martes, 12 de mayo de 2015

A mi derecha un chico y una chica hablando de las diferencias entre Málaga y Sevilla. Ella va a ir de viaje a Sevilla, él intuyo que es malagueño, por ese acento y porque acaba de decir que Sevilla es más cerrada y más clasista. Me interesa su conversación pero a mi izquierda hay un grupo de cuatro chicos y una chica, ella con rastas recogidas en un gran moño, que no dejan de hablar muy alto no sé qué de la universidad. No escucho bien al malagueño y me molesta, pero de repente uno de los tíos del grupo de la izquierda dice algo así como que la felicidad es sentirse autorrealizado y ya está, y deja de interesarme Málaga y Sevilla para ver qué opinan estos universitarios de la felicidad. El chico de blanco, el que habla alto, sigue diciendo que realmente él tiene una vida de puta madre, con esas palabras, y que eso le hace pensar que los problemas que pueda tener son todos solucionables… estás triste por una piba, pues habla con tus amigos, eres un cafre estudiando… pues ponte a estudiar… no sé, -dice-, creo que estamos bastante bien y todos los problemas son pocos. Pienso que este chaval no lo ha pasado mal en la vida, seguramente. Y en ese momento uno de sus amigos, sentado delante de él, a su izquierda, con pendientes y barba de unos días, le suelta algo así como ya, tío, pero hay cosas que no se pueden controlar. Entonces empieza a hablar de una época en la que tenía muchos ataques de ansiedad muy fuertes, habla del corazón aceleradísimo, de sensación de ahogo aunque no se ahogaba, de presión en el pecho y de hiperventilar, respirar cada vez más rápido y pensar realmente que le iba a dar un infarto al minuto siguiente, de querer pedir ayuda.
El primero entonces se queda callado, cuando la chica añade que tenía una amiga que le pasaba igual, que siempre decía que era la peor sensación que había sentido nunca, que pensaba de verdad que se moría, que estuvo un tiempo de psiquiatras y psicólogos y le dieron pastillas. El de pendientes dice para mi sorpresa que eso es lo peor, que qué necesidad hay de pastillas, que es como decirte que te drogues en vez de que te enfrentes a tus problemas y a la vida. Me sorprende, pensaba que las pastillas estaban para ayudar. Intento no mirarlos mucho pero a veces me dan ganas de intervenir.
Entonces el de blanco le pregunta al de los pendientes que qué opina su psicoanalista de eso, que qué tal le va. El de los pendientes empieza a contar que su psicoanalista no suele decir mucho, que le hace algunas preguntas y hablan de cosas que le pasan, de qué opina de otras cosas en su vida. Dice que hace poco estuvieron hablando de cuál es el papel que juegan los porros en su vida, que qué significan, no por qué fuma, sino qué significan. Hablan como muy de verdad, muy a gusto y muy en confianza. El de los pendientes parece estar contento con su terapia, y su amigo el de blanco le dice que hablar es lo mejor, y muy importante para sentirse autorrealizado, volviendo a lo de antes.

Dice que hace poco le decía una amiga –o una novia, quién sabe, dice el nombre pero no sé a quién se refiere, obviamente-, que no entiende por qué sus amigas sólo quieren salir a una terraza y hablar sin estar haciendo nada, que ella quería hacer muchas más cosas, no estar sentada y hablar y ya está. Y él dice con mucho entusiasmo que eso es absolutamente lo que más le llena, sentarse y hablar con tu gente. Los demás están totalmente de acuerdo, el de la barba habla de lo importante que es tener gente en la que confiar y a la que contarle cosas, hablan de que eso es muy importante para tener seguridad en ti mismo y autorrealizarte. El de blanco sigue diciendo que cuando ha estado de bajón algunos días, lo que más le llena es quedarse toda la tarde en la ‘facu’ con ellos… a mí los ratos de césped con vosotros me llenan, me hacen sentirme mucho mejor. No sé, tío, nos queremos y cuando estamos juntos estamos bien. Dice algo así mientras los demás asienten, y el de la barba añade que cuando queda con sus colegas, sabe que son sus colegas, sabe que está formando parte de algo, de un grupo donde hay mucha confianza y donde se siente muy bien consigo mismo y con los demás. Un cuarto, que lleva todo el viaje callado, avisa de que se va a poner muy técnico antes de decir que él, en los grupos de apoyo social, habla siempre ya no tanto de lo que significa formar parte de un grupo y sentirte bien dentro de él sino crearlo. Sentir que formas parte de algo que habéis creado sólo vosotros. Estar bien contigo, estar bien con los demás, estar bien en compañía. El de blanco cree que para la felicidad y la autorrealización todo eso es vital y no entiende cómo otra gente puede no valorarlo. 
El chico malagueño está ya criticando al CEU y yo casi quiero sentarme con los universitarios, que vienen de la Autónoma seguramente, y preguntarles si puedo ser su amiga. Pero con toda la pena del mundo me tengo que levantar, hemos llegado a Sol y yo acabo de escuchar una de las conversaciones más sinceras que he escuchado en un cercanías. Hasta pronto, desconocidos.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Creo que a veces nos preocupamos demasiado por la calidad de lo que hacemos. Desde siempre he pensado que las cosas se hacen bien o no se hacen, pero es que no hacer nada te estanca. Hay millones de personas que han conseguido llegar a sitios y al principio lo hacían fatal. Algunos incluso han triunfado haciéndolo mal. Porque siempre hay alguien a quien le parece bien. Hay películas de mierda haciendo buena taquilla. No tenemos que aspirar a triunfar haciendo mierda ni a subestimar la calidad ni a pensar que la gente se conformará con cualquier cosa hecha sin esfuerzo, porque es absolutamente erróneo y falso. Sólo tenemos que perder el miedo a no estar a la altura. ¿A la altura según quién?
Perder el miedo a hacerlo mal o regular, a equivocarnos. Hacerlo regular antes que no hacerlo, porque si no haces nada, vendrá alguien haciéndolo regular y te pasará por encima.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Tenemos potencial

Me pregunto cuánto más vamos a tardar en creernos a nosotros mismos.

Cuánto tiempo más nos va a costar comprender que valemos aunque no podamos decir lo orgullosos que estamos de algunas cosas que hacemos por miedo a que nos tachen de pedantes y de sobraos.

Cuánto más nos va a costar comprender que hacer equipo es más rentable que vivir a codazos.

Cuánto tiempo más vamos a invertir en intentar ser mejor que el de al lado mientras ignoramos nuestro potencial. Que tenemos potencial.

Tenemos

potencial.

Que no sabemos cuál o no sabemos para qué.
Pero que tenemos potencial.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en descubrirlo.

Y sobre todo en convencernos.

Cuánto tiempo más vamos a esperar a que alguien de arriba, con un cargo importante, nos diga: te quiero en mi equipo.

Y entonces creernos.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en ver que uno de nuestros mayores problemas es
que no
creemos
en nosotros.

Que no queremos demostrar lo que sabemos porque siempre habrá alguien que sepa más. Que tenga más másters y más idiomas.

Cuánto tiempo más vamos a tardar en aprender a vendernos.

Cuánto nos costará llegar a enumerar todos nuestros logros, con orgullo y con ilusión, sin que nadie te mire mal y piense que llegaste a todo eso por enchufes y por vías que no son el esfuerzo. Cuando lo conseguimos a base de perserverancia incansable.

Cuánto nos queda para no hablar desde la envidia. Desde el sé que pude hacer lo que tú has conseguido, pero me pareció complicado.

Cuánto nos queda para aprender a valorarnos. A nosotros y a los que se lo curran a nuestro alrededor.

Cuánto nos queda para aprender a creernos.
Cuánto nos queda para aprender a querernos.

domingo, 19 de octubre de 2014

Arriba las patatas

De cómo casi gano un concurso de Patatabrava en el que exigían empezar así, y terminar así.

- ¡Qué buenas estas bravas!
- Vamos a dejarlo en patatas, que estos alemanes de bravas no entienden…
- Se les da mejor la cerveza.
Ella miró cómo él pinchaba una patata y después le cambió de tema.
- Yo no quería venir de Erasmus a Bremen.
- Ni yo –contestó él sin dudar.
- Ninguno. Pero ahora me alegro de haber terminado aquí. Mucho.
- ¿sabes? No echo tanto de menos España.
- ¿cómo que no? Yo sí.
- Yo no. Echo de menos el clima, el sol, sí, mis amigos, vale. Pero no tengo unas ganas enormes de volver. No me quedaría más de un año o un año y medio, eso seguro, pero no me apetece volver por el momento…  aquí estoy muy bien.
- Lo a gusto que estás en un sitio se mide en cuánto echas de menos otros sitios.
Él sonrió pero no dijo nada, y ella siguió hablando.
- ¿y después qué?
- ¿después? –contestó él mientras seguía comiendo- ¿de la Erasmus?
Ella asintió antes de beber un trago de cerveza.
Él se encogió de hombros y siguió hablando.
- Después nada. O después todo, yo qué sé. Esto es todo mentira, Clara, cuando esto acabe todo será mentira. Nada une esta vida con la vida que tenemos en España. No hay nada ni nadie en común. Podríamos pensar que todo ha sido un sueño si no tuviéramos ni fotos ni Facebook. Un día nos despertaremos. Y no sé si va a doler o si va a ser la hostia. O las dos cosas.
- De nosotros depende.
- Sí. Y la cuenta atrás empieza pronto.
- No digas eso, nos quedan cuatro meses todavía.
- Mira cómo ya los puedes contar con los dedos de una mano – sonrió él cogiendo la jarra de cerveza.
Se quedaron callados un momento. Hasta que ella volvió a hablar.
- Pero no digas que es mentira. Nos llevamos mil cosas de aquí. Y mil personas, y volvemos diferentes, volvemos siendo totalmente otros. Volvemos un poco más mayores y un poco más sabios.
- Sí, eso es verdad.
- Y en España no hay esta puta mierda de patatas –dijo ella, y pinchó otra patata.
- Y más pronto que tarde las estarás echando de menos.
- Odio la sensación de saber que echaré de menos algo que ahora odio.
- Pues deja de odiar.
Ella lo miró  y medio rio moviendo la cabeza y quitándole importancia a lo que él había dicho.
Se volvieron a callar.
Hasta que ella volvió a hablar.
- Y no tengo ni idea cómo va a ser vivir con los kilómetros de por medio. Pero creo que las cosas se mantienen cuando realmente hay cosas que mantener.
Silencio.
- Que las hay.
- Pero cualquier día estamos comiendo bravas de verdad otra vez –dijo él.
Ella rio y pinchó otra patata.
- Ya veremos luego. Pero mientras tanto… ¡arriba las patatas!
Abril 2013

lunes, 23 de junio de 2014

Estoy cansada de la soledad de las pantallas que no son más que un puñado de píxeles que nos hacen sentir acompañados cuando no lo estamos.
Porque un puñado de píxeles a veces pueden darte lo que necesitas pero nunca serán una persona en directo. Nunca serán un gesto, un detalle, un mirar, ni un silencio, sino un en línea y un par de ticks.
Estoy cansada de la soledad de las pantallas porque nos hacen creer que estamos, cuando no estamos. Cuando sólo hay kilómetros y distancia, cuando termina agotando este querer hablar, este querer estar, este querer compartir y solo
encontrar
botoncitos y muñequitos
que aunque provoquen más de una sonrisa y de una risa, lejos de unir, separan.
Estar rodilla con rodilla o codo con codo es estar.
Estar pantalla a pantalla, tú en tu cama y yo en la mía no es estar. Es una sensación incómoda y al mismo tiempo violenta porque es como si estuviéramos acompañándonos en ese mismo lugar y tampoco quería eso.
Estoy cansada de las pantallas que en invierno se enfrían y en verano se calientan y que obedecen órdenes a base de paréntesis, puntitos y demás caracteres y símbolos que si los piensas fuerte nunca fueron expresivos, fueron siempre la burocracia del lenguaje, se usaron siempre por necesidad y no por sentimientos.
Y mira dónde hemos llegado.
Que me cansan los píxeles porque yo lo que quiero es que nos juntemos y seamos tan felices hablando en directo que se nos olvide que tenemos móviles y ordenadores, que se preocupen porque llevamos tres horas sin conectarnos.

Pero claro, para eso, primero, tenemos que tener claro quiénes. 

jueves, 19 de junio de 2014

Un día leí que la vida son objetivos, un constante querer ser y querer hacer, una sucesión permanente de metas. Y que si no, nada tiene sentido. 

Igual la envidia es un poco eso, inconscientemente. 





viernes, 9 de mayo de 2014

El hoy es el ayer nostálgico de mañana


Saber que lo que hoy te sobra, un día te faltará, es una sensación muy extraña.
Tirando un poco a pena.

Porque no se puede hacer nada.

Cuando de repente te das cuenta de que un día estarás echando de menos algo o alguien, entonces decides aprovechar al máximo, disfrutarlo y ser feliz el tiempo que dure, porque sabes que se acabará. Una erasmus. Una de las enseñanzas más grandes y más importantes que me traje de Alemania: vivir cada momento, porque se acaba, porque sabes que se acaba, que hay una fecha y ya no vuelve más este estar aquí, y así. Pero cualquier cosa se puede acabar, sin que exista una fecha de caducidad ni un día de despedida marcado en el calendario por un vuelo ya comprado. Cualquier cosa puede cambiar sin necesidad de una catástrofe, sino simplemente porque hay giros inesperados, casualidades buenas o malas, destino o llámalo como quieras.
Etapas. Saltar de una a otra sin darte cuenta de lo que vas dejando atrás.
Por eso, cuando de repente eres consciente de que estás en una etapa y puedes pasar a otra en cualquier momento, entonces decides –entonces decido- aprovechar y disfrutarlo como si se acabara mañana. Es la moraleja más vieja: un carpe diem como una casa. 
Y estar así probablemente más preparado para los finales. Un final no se puede asumir bien si llega de repente y sin haber pensado en él previamente. Y ya lo dice el publicista, crecer es aprender a despedirse.

Pero saber que lo que hoy te sobra, un día te va a faltar, es una sensación muy extraña.
Porque no se puede hacer nada.

Porque no puedes tomar esa decisión de aprovechar al máximo lo que tienes ahora, porque te parece una mierda. Y lo peor es saber que, con el tiempo y mirando para atrás de lejos, dejará de parecerte una mierda. Porque el recuerdo consiste, más veces de las que debería, en idealizar el pasado.
Eliminamos las partes malas y nos quedamos con las suficientes buenas como para poder mirar atrás y decir qué tiempos aquellos. Cuando a lo mejor no lo fueron tanto. O sí, y no fuimos capaces, por aquel entonces, de ver que había mucho más bueno de lo que pensábamos. Que lo malo nos cegaba, hacía mucho ruido, y realmente no era para tanto. Que no le dimos la importancia que debían tener a algunas cosas y le dimos demasiada a otras que no se la merecían.

Supongo que hay que relativizar. Que ni lo malo es tan malo, ni lo bueno fue tan bueno.

Pero Alemania me enseñó a mirar más para adelante que para atrás. No a echar de menos el ayer, sino a pensar que mañana estaremos echando de menos el hoy. Que el hoy es el ayer nostálgico de mañana. Lo cual sólo nos conduce a una conclusión: disfrutar hoy, siempre, para mañana poder decir, y esta vez con razón, qué tiempos aquellos. Y qué bien los aproveché. 

jueves, 27 de marzo de 2014

"Bueno, algunas canciones"

Estoy en el Corte Inglés en la sección de discos y escucho a un chico y a una chica, de unos 18 ó 19 años que miran unos discos y hablan de nombres raros de cantantes que no conozco… no sé por qué me da que no tienen mucha confianza porque es como uno de esos primeros temas que hablas cuando conoces a alguien, y no parece que sepan mucho el uno del otro. Hasta que se quedan callados delante de la sección de exitazos del momento y él le pregunta ella: ¿Y Laura Pausini te gusta? … y ella se queda callada medio segundo y contesta “bueno, algunas canciones”.
Y me pregunto en qué momento hemos llegado a esto de que nos dé vergüenza admitir que nos gusta tal o cual cantante, película o serie, porque esté mejor o peor visto según no sé bien quién. Vayan a pensar que, vayan a decir que, o vayan a dejar de ser mi amigo porque escuche a Raulito en secreto. Como Spotify cuando te dice “Si te da corte que sepan lo que escuchas… escúchalo en sesión privada”.
Claro, escuchémoslo en sesión privada, y vayamos al concierto solos y al cine solos no vaya a ser que nos descubran siendo nosotros mismos. Vamos a seguir escondiéndonos para que no se rían de nosotros y vamos a esforzarnos para que nos guste lo que nos tiene que gustar, que es lo de calidad indiscutible que nadie se atreve a criticar, y no cualquier mierda que “escuche todo el mundo”. 

Vamos a seguir señalando a los gilipollas que admiten que les gusta Laura Pausini y Pablo Alborán, porque eso es muy mainstream y es música hecha con dos acordes y medio y es una mierda (comparada con las sinfonías de Beethoven que escuchamos todos en casa, claro) y no debería existir. Vamos a seguir señalando a los que escuchan Los 40 y vamos a seguir escondiéndonos de los que señalan, no vaya a ser que perdamos followers por admitir que nos sabemos las canciones de Malú.


Yo qué sé, tío, que es cuestión de gustos, que no te tengo que convencer ni me tienes que convencer, es simplemente ser capaces de respetarnos y de convivir sin hostiarnos. Que es más sano.

sábado, 8 de marzo de 2014

Tú allí, y así, y yo aquí, y así.

Yo estoy hablando con alguien y estoy en mi cama entre sábanas medio dormida con luz medio apagada, en silencio, sin gafas e intentando que no se me salga ni una mano del edredón.

Pero delante tengo una pantalla.

Y al otro lado de esa pantalla, a lo mejor tú estás en mitad de la gran ciudad, rodeado de coches, ruido, frío y gilipollas que no dejan de hablar de tonterías a tu lado mientras esperas un autobús que no llega.

Y estamos teniendo la misma conversación.

Tú allí, y así.

Y yo aquí, y así.

Y a lo mejor yo te imaginaba en una situación parecida a la mía, lo que convertiría todo en una conversación más íntima. Más nuestra, yo qué sé.
O a lo mejor tú, me imaginabas en una situación parecida a la tuya, lo que convertiría todo en una conversación más irrelevante.  Más tonta, tal vez.

Pero es que antes, siempre estábamos en el mismo ambiente. Teníamos las mismas conversaciones, porque estábamos en el mismo sitio, nos mirábamos y hasta podíamos tocarnos estirando una mano. Pensábamos parecido.  Porque nos rodeaba la misma luz, el mismo olor y la misma música, nos distraíamos con lo mismo o nos centrábamos en lo importante porque nos teníamos delante. Funcionábamos al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Y es que ahora, tú estás hablando de una cosa y yo de otra, porque perdimos lo que nos rodea, y ahí perdimos un click. Perdimos la mitad de la conversación por el camino, porque ni estamos cerca ni podemos observarnos. Perdimos compartir algo más que un puñado de letras mal puestas y un par de muñecos que no dicen ni la mitad de lo que deberían. Pasamos de estar en la misma habitación a estar en habitaciones diferentes, ciudades diferentes o incluso países diferentes. Y pretendemos que comunicarnos a través de botoncitos sea lo mismo que hablar.


Cómo vamos a pensar lo mismo, a conectar igual, a hablar igual y a contarnos lo mismo, si yo acabo de pisar una mierda mientras lucho porque los dedos no se me congelen al mismo tiempo que cruzo un paso de peatones que ya está en rojo y tú acabas de terminar de ver una peli buenísima en el sofá con una manta al lado de una estufa.


Cómo vamos a pretender lo mismo cuando nos miramos a una pantalla y no a los ojos. 

sábado, 22 de febrero de 2014

Su plan de estudios

El plan de estudios que usted propone está muy bien.
El plan de estudios que usted propone se basa en un cronograma, semana a semana, durante catorce semanas y media de las cuales debemos restar un puente y un día festivo. Así que son catorce semanas menos un poco pero no sabemos bien cuánto porque igual usted decide llegar una hora tarde alguno de estos días y se le descuadra un poco.

El plan de estudios que usted propone contiene teoría y práctica, pero ya se sabe, siempre un poquito más de historia, de teoría, que de práctica. Porque total, la práctica en realidad la vamos a aprender cuando salgamos de aquí.
De aquí, de la universidad, de aquí, de Madrid, de aquí, de España.

El plan de estudios que usted propone no tiene ningún sentido si no dedicamos un mínimo de tres coma catorce horas semanales a su asignatura. Porque la enseñanza en general y universitaria en concreto no tiene ningún sentido si no leemos  textos que hablen de todo lo que pasó antes de los años 50. 
Porque del resto no hay perspectiva temporal suficiente como para comenzar a analizarlos y no nos sirve para nada conocer lo actual si no sabemos su base histórica, que nadie aún nos ha contado. 


El plan de estudios que usted propone contiene una bibliografía muy extensa que podremos encontrar sólo y exclusivamente en la biblioteca de esta universidad, porque no podemos pretender sacarnos una carrera universitaria en tal universidad de tal prestigio con archivos sacados de la red, y porque no podemos tampoco pretender sacarnos una carrera universitaria en tal universidad de tal prestigio sin leer textos y analizarlos y empezar muchos documentos de Word con la frase “el autor defiende que”.
Y no el autor defiende de que.

El plan de estudios que usted propone, déjeme decirle, no es plan ni es de estudios, porque le fallan algunas cosillas insignificantes. 
El plan de estudios que usted propone parte de la base de que absolutamente todos los que estamos en este aula tenemos un exagerado interés por su asignatura. Cosa con la que usted no debería contar, porque esta asignatura la cursamos por obligación y no por voluntad propia. Como todas las demás.  
Porque en esta carrera no conocemos lo que se siente al elegir una asignatura por voluntad propia. Porque, claro, eso nos diferenciaría demasiado y nos daría una formación demasiado específica y no es lo que estamos persiguiendo.

Al plan de estudios que usted propone, le faltan unas gotitas de motivación y un puñado de interés. No sólo por nuestra parte, sino principalmente por la suya. 
Plantéeselo un momento.
El plan de estudios que usted propone debería proponérselo a usted mismo primero. Y luego, verlo como un reto. Un reto para convencernos de que realmente su plan de estudios es el mejor. Y si quiere convencernos de que su plan de estudios es el mejor, debe primero convencernos de que su asignatura es la mejor.
Cosa que no debería resultarle difícil si usted mismo cree en ella. Ya sabe, transmitir un poco de pasión por el asunto, entusiasmo, interés y ganas por hacer lo que hace y convencernos para que lo hagamos nosotros también, con al menos la mitad de su interés y de sus ganas. Porque de eso se trata al fin y al cabo, de que nos guste lo que hacemos, creía yo. 
Pero si usted mismo no cree en ello, incluso si usted mismo sabe y reconoce que no le gustan los contenidos o directamente la docencia, dé la partida por perdida. No será el primero ni el último. Proyecte cuatro power points facilitos, haga un examen de risa y apruébenos a todos con nota. O mucho mejor, dedíquese a otra cosa.

El plan de estudios que usted propone está muy bien, de verdad.
Sólo le falta creérselo.



sábado, 15 de febrero de 2014

La mujer de la ventana

La mujer de la ventana formó parte de nuestra historia de principio a fin. 
Todos los días. 
La mujer de la ventana vivía sola en una casa pequeña al norte de Alemania, en un barrio de clase media-alta. Su cocina estaba a unos metros por debajo del nivel de la calle y en ella pasaba la mayor parte del tiempo, con una luz tenue amarillenta, que venía a veces del flexo que tenía sobre la mesa, y a veces de la lámpara que colgaba del techo. De su ventana salía casi la única iluminación que había en una calle con muy pocas farolas, en una ciudad donde antes de las cinco se hacía de noche.
Un diván se veía a la derecha, donde se recostaba a leer las noches de frío, que eran prácticamente todas. En la pequeña mesa dibujaba, comía y trabajaba. 
En la misma habitación cocinaba y ponía lavadoras.
Quisimos hacerle alguna foto para mantener vivo el recuerdo pero nunca nos atrevimos. Simplemente nos dedicábamos a comentar qué estaba haciendo aquella noche la mujer de la ventana cuando llegábamos a casa. 
Recuerdo sólo un día en el que la vi acompañada.  Sólo fui capaz de contemplar la escena durante los dos segundos que tardaba en pasar por su casa cada noche a menos cinco grados. Pero nos imaginábamos las historias, y todas podían ser ciertas. Una amiga de la infancia había venido a visitarla, cenaron juntas y hablaron durante toda la noche. Por fin habían decidido dejar de esconderse y su pareja cenaba con ella ese día. Una familiar lejana pasaba por la ciudad y necesitaba un techo. Todas podían ser ciertas y probablemente ninguna lo era. 

La mujer de la ventana trabajaba por las mañanas, porque no estaba en casa, y su cocina estaba a oscuras, pero siempre con la persiana subida. Entraba muy temprano, porque un día, antes de las siete, vi luces. 

Nos sentimos el mirón del que tanto se habla en algunas clases de cine, el espía que no puede vivir sin saber qué hacía cada día la mujer de la ventana. 
Como si quisiera decirnos algo, ahí estaba, día tras día, o más bien, noche tras noche, incansable. Leyendo, dibujando, cocinando, protagonizando su propia película en un decorado de muy pocos metros cuadrados, con pocos focos, sin guión y con una sola cámara, siendo nuestra única constante durante aquellos once meses que dieron para tanto.
Perenne, noche tras noche, permanente en su cocina y ajena a todo lo que ocurriese fuera. Vigilándonos tanto como nosotros a ella.
La mujer de la ventana nos tranquilizaba cuando la veíamos allí cada noche y sabíamos que aunque el mundo se derrumbase, ella resistiría imbatible en su pequeña cocina. Con un libro, o un lápiz entre las manos. Fuerte y convencida de lo que hacía.


La mujer de la ventana sigue allí, meses después, estoy segura. Y seguirá mucho tiempo más. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si siguiéramos pasando por delante de su ventana todas las noches y, sin detenernos, echáramos un vistazo rápido para ver qué hacía ese día. Sólo unos segundos antes de que ella levantara la cabeza de su libro para mirar sonriendo el rastro de nuestras sombras. 

lunes, 13 de enero de 2014

Somos parte del mismo mar.



Somos parte del mismo mar.
De la misma orilla.
Escuchamos las mismas olas y los guiris que corren por la playa vienen del mismo sitio.
El azul es muy parecido, aunque único en los dos sitios.
El que canta en mis cascos también cantó allí.
Mis tenis son los mismos, y pisan la misma arena y las mismas piedras, de los mismos colores.
El perro podría ser aquel y ni nos daríamos cuenta.
El olor, la sal.
Aunque, desde aquí veo montañas que desde allí no veía, barcos pesqueros que allí se escondieron, edificios que allí no estaban y mi horizonte da a un mundo diferente al que da el vuestro.
Pero somos parte del mismo mar, de la misma orilla.
El agua es la misma aunque a veces hablemos diferentes idiomas. El viento y el sol transmiten lo mismo, podría cerrar los ojos y, al abrirlos, estar allí.

Lo único que falta
Para repetir el momento...
 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Felicidad navideña contra indignación y cabreo

Salgo del cine.
Me acabo de gastar nueve eurazos en una película española con la que me he reído y me he emocionado. Pero no sé si porque me ha pillao un poco así, o si realmente era medio decente. Pero me lo he pasado bien.
Salgo por detrás de los cines de Montera y doy un rodeo raro para llegar hasta Preciados buscando a un grupo de músicos que llevo meses buscando y no encuentro. No hace mucho frío, vengo contenta y pensativa de la película, es sábado, son las diez de la noche, Madrid está lleno de gente, es casi navidad y por primera vez en mucho tiempo no tengo nada que hacer. Así que en vez de seguir dirección metro Sol, me meto por una calle que no sé bien a dónde lleva, pero intuyo que a la zona de Ópera, y de repente aparezco en Cortylandia y me paro un poco a observar. La gente está contenta, han venido a Cortylandia para hacerse la foto. Se escucha un helicóptero y pienso si de verdad hay tanta gente en la calle como para vigilar, o si habrá habido algún evento del que yo no me haya enterado. Sigo hacia abajo, miro el móvil un momento y se ha apagado. Llego a Ópera y miro a izquierda y derecha, me dan ganas de desviarme hacia el Palacio Real y darme una vuelta, siempre me ha fascinado esa zona. Y tengo ganas de escribir, he salido  del cine pensando en muchas cosas y en mucha gente y quiero escribir. Pero no tengo ni libreta, ni móvil con batería, ni un triste boli. Así que decido seguir dirección Calle Mayor, y una vez allí, estoy tentada de pasearme por la Plaza Mayor. Pero miro hacia la izquierda y veo Sol inundado de gente, en ese punto en el que no es agobiante todavía sino bonito. Parejas de la mano, parejas que se hacen fotos con el árbol de Sol de fondo, todos muy felices y contentos. Love is in the air. Y mucha policía. Gente que anda por las carreteras y ni un solo coche, me pregunto qué habrá pasado o si esto de las furgonetas en sol empieza a ser costumbre ya. Sigo andando y esquivo una cola larga delante de un cajero que me llama la atención. Definitivamente ya es navidad. 

A estas alturas ya he decidido que vuelvo a casa andando, así que sólo me queda decidir por dónde, y coger el camino largo no me apetece no sólo porque sea más largo sino porque no habrá tanto ambiente. Así que giro a la derecha y subo por calle Carretas, donde ando unos cuantos metros paralela a una chica que va hablando por el móvil de que pasa de quedarse a la batukada, y que va para casa de una amiga. De repente me dan ganas de llamar a alguien, pero esto ya lo pensé antes de salir de casa, y mi móvil está sin batería.

Así que sigo subiendo y me encuentro en la plaza Jacinto Benavente donde para mi sorpresa hay montado un mercado de navidad. Me pierdo dentro y de repente estoy en el Weihnachten Markt de Bremen, huele a garrapiñada en vez de a Bratwurst y me esfuerzo por escuchar alemán en vez de español. Pero es complicado cuando las dependientas que venden bufandas y gorros parecidos a los de Bremen, son morenas y de ojos oscuros. 

La gente compra, se nos ha olvidado la crisis por un rato, y parece que la navidad, lejos de ser la dictadura del optimismo, a veces puede ser la ilusión que muchos estén esperando. Aunque siendo realistas, tal vez no tantos se ilusionen al pensar en las cenas, la familia y los regalos que a lo mejor no pueden afrontar.
La cuestión es que me paro delante de una de las casetas donde venden pendientes, justo como el que yo buscaba en Barcelona, pero más bonito y más barato del que terminé comprándole a una china en la estación de autobuses porque se me metió entre ceja y ceja el ahora o nunca. Hay una pareja italiana decidiendo si comprar una pulsera u otra, hablan entre ellos y los entiendo perfectamente. Le van a preguntar al dependiente y escucho un tímido “disculpa”, a lo que el dependiente responde con un “parlo italiano” y el cliente deja de ser tímido para soltarle un “ah, ok, benissimo”. Sonrío y vuelvo a pensar que tal vez esto no esté tan lejos de ser Bremen si yo quiero, pero… pero.

Salgo del mercadillo y voy dirección calle Atocha. En la entrada cuento siete furgonetas de policías, a puertas abiertas y llenas de policías poniéndose chalecos que salen un poco deprisa de ellas. Ah, ahora todo cuadra, la manifestación. Y me cabreo un poco pensando que con esas prisas sólo van a cargar. 
Por un momento pienso en coger el metro porque no sé qué pasa ni dónde, y sigo escuchando el helicóptero, pero la gente está tan tranquila, así que no veo por qué yo no. Sigo andando hacia abajo y veo más luces azules un poco más al fondo. Pancartas por los suelos del tipo “el único camino es la lucha”, “democracia” y consignas varias, me dan ganas de coger una pero sigo andando. Llego a un paso de peatones y hay un montón de furgonetas amarillas de medio ambiente, barrenderos que barren estresados un montón de cristales de un contenedor de vidrio volcado en mitad de la calle. Casi me barren los pies y veo el auténtico desastre que había en mitad de la acera, pero termino pasando. Las luces azules que veía al fondo se convierten en furgonetas y veo pasar una, dos, tres, cuatro y hasta otras siete de policía más una del samur.
Llego a Antón Martín y los dueños de los bares están en las puertas fumándose un cigarro y observando el panorama. Furgonetas de RTVE delante de esto que hay de TVE en Antón Martín, que no sé bien qué es, y sigo andando hacia abajo. Me cruzo con una pareja cogida de la mano un poco separados y me aparto. No seré yo quien los haga soltarse por una mala maniobra, recordemos que vengo de ver una peli romántica aunque me haya cruzado con catorce furgonetas de policía. Catorce. Que me pregunto cuántas sacarán cuando realmente pase algo grave, porque creo que pueden pasar cosas mucho más graves que una manifestación. Me pregunto qué harán el día que pase algo chungo de verdad.

Me cabreo porque pienso que, aunque no sé  lo que ha pasado, probablemente no sea tan grave como para montar tal dispositivo. El derecho al pataleo existe. Se me mezcla esta sensación de me encanta Madrid con el qué mal nos tratan y me acuerdo de los mensajes que he visto en La Casa del Libro antes de ir al cine. Se ve que le dan post-its a la gente para que escriban sus deseos para 2014, y, parándome a leerlos, muchos ponían que se acabe la crisis, otros que los políticos dejen de reírse de nosotros, otros salud y trabajo para todos. La gente en la calle está contenta, sí, se hacen fotos en cortilandia, pero también se manifiesta, y mucho. Y cuando tienen que pedir cosas, aunque sea en un post-it de la Casa del Libro, piden trabajo y mejores políticos. 

Sigo bajando y veo lo que no sé si es niebla o humo, y escucho a un niño decir “mamá, huele a quemado”. Y reduzco el ritmo pero no me paro. Supongo que igual hasta tengo un poco de instinto periodístico. Más policía, más policía. Que sube y que baja. Y entre tanta luz azul, un camioncito de bomberos que ya ha apagado hace rato un contenedor. Ah, esto cambia las cosas.
Si me cabreo porque no nos dejan manifestarnos, si me cabreo porque me parece excesiva la policía, también me cabreo porque no podemos pedir menos policía ni menos represión mientras haya cuatro gilipollas que quemen contenedores. Perdemos toda la credibilidad por su culpa. Y lo diré siempre. Y odio la frase tenemos lo que nos merecemos, pero a veces me jode pensar que puede ser verdad.
Llego ya a Atocha y hay más policía y más samur, pero todo tranquilo y probablemente con ganas de recoger el chiringuito ya.

Madrid me encanta y siempre me ha encantado. Venía emocionada, contenta, queriendo la navidad y su poder de evadirnos de los problemas, hasta que me crucé con catorce lecheras. Los dos mundos, la felicidad navideña, el intentar evadirse de los problemas y la indignación seguida de represión, o la represión seguida de la indignación, según se mire. Se están pasando e intentamos que se nos olvide con la navidad pero no siempre funciona.
En un rato había visto los dos mundos: la sonrisa del que se hace la foto con el árbol de Sol e intenta no pensar mucho más y los restos del cabreo, de la reivindicación de los que se niegan a hacerse la foto. 

El resto de camino a mi casa volvi a cruzarme con parejas y gente con planes de sábado noche, con amigos que van y vienen, hablando de cosas importantes o de gilipolleces, y con gente sola y con prisa.
Y volví a pensar en la peli. Que igual no es una obra maestra pero era lo que yo necesitaba hoy. Navidad, y, más que policía y contenedores ardiendo, un final feliz, con un Martiño Rivas sonriente.


15/12/2013

viernes, 13 de diciembre de 2013

Jamie Cullum, la noche que cumplí un sueño

Llevaba todo el día eufórica, el 27 de noviembre había llegado, después de años persiguiéndolo y después de meses con la entrada. 
Kat Edmonson, artista invitada, tenía una voz increíble (muy recomendable) y un español muy gracioso, pero nos hizo sufrir un poco la espera.  Yo todavía no era consciente de que en unos pocos minutos estaría a unos pocos metros de ese que llevo escuchando desde los trece o catorce años.



Salió. Salió a las nueve, puntualidad británica, y lo primero que cantó fue The same things, no es una de mis favoritas pero fue suficiente para empezar a saltar y a creerme lo que estaba pasando. Una de las primeras cosas que hizo fue cargarse una baqueta y soltar un HOLA MADRID en mitad de la canción. 

Lo tengo todo un poco borroso, me parece como un sueño que todavía no he terminado de asimilar. Pensé que no grabaría mucho durante el concierto para disfrutarlo bien, para fijarme en cada detalle y luego visualizarlo cuando volviese a escuchar las canciones. Pero como siempre, fue inevitable… yo le daba al rec y dejaba de preocuparme por la cámara, lo que saliese salió. Y lo que salió, es suficiente para revivirlo. Y suficiente para que me fijase también en los detalles.

La primera vez que escuché Momentum pensé que no era un discazo, al principio, hasta que escuché Who would save your soul. Y es que todo, o casi todo, lo que ha hecho este hombre en su carrera musical, me alucina por LAS GANAS y LA MOTIVACIÓN, por lo feliz que es haciéndolo, porque le gusta y porque lo vive, y porque, hostia, además de eso, y siendo objetivos, tiene un talento que flipas. Es un genio.  Y eso es así. Y que alguien se atreva a discutírmelo.
No sé cómo contarlo. A este hombrecillo lo conocí en 2005 o por ahí y llevo desde 2008 persiguiéndolo. Cuando hace menos de una semana cantó a unos pocos metros de mí canciones de los primeros discos rodeado de unos pedazos de músicos que se marcaban unos solos increíbles… yo pensaba “cuántas veces habré cantado esto en mi cuarto con mi equipo de música” y en Torre, no en Madrid. Cuántas veces me inventaba el inglés, y qué ilusión cuando me aprendí aquello de twentysomething y empecé a entenderlo todo. Porque está el inglés americano, el inglés británico, y luego el inglés de Jamie Cullum. Un acento maravilloso, dicho desde el fanatismo más absoluto.

La de veces que me he visto el DVD del Blenheim Palace y todavía no me he cansado. El único del que tengo todos los discos originales. La persona más entusiasta y apasionada que he visto nunca delante de un piano. 


El ejemplo de que se le puede dar la vuelta a todo lo que me decían en el conservatorio, que se puede hacer absolutamente todo lo contrario y los resultados pueden ser geniales.

Yo no podía dejar de cantar, aunque no me supiera muy bien las nuevas. No podía dejar de saltar. Qué euforia, qué adrenalina, qué energía, qué no parar, escenario parriba escenario pabajo, subirse al piano, saltar desde el piano al suelo y seguir cantando, correr, saltar, cantar entre el público, cantar encima de la barra, utilizar el piano de percusión, beatbox, pedales, cuerdas, tirar el taburete del piano lejos y seguir tocando mientras baila, porque no-se-puede-estar-quieto. Y menos mal.


Sólo cuatro músicos pero un montón de instrumentos. La Ser es de las pocas que ha hecho crónica y dice que dio una clase de excelencia musical, que “Cullum igual clava ocho escalas cromáticas seguidas al piano que se sube a la barra de las bebidas para guiar a sus compañeros saxo y trompeta”. 


En pitillos y camiseta, aparentando sus twentysomething que pasó no hace tanto tiempo, la gente le gritaba desde ‘eres grande, pequeño’, hasta i love you jamie. Y a esa última contestó con un I love you too en mitad de una canción.

Se metió a la gente en el bolsillo en la primera canción. Y cuando ya creíamos que lo ha hecho todo, se pone a cantar trocitos de canciones que suenan en las radios, un wake me up when it’s all over, un royals o un get lucky. Y es que, desde la más absoluta subjetividad, con esas manos, ese piano, y esa voz, puede hacer y hace lo que le da la gana. Por muy flipao que suene, es complicado de explicar. 

Presentó a los músicos y le cantamos cumpleaños feliz al saxo, le cantamos cumpleaños feliz a otra del público, luego estuvo piropeándonos, adorando Madrid un rato y contando en su perfecto inglés que había pasado algunas de las mejores noches de su vida aquí, porque la fiesta nunca acaba, porque la última nunca es la última y siempre hay otro sitio donde ir. ¿Y trabajáis al día siguiente? Gente: síiiii. Jamie: ¿Pero y no tenéis resaca? Gente: Síiii. Jamie: I love Spain! 


Le sacaron una pancarta, que él cogió, que decía You are not a musician, you are a magician. Ahora escucho las canciones desde el disco y me parece que canta un poco sin ganas. Y eso que siempre pensé que era la persona que más alma le ponía a todo en grabaciones de estudio. 

Pues qué manera de dejarse la piel en cada nota, en el escenario todavía mucho más. Twentysomething fue una pasada con unos solos impresionantes, All at sea nos dejó cantarla a nosotros, cada vez tocaba más flojito hasta que dejó de tocar y nos miraba y nos escuchaba medio emocionado. Porque España también sabe cantar en inglés! When I get famous la explicó y luego la vivió de una manera flipante, ahora me gusta el triple, Pure Imagination fue muy emocionante, pero no más que Gran Torino, que fue la última y yo ya quería llorar. 2500 personas en silencio absoluto. 

Save your soul, Take me out, Everything you didn’t do, I’m all over it, Don’t stop the music, cómo no… I’m all over it, These are the days… Y lo que pasó con Mixtape ya no hay manera de contarlo. Ahí ya La Riviera entera saltó como no había saltao en todo el concierto.  

Y él decía cuento a cuatro y saltáis muchísimo ¿vale? Y la gente ya no podía aguantar y todos saltábamos eufóricos. Y él... NOT YET! NOT YET! ¿¡Pero cómo not yet!? 




(Grabé más, lo iré subiendo poco a poco) 

Yo qué sé, lo feliz que fui no se puede contar. Lo mejor de esto es que ahora cuando Jamie está en mis cascos, yo vuelvo a estar en La Riviera, escucho a la gente emocionada, lo veo a él y veo a los músicos, saxo en mano, y casi vuelvo a saltar.

Terminó. Los minutos y los segundos no pasaron más lentos. A las once estaba tocando, y a las once y diez ya no. Y hasta la próxima.
Yo estaba casi sin voz. Afónica pero feliz. 

Compré el póster de la gira que vendían firmado pero yo lo quise sin firmar, porque quién sabe. Y nunca lo habría esperado salir, esta gente salen por la puerta de atrás y no te enteras y has esperado para nada, nunca se sabe. Pero fue fácil convencerme para hacerlo. De un aforo de 2500, había 20 personas contadas –casi ninguna de Madrid- que a las 23.30 estaban en la puerta esperándolo. Y a las 12, y a las 12 y media, y a la 1, seguíamos siendo los mismos 20.


Salieron los músicos, nos hicimos fotos con los músicos, nos daban las gracias y sonreían mucho, volvimos a cantarle cumpleaños feliz al saxofonista, esta vez en español, y se metieron al autobús enorme donde llevaban, supongo, medio escenario a cuestas. Just 15 minutes more, please, dijo un tío que entraba y salía.

Pasaron 15 minutos –llevábamos dos horas como a un grado esperándolo- y salió. 

Lo primero que dijo, con una sonrisa de oreja a oreja, fue un thank you for waiting. 

Y yo en dos horas no había planeado qué quería decirle porque creo que nunca pensé que fuese de verdad a tenerlo tan cerca. Fuimos todos muy fans pero todos muy controlados: la gente le pedía fotos, firmas, abrazos, besos,  pero todo muy moderado y educado. Él no se dejó a absolutamente a nadie, y hasta mordió entradas a petición de fans. Le hacían fotos mientras firmaba y él decía hang on hang on, i look up i look up. Y se ponía para las fotos.

Dijo un who’s next? Y a mí se me había olvidado todo el inglés que sé cuando me tocó pedirle una foto y que me firmase el póster. Dijo of course! a lo de la foto, y mientras firmaba yo le decía amazing concert, amazing, thank you so much. Y él respondía con un it’s been a pleasure, thank you, you’ve been a great audience. El que podemos decir que es mi mayor ídolo musical, me lo estaba diciendo a mí, y lo tenía a menos de un metro. Nos hicimos la foto, que quien la quiera ver está en facebook, y super agradecido se fue, y super felices nos dejó. 

Luego mientras entraba al autobús decía adiós con la mano, seguía diciendo thank you guys, thank you, good night, mientras nosotros medio gritábamos come back soon y el se reía.




I remember you and I start to smile, que dice la canción. 

Y habrá quien me llame exagerada y habrá quien me llame flipada. Pero ilusionarse tanto por algo y llegar a conseguirlo... es cumplir un sueño ¿Sabéis lo que se siente cuando se cumple un sueño? ¿Sabéis lo que se siente al ver en directo, después de años, a alguien a quien admiras tantísimo? Yo ya sí :) 

(4/12/2013)

jueves, 14 de noviembre de 2013

Todos deberían tener derecho a vivir una ERASMUS

Cuando lo leí la primera vez me pareció una burrada pero no me causó nada más allá de la indignación con los políticos españoles. Nada nuevo, por otra parte. Luego todo empezó a saberse porque Laura (mi cabecita te sigue diciendo Layu, lo siento) empezó a moverse más y más, hizo la petición en change.org, y dos días después tenía 100.000 firmas y estaba en El País, El Mundo, Público, Huffington Post, RTVE, La Vanguardia, La Sexta, El Diario, La Ser y mil medios más. Porque el BOE salió el 29 de octubre y hasta entonces parece ser que nadie –a excepción de mis paisanos de La Taberna Global, que fueron ellos los que soltaron la noticia, y de donde lo leyó Laura- se lo había leído. Difusión CERO. 
Y hoy gracias a Laura y a La Taberna Global, está por todas partes. Y cuando decimos todas partes, es que a Laura la ha nombrado la BBC y The Guardian, que La Sexta estuvo en su casa, que salió en Cuatro, La 1, La 2, Antena 3 y miles de medios digitales, además de visitar el Ministerio, llevar las más de 200.000 firmas que se consiguieron y hablar con Federico Morán (segundo después de Wert) sobre el asunto. Bruselas le dio un toquecito a Wert, el PP otro, y aquí el amigo terminó rectificando, al menos para este año. Porque es cuestión de información, como nos explican en Periodismo Internacional: si una guerra no se cubre, no existe para el resto del mundo, y es más complicado que acabe, porque no hay información, ni hay opinión pública, ni hay presión social que intente pararla. Esto pasó de la Taberna Global a un bum en las redes sociales, gracias, en parte, a Laura, y de ahí a las teles y los medios y de ahí a frenarlo. Al menos para este año.  Y esto demuestra la importancia del periodismo y lo importante que fue que Laura hiciera la petición.



Yo me fui con 200 euros al mes y ya era poco. 100 que nos daba la UE y 100 que nos daba el Ministerio a todos. La Comunidad de Madrid, sobre esos 200, no da nada, pero otras comunidades como Cataluña o Andalucía sí que dan más sobre esos 200, así que hay gente que se planta hasta en 500 al mes. Ahora resulta que de esos 200, sólo tienen seguros 100 euros al mes, los de Europa. Los otros 100 del Ministerio desaparecen para los que no eran becarios del ministerio (los que no hayan recibido la beca general el año anterior) y para los que sí lo son, se convierten en 200. Así que hay gente que se irá con 300 al mes (más lo que le dé su comunidad autónoma, si le da algo) y hay gente que se irá con 100 (más lo que le dé su comunidad, si le da algo)

Y bueno, creo que a muchos medios se les ha ido la mano con los titulares, y que el RIP Erasmus de Twitter estuvo bien porque está bien la indignación, siempre, y más si es por esto, pero RIP me parece demasiado cuando todavía puede haber gente que se vaya con 300 (o más) y cuando a pesar de esto, a las Erasmus les queda mucha vida por delante.

Pero lo que me toca las narices es la desigualdad. ES QUE NO HAN RECORTADO. Es que han redistribuido para mal. Porque les han aumentado a unos y les han reducido a otros, no les han reducido a todos, no sé si me explico.

A lo que iba, no me había parado a pensar mucho más allá de esta indignación, rabia, cabreo, enfadamiento y ganas de hostiar al señor Wert, y, es más, me molestaba el RIP Erasmus de Twitter porque aunque es un buen bajonazo, esto no significa el fin de las Erasmus. Para acabar con algo así hay que ponerle mucho interés y lo suyo les va a costar porque detrás hay miles y miles de personas que ya lo han vivido o que lo están viviendo, y que saben que significa demasiado como para que se acabe de hoy para mañana. Me niego al fin de esto. 

Pero para hacerme ver todo un poquito más claro, y hacerme pararme a pensar de verdad, me tuve que cruzar con este párrafo de Juanlu Sánchez en Facebook:

¿Qué habría sido de mí sin el Erasmus? No habría abierto mi primer blog, no habría estudiado en 2004 "technologies and data driven journalism", no habría desarrollado un buen montón de ideas en ambiente de libertad, no habría conocido a gente maravillosa y no habría aprendido que lo mismo mi idea del mundo y del periodismo era un pelín convencional. Mi Erasmus, sin ser épico ni mitológico, fue mi "pensar fuera de la caja". Quiero que eso lo viva todo el mundo.

Me quedé con las ganas de saber dónde estuvo. Pero es que describió TAN BIEN lo que puede significar una Erasmus. Que hombre, que para muchos no es solo fiesta. E incluso para los que es sólo fiesta, también es crecer, de una manera o de otra.



Me emociona, me emociona ver imágenes de Erasmus españoles unidos para luchar por esto, porque no todo es fiesta. Y ver a Laura como representante en todas las televisiones con más de un micro delante. Porque yo lo viví y quiero que más gente lo viva.

Han pasado ya más de tres meses desde que volví y todavía no me veo capaz de expresar lo que ha significado para mí, pero sin duda es una experiencia que te cambia. Que te hace ser consciente de cosas, que te hace ver otras cosas más claras, las buenas, las malas… no te digo que te haga la persona más sabia del mundo, pero es algo que, como dice Juanlu, te hace ver que no todo es tan convencional. Y esa última frase de querer que lo viva todo el mundo, es lo que me ha abierto un poco los ojos.
Tengo la suerte de poder estudiar fuera de mi casa y, aun siendo la ayuda económica una mierda,  he tenido la suerte de poder estudiar un año entero fuera de mi país, y conocer gente increíble, otras culturas, otros idiomas, otros sitios y otras maneras de ver el mundo y la vida, yo qué sé, he pasado un año en un mundo totalmente diferente y es algo que no cambio por NADA.

Sigo manteniendo que esto no significa el fin de las Erasmus, pero es una pequeña y significante hostia a algo que, pienso yo desde mi super subjetiva opinión, debería ser intocable. Hay gente que se planteó el volverse, cuando esto saltó, después de dos meses empezando a vivir una realidad paralela que no va a volver nunca, una experiencia única que se debe disfrutar del primer minuto al último.
Habrá quien diga que hay cosas más importantes que pagar que las Erasmus de los estudiantes, y la fiesta de los españoles en el extranjero, pero desde mi experiencia creo que el enriquecimiento personal también es muy importante. Es verdad que hay muchas cosas más importantes que pagar, pero esto no hay que infravalorarlo tampoco.

“Quiero que eso lo viva todo el mundo”, dice Juanlu. Y a mí me parece que tiene mucha razón, porque he tenido la suerte de disfrutarlo y me parece que todo el mundo debería poder tenerla. Porque es algo que recomiendo a TODOS, que no sé bien cómo contar, y que, por pedante cursi y ñoño que suene, sólo se entiende si se vive. Y todos deberían poder vivirlo.
Y quitar cien euros tal vez es poco, pero es quitar de más a una cosa que, señor ministro, no tiene usted ni puta idea de lo que es.
No es sólo cortar ilusiones y sueños, es cortar alas, es cortar formación, crecimiento personal y académico ¡¡¡¡Cortar ganas de conocer mundo!!!! 

Es que se equivocan, se equivocan. Porque si no sabemos inglés, si nos critican por ignorantes,  y vosotros mientras encima nos hacéis esto, es que no hay manera de avanzar.

La palabra ERASMUS, con todo lo grande que es, no se extingue porque recorten un poco, pero se debilita, porque hay gente que no está dispuesta a irse con tan poco dinero, y es lógico. Pero todavía no he escuchado a nadie hablar mal de su Erasmus. El espíritu Erasmus es algo que no puede morir, porque nos ha enseñado muchísimas cosas a tantas y tantas generaciones. Mucha gente, como Juanlu, cree que hoy no estaría donde está si no fuera por aquel año. Y vivir algo así, es un derecho que todo estudiante debería tener. Y el que lo haya vivido, sabe de qué estoy hablando.

Una Erasmus te enseña a  aprender a vivir el día a día porque sabes que un día se acabará y todo volverá  a ser normal, como antes; te hace conocer mundo, gente, culturas, idiomas, te obliga a convivir y a buscarte la vida, te cambia, te crece. 

Todo eso y muchas cosas más que no sé explicar bien.


Porque TODOS deberían tener derecho a vivir una Erasmus.  

martes, 29 de octubre de 2013

Las castañas se arrugan

19/10/2013

Ayer fui al Retiro. Sola. Me apetecía darme una vuelta, y desde que vivo al lado, no lo he pisado, y me parecía un pecado. Así que cogí música, cogí una libreta y un boli, cámara de fotos y eché a andar. Entré por la puerta del Ángel caído y me di cuenta de que se me había olvidado lo que me encantaba este sitio. Cuánta gente y cuántos rincones para tocar la guitarra, para tumbarse por ahí a filosofar, cuánta gente tan diferente y cuántas historias se ven siempre.

Estuve andando un rato, con Bastille en mis oídos, hasta que llegué a la zona del lago y las barcas. Hice un par de fotos, paré la música y estuve observando a la gente y a uno que había manejando una marioneta que hacía como que tocaba el piano. Y creo que la gente pensaba que la marioneta tocaba el piano de verdad.
Busqué un banco vacío, delante del lago, y me senté. Eran alrededor de las ocho de la tarde pero ya era prácticamente de noche.

Saqué mi libreta y me puse a escribir debajo de una farola, allí sentada, cerca del marionetista. No es ningún secreto que Bremen sigue ocupando muchos de mis pensamientos y la mayoría de mis líneas.
No habían pasado cinco minutos cuando se acercó un señor mayor, con su bastón, y una bolsa de plástico en la otra mano, e hice amago de dejarle espacio en el banco. Me soltó un “hola” y un “no te preocupes, cabemos los dos…” y se me sentó al lado.
Te voy a hacer un regalo, dijo, pero me tienes que hacer caso.
Lejos de estar asustada, me hizo hasta ilusión, cerré mi libreta dejando un dedo en medio para no perder la página –detalle que a él no se le escapó- y miré la bolsa deseando saber qué iba a salir de ella, porque podía esperarme cualquier cosa.
Sacó una castaña y me la puso en la mano. Y después, otra, y después, otra. Tres castañas me regalaba.
Después me miró, con esos ojillos pequeños y un poco arrugados, a través de sus gafas, y apuntando a las tres castañas con el dedo índice, me dijo mirándome, muy serio: esto te va a dar suerte. Tienes que llevarlas siempre contigo en el bolsillo y siempre te irá muy bien. Es muy importante que las guardes. Cada octubre tendrás que renovarlas… se arrugarán, porque con el paso del tiempo las castañas se arrugan como se arruga la vida, porque se arruga, pero eso es señal de que pasa el tiempo, no pasa nada. Si las guardas siempre, triunfarás. Y yo te las regalo porque te deseo todo lo mejor y quiero que te vaya muy bien siempre.

Yo sonreía mucho y le daba las gracias, y él decía de nada. Y continuaba su discurso: pero no te creas que esto te va a solucionar la vida, no. Hay que estudiar mucho. Tienes que estudiar mucho, porque las castañas te darán suerte pero tienes que estudiar, yo siempre se lo decía a mi hija. Y ahora tiene 44 años y cobra tres mil quinientos euros, es economista, trabaja en Hacienda –y aquí ya no me miraba, miraba un poco como al infinito-  está montada, es muy ahorradora pero… todo lo que tiene se lo ha ganado –y volvía a sacar su dedo índice, como advirtiendo- y estudió mucho… bueno que si estudió. Yo se lo decía siempre, que tenía que estudiar. Y opositó, con esas máquinas de escribir enormes que ahora ya ni existen. Y tú pensarás, este viejo qué hace aquí contándome su vida, pero bueno yo te lo cuento porque estas cosas hay que saberlas. Pues opositó y tuvo que hacer muchos exámenes y le estuve pagando muchas academias… y ahí está. Tú lleva las castañas siempre que te examines, en el bolso o donde quieras.

A estas alturas yo ya sólo quería que me contara más cosas. Las personas mayores tienen muchas cosas muy interesantes que contar y a veces me da la sensación de que pocos los escuchan. Así que le di cuerda y le pregunté si él llevaba las castañas y quién se lo había dicho.

¡Hace quince años las llevo! – y me las enseñó- estas están recién cogidas. Y luego cuando las renuevo no las tiro, vaya que dé mala suerte tirarlas, las dejo por ahí en los cajones. Es que yo tengo una vena que me dice que hay que creer en algunas cosas, y yo en esto creo mucho. Porque de verdad que desde que las tengo me ha ido muy bien. Y ojalá a ti también. Es como lo del champán en fin de año, el corcho hay que cogerlo y escribirle el año y guardarlo. Y dará buena suerte. Yo lo hago siempre y ya tengo muchos. Pero ya ni me acuerdo de quién me lo dijo, de esto hace muchos años. Tú guárdalas bien, y si me ves, dime Carlos, que tengo las castañas.

No me miraba, miraba todo el rato a algún punto lejos, a mi izquierda. Le pregunté entonces si venía siempre al Retiro. Y me dijo que venía viernes, sábados y domingos. Que ya estaba jubilado de hacía un año y que no tenía nada más que hacer, además de pintar. Y entonces sacó de su bolsa unos pinceles y una cajita con un bote de ‘esencia de trementina’ que era aquello que utilizaba yo también no me acuerdo bien para qué, cuando pintaba de pequeña. Le pregunté si era óleo y me dijo que sí, que ‘la profe’ le había dicho que eso era como el aguarrás pero mejor. Y que él estaba muy bien estando jubilado. Aunque el otro día se cayó por las escaleras del metro, que a veces tienen muy mala leche porque como no paran de moverse… pero que por suerte no se fracturó nada y todo está bien. Que seguiría viniendo al Retiro hasta los 111 años. ¡Yo siempre digo 111! Y le pregunté por qué. Y me contestó , riéndose, “¡porque sé que no voy a llegar!”
Y entonces se levantó del banco, con intención de irse, yo lo miraba contenta por habérmelo encontrado, el lago del Retiro justo detrás de él. A estas alturas ya me sentía en una película. Me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y me dijo, ya de pie, apoyado en su bastón, que qué nombre más musical. Como la cantante. Qué cantante, pensé yo. Y, como si me hubiese escuchado, dijo la cantante Celia Ramos. Mirando siempre al infinito. Y casi antes de que pudiera yo preguntarle nada más, siguió hablando: porque yo también estudié música, estudié solfeo. 


Eso me gustó, y, sonriendo, le dije: ¡yo también! ¡yo toco el piano!
Y algo se le iluminó en la mirada, le hizo ilusión, sonrió, y esta vez sí me miró para decir: ¡el piano, qué bien, pero qué bonito!
Se paró medio segundo a pensar, y después siguió contándome: Yo quería tocar la trompeta pero no tenía pulmones suficientes porque ¡Uy! Hacen falta muchos pulmones. Así que fui baterista. Y ahí que estaba yo tocando… Y empezó a canturrear, apoyado en su bastón “fly me to the moon… “ mientras miraba lejos a yo qué sé qué dónde. "¡Llévame contigo a la luna, fly me to the moon!"

Y yo, asombrada con su inglés, le decía: ¡sí, es verdad! Y él contestaba contento: es que también aprendí inglés, porque tenía unos amigos americanos. Que parece que no… ¡pero he vivido muchas cosas! Qué bien, qué bien… decía ilusionado, recordando viejos tiempos. Yo solté un ‘me alegro’ al verlo tan contento, ahí de pie, que casi parecía que se iba a poner a bailar, y contestó con un yo también me alegro, yo también me alegro.

Dio un par de pasos y dijo que se iba, y a un poco de distancia ya me repitió que tendría mucha suerte y que me había tocado un santo, que triunfaría y que a ver qué estaba haciendo en 15 años. Empecé una frase del tipo “a ver si en quince años me ve…” (en la televisión, o en los créditos de alguna peli, iba a decir) pero me cortó preguntándome qué estudiaba.  Le contesté que periodismo –por no liarlo mucho tampoco- y me puso cara rara. Me parece que no le gustó.  Ay, qué difícil. Los periodistas de ahora… es que está muy mal esto del periodismo. Yo asentía. Y él empezó a hacer gestos con el bastón diciendo que todos esos que salen por las tardes y hablan y gritan… que eso no le gustaba. Yo le dije que eso no eran periodistas, que esos se pelean todo el día y no son periodistas, que yo sería de las buenas. Y entonces me dijo: ¿sabes cuál es el problema? Que todo eso está lleno de ‘omelés’.
Y me quedé callada.
¿Sabes lo que son las ‘omelés’? preguntó. Y le dije que no.
Entonces se volvió a acercar un poco y miró a su alrededor rápidamente, a un lado y a otro, y me dijo en voz un poco más baja: te lo voy a decir como hay que decirlo, las tortilleras.
A mí me hizo gracia y él seguía haciendo gestos con su bastón mientras hablaba un poco indignado: todo lleno de omelés en la tele, todo omelés, a mí eso no me gusta. Tú tienes que ser periodista de las buenas, de las que hace reportajes buenos. Y está difícil, y hay que ser muy valiente. Pero bueno tú estudia mucho, si hace falta pues te vas fuera. Pero estudia mucho.
Bueno, hasta luego, ¡guarda bien las castañas!
Y lo vi alejarse, despacito, poco a poco, con su bastón y su bolsa de castañas, mal iluminado por las pocas farolas que hay en el Retiro.
Lo miraba, alucinada, con las tres castañas en una mano y mi libreta en la otra.
Me quedé un momento parada pensando, y rápidamente me puse a escribir otra vez. El piano del marionetista volvió a sonar. Ni me había dado cuenta de que llevaba un rato sin tocar.