eso sí, que tenga tres masters, dos carreras y que cobre menos de lo que cuesta un alquiler. Un día te das cuenta de que el mundo ha cambiado, y a ti nadie te avisó. Ese día vete a pedirle responsabilidades al ministro/-a de Educación.
Al final, muy luego, te das cuenta de que la única manera de responderse a las grandes preguntas, esas que son eternas, y encima pretender ser feliz, es ir cambiando las respuestas. Y ahí es donde vuelve a ser importante la idea de discontinuidad.
Yo estoy aprendiendo –poco a poco- a luchar por los conceptos, y no por sus aplicaciones concretas. Estar enamorado de estar enamorado. Trabajar para seguir trabajando. Aprender a aprender. Desear el deseo. Ilusionarme por la ilusión. Rechazar el rechazo. Tenerle miedo al miedo.
Quedarme con el continente pese a que vaya cambiando el contenido. Es más, ser consciente de que para que siga teniendo el primero tendré que ir renovando el segundo.
No sé si me ayudará mucho, pero de momento, y como decía el Massons, si non é vero, é ben trobatto.

Risto Mejide, El Pensamiento negativo.