Un día leí que la vida son objetivos, un constante querer ser y querer hacer, una sucesión permanente de metas. Y que si no, nada tiene sentido.
jueves, 19 de junio de 2014
viernes, 9 de mayo de 2014
El hoy es el ayer nostálgico de mañana
Saber que lo
que hoy te sobra, un día te faltará, es una sensación muy extraña.
Tirando un
poco a pena.
Porque no se
puede hacer nada.
Cuando de
repente te das cuenta de que un día estarás echando de menos algo o alguien,
entonces decides aprovechar al máximo, disfrutarlo y ser feliz el tiempo que
dure, porque sabes que se acabará. Una erasmus. Una de las enseñanzas más
grandes y más importantes que me traje de Alemania: vivir cada momento, porque
se acaba, porque sabes que se acaba, que hay una fecha y ya no vuelve más este estar aquí, y así. Pero cualquier cosa se puede acabar, sin
que exista una fecha de caducidad ni un día de despedida marcado en el
calendario por un vuelo ya comprado. Cualquier cosa puede cambiar sin necesidad
de una catástrofe, sino simplemente porque hay giros inesperados, casualidades
buenas o malas, destino o llámalo como quieras.
Etapas. Saltar de una a otra sin darte cuenta de lo que vas dejando atrás.
Por eso,
cuando de repente eres consciente de que estás en una etapa y puedes pasar a
otra en cualquier momento, entonces decides –entonces decido- aprovechar y
disfrutarlo como si se acabara mañana. Es la moraleja más vieja: un carpe diem como una casa.
Y estar así
probablemente más preparado para los finales. Un final no se puede asumir bien
si llega de repente y sin haber pensado en él previamente. Y ya lo dice el
publicista, crecer es aprender a despedirse.
Pero saber
que lo que hoy te sobra, un día te va a faltar, es una sensación muy extraña.
Porque no se
puede hacer nada.
Porque no
puedes tomar esa decisión de aprovechar al máximo lo que tienes ahora, porque te
parece una mierda. Y lo peor es saber que, con el tiempo y mirando para atrás
de lejos, dejará de parecerte una mierda. Porque el recuerdo consiste, más
veces de las que debería, en idealizar el pasado.
Eliminamos
las partes malas y nos quedamos con las suficientes buenas como para poder
mirar atrás y decir qué tiempos aquellos. Cuando a lo mejor no lo fueron tanto.
O sí, y no fuimos capaces, por aquel entonces, de ver que había mucho más bueno
de lo que pensábamos. Que lo malo nos cegaba, hacía mucho ruido, y realmente no
era para tanto. Que no le dimos la importancia que debían tener a algunas cosas
y le dimos demasiada a otras que no se la merecían.
Supongo que
hay que relativizar. Que ni lo malo es tan malo, ni lo bueno fue tan bueno.
Pero
Alemania me enseñó a mirar más para adelante que para atrás. No a echar de
menos el ayer, sino a pensar que mañana estaremos echando de menos el hoy. Que
el hoy es el ayer nostálgico de mañana. Lo cual sólo nos conduce a una
conclusión: disfrutar hoy, siempre, para mañana poder decir, y esta vez con
razón, qué tiempos aquellos. Y qué bien los aproveché.
jueves, 27 de marzo de 2014
"Bueno, algunas canciones"
Estoy en el
Corte Inglés en la sección de discos y escucho a un chico y a una chica, de
unos 18 ó 19 años que miran unos discos y hablan de nombres raros de cantantes
que no conozco… no sé por qué me da que no tienen mucha confianza porque es
como uno de esos primeros temas que hablas cuando conoces a alguien, y no
parece que sepan mucho el uno del otro. Hasta que se quedan callados delante de
la sección de exitazos del momento y él le pregunta ella: ¿Y Laura Pausini te
gusta? … y ella se queda callada medio segundo y contesta “bueno, algunas
canciones”.
Y me
pregunto en qué momento hemos llegado a esto de que nos dé vergüenza admitir
que nos gusta tal o cual cantante, película o serie, porque esté mejor o peor
visto según no sé bien quién. Vayan a pensar que, vayan a decir que, o vayan a
dejar de ser mi amigo porque escuche a Raulito en secreto. Como Spotify cuando
te dice “Si te da corte que sepan lo que escuchas… escúchalo en sesión
privada”.
Claro,
escuchémoslo en sesión privada, y vayamos al concierto solos y al cine solos no
vaya a ser que nos descubran siendo nosotros mismos. Vamos a seguir
escondiéndonos para que no se rían de nosotros y vamos a esforzarnos para que
nos guste lo que nos tiene que gustar, que es lo de calidad indiscutible que
nadie se atreve a criticar, y no cualquier mierda que “escuche todo el mundo”.
Vamos a seguir señalando a los gilipollas que admiten que les gusta Laura
Pausini y Pablo Alborán, porque eso es muy mainstream y es música hecha con dos
acordes y medio y es una mierda (comparada con las sinfonías de Beethoven que
escuchamos todos en casa, claro) y no debería existir. Vamos a seguir señalando
a los que escuchan Los 40 y vamos a seguir escondiéndonos de los que señalan,
no vaya a ser que perdamos followers por admitir que nos sabemos las canciones
de Malú.
Yo qué sé,
tío, que es cuestión de gustos, que no te tengo que convencer ni me tienes que
convencer, es simplemente ser capaces de respetarnos y de convivir sin
hostiarnos. Que es más sano.
sábado, 8 de marzo de 2014
Tú allí, y así, y yo aquí, y así.
Yo estoy hablando con alguien y estoy en mi cama entre
sábanas medio dormida con luz medio apagada, en silencio, sin gafas e
intentando que no se me salga ni una mano del edredón.
Pero delante tengo una pantalla.
Y al otro lado de esa pantalla, a lo mejor tú estás en mitad
de la gran ciudad, rodeado de coches, ruido, frío y gilipollas que no dejan de
hablar de tonterías a tu lado mientras esperas un autobús que no llega.
Y estamos teniendo la misma conversación.
Tú allí, y así.
Y yo aquí, y así.
Y a lo mejor yo te imaginaba en una situación parecida a la
mía, lo que convertiría todo en una conversación más íntima. Más nuestra, yo
qué sé.
O a lo mejor tú, me imaginabas en una situación parecida a
la tuya, lo que convertiría todo en una conversación más irrelevante. Más tonta, tal vez.
Pero es que antes, siempre estábamos en el mismo ambiente.
Teníamos las mismas conversaciones, porque estábamos en el mismo sitio, nos
mirábamos y hasta podíamos tocarnos estirando una mano. Pensábamos parecido. Porque nos rodeaba la misma luz, el mismo
olor y la misma música, nos distraíamos con lo mismo o nos centrábamos en lo
importante porque nos teníamos delante. Funcionábamos al mismo tiempo y en el
mismo lugar.
Y es que ahora, tú estás hablando de una cosa y yo de otra, porque perdimos lo
que nos rodea, y ahí perdimos un click. Perdimos la mitad de la conversación
por el camino, porque ni estamos cerca ni podemos observarnos. Perdimos
compartir algo más que un puñado de letras mal puestas y un par de muñecos que
no dicen ni la mitad de lo que deberían. Pasamos de estar en la misma
habitación a estar en habitaciones diferentes, ciudades diferentes o incluso
países diferentes. Y pretendemos que comunicarnos a través de botoncitos sea lo
mismo que hablar.
Cómo vamos a pensar lo mismo, a conectar igual, a hablar
igual y a contarnos lo mismo, si yo acabo de pisar una mierda mientras lucho
porque los dedos no se me congelen al mismo tiempo que cruzo un paso de
peatones que ya está en rojo y tú acabas de terminar de ver una peli buenísima en
el sofá con una manta al lado de una estufa.
Cómo vamos a pretender lo mismo cuando nos miramos a una
pantalla y no a los ojos.
sábado, 22 de febrero de 2014
Su plan de estudios
El plan de estudios que usted
propone está muy bien.
El plan de estudios que usted
propone se basa en un cronograma, semana a semana, durante catorce semanas y
media de las cuales debemos restar un puente y un día festivo. Así que son
catorce semanas menos un poco pero no sabemos bien cuánto porque igual usted
decide llegar una hora tarde alguno de estos días y se le descuadra un poco.
El plan de estudios que usted
propone contiene teoría y práctica, pero ya se sabe, siempre un poquito más de
historia, de teoría, que de práctica. Porque total, la práctica en realidad la
vamos a aprender cuando salgamos de aquí.
De aquí, de la universidad, de
aquí, de Madrid, de aquí, de España.
El plan de estudios que usted
propone no tiene ningún sentido si no dedicamos un mínimo de tres coma catorce
horas semanales a su asignatura. Porque la enseñanza en general y universitaria
en concreto no tiene ningún sentido si no leemos textos que hablen de todo lo que pasó antes
de los años 50.
Porque del resto no hay perspectiva temporal suficiente como para comenzar a analizarlos y no nos sirve para nada conocer lo actual si no sabemos su base histórica, que nadie aún nos ha contado.
Porque del resto no hay perspectiva temporal suficiente como para comenzar a analizarlos y no nos sirve para nada conocer lo actual si no sabemos su base histórica, que nadie aún nos ha contado.
El plan de estudios que usted
propone contiene una bibliografía muy extensa que podremos encontrar sólo y
exclusivamente en la biblioteca de esta universidad, porque no podemos
pretender sacarnos una carrera universitaria en tal universidad de tal
prestigio con archivos sacados de la red, y porque no podemos tampoco pretender
sacarnos una carrera universitaria en tal universidad de tal prestigio sin leer
textos y analizarlos y empezar muchos documentos de Word con la frase “el autor
defiende que”.
Y no el autor defiende de que.
Y no el autor defiende de que.
El plan de estudios que usted
propone, déjeme decirle, no es plan ni es de estudios, porque le fallan algunas cosillas insignificantes.
El plan de estudios que usted
propone parte de la base de que absolutamente todos los que estamos en este
aula tenemos un exagerado interés por su asignatura. Cosa con la que usted no
debería contar, porque esta asignatura la cursamos por obligación y no por
voluntad propia. Como todas las demás.
Porque en esta carrera no
conocemos lo que se siente al elegir una asignatura por voluntad propia.
Porque, claro, eso nos diferenciaría demasiado y nos daría una formación
demasiado específica y no es lo que estamos persiguiendo.
Al plan de estudios que usted
propone, le faltan unas gotitas de motivación y un puñado de interés. No sólo
por nuestra parte, sino principalmente por la suya.
Plantéeselo un momento.
El plan de estudios que usted
propone debería proponérselo a usted mismo primero. Y luego, verlo como un
reto. Un reto para convencernos de que realmente su plan de estudios es el mejor. Y si quiere convencernos de que su plan de estudios es el
mejor, debe primero convencernos de que su asignatura es la mejor.
Cosa que no debería resultarle
difícil si usted mismo cree en ella. Ya sabe, transmitir un poco de pasión por
el asunto, entusiasmo, interés y ganas por hacer lo que hace y convencernos
para que lo hagamos nosotros también, con al menos la mitad de su interés y de
sus ganas. Porque de eso se trata al fin y al cabo, de que nos guste lo que
hacemos, creía yo.
Pero si usted mismo no cree en
ello, incluso si usted mismo sabe y reconoce que no le gustan los contenidos o
directamente la docencia, dé la partida por perdida. No será el primero ni el
último. Proyecte cuatro power points facilitos, haga un examen de risa y
apruébenos a todos con nota. O mucho mejor,
dedíquese a otra cosa.
El plan de estudios que usted
propone está muy bien, de verdad.
Sólo le falta creérselo.
sábado, 15 de febrero de 2014
La mujer de la ventana
La
mujer de la ventana formó parte de nuestra historia de principio a fin.
Todos
los días.
La
mujer de la ventana vivía sola en una casa pequeña al norte de Alemania, en un
barrio de clase media-alta. Su cocina estaba a unos metros por debajo del nivel
de la calle y en ella pasaba la mayor parte del tiempo, con una luz tenue
amarillenta, que venía a veces del flexo que tenía sobre la mesa, y a veces de
la lámpara que colgaba del techo. De su ventana salía casi la única iluminación
que había en una calle con muy pocas farolas, en una ciudad donde antes de las
cinco se hacía de noche.
Un
diván se veía a la derecha, donde se recostaba a leer las noches de frío, que
eran prácticamente todas. En la pequeña mesa dibujaba, comía y trabajaba.
En
la misma habitación cocinaba y ponía lavadoras.
Quisimos
hacerle alguna foto para mantener vivo el recuerdo pero nunca nos atrevimos.
Simplemente nos dedicábamos a comentar qué estaba haciendo aquella noche la
mujer de la ventana cuando llegábamos a casa.
Recuerdo sólo un día en el que la vi acompañada. Sólo fui capaz de contemplar la escena
durante los dos segundos que tardaba en pasar por su casa cada noche a menos
cinco grados. Pero nos imaginábamos las historias, y todas podían ser ciertas.
Una amiga de la infancia había venido a visitarla, cenaron juntas y hablaron
durante toda la noche. Por fin habían decidido dejar de esconderse y su pareja
cenaba con ella ese día. Una familiar lejana pasaba por la ciudad y necesitaba un
techo. Todas podían ser ciertas y probablemente ninguna lo era.
La
mujer de la ventana trabajaba por las mañanas, porque no estaba en casa, y su
cocina estaba a oscuras, pero siempre con la persiana subida. Entraba muy
temprano, porque un día, antes de las siete, vi luces.
Nos
sentimos el mirón del que tanto se habla en algunas clases de cine, el espía
que no puede vivir sin saber qué hacía cada día la mujer de la ventana.
Como
si quisiera decirnos algo, ahí estaba, día tras día, o más bien, noche tras
noche, incansable. Leyendo, dibujando, cocinando, protagonizando su propia película en un
decorado de muy pocos metros cuadrados, con pocos focos, sin guión y con una
sola cámara, siendo nuestra única constante durante aquellos once meses que
dieron para tanto.
Perenne,
noche tras noche, permanente en su cocina y ajena a todo lo que ocurriese fuera.
Vigilándonos tanto como nosotros a ella.
La
mujer de la ventana nos tranquilizaba cuando la veíamos allí cada noche y
sabíamos que aunque el mundo se derrumbase, ella resistiría imbatible en su
pequeña cocina. Con un libro, o un lápiz entre las manos. Fuerte y convencida de
lo que hacía.
La
mujer de la ventana sigue allí, meses después, estoy segura. Y seguirá mucho
tiempo más. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si siguiéramos pasando por
delante de su ventana todas las noches y, sin detenernos, echáramos un vistazo rápido
para ver qué hacía ese día. Sólo unos segundos antes de que ella levantara la
cabeza de su libro para mirar sonriendo el rastro de nuestras sombras.
lunes, 13 de enero de 2014
Somos parte del mismo mar.
Somos parte del mismo mar.
De la misma orilla.
Escuchamos las mismas olas y los guiris que corren por la playa vienen del mismo sitio.
El azul es muy parecido, aunque único en los dos sitios.
El que canta en mis cascos también cantó allí.
Mis tenis son los mismos, y pisan la misma arena y las mismas piedras, de los mismos colores.
El perro podría ser aquel y ni nos daríamos cuenta.
El olor, la sal.
Aunque, desde aquí veo montañas que desde allí no veía, barcos pesqueros que allí se escondieron, edificios que allí no estaban y mi horizonte da a un mundo diferente al que da el vuestro.
Pero somos parte del mismo mar, de la misma orilla.
El agua es la misma aunque a veces hablemos diferentes idiomas. El viento y el sol transmiten lo mismo, podría cerrar los ojos y, al abrirlos, estar allí.
El agua es la misma aunque a veces hablemos diferentes idiomas. El viento y el sol transmiten lo mismo, podría cerrar los ojos y, al abrirlos, estar allí.
Lo único que falta
Para repetir el momento...
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